Crítica de "50/50"

Cuando a un chaval (joven, deportista, normal) le dicen que tiene un cáncer de los chungos, de esos de es una rareza y de salvarse uno de cada dos pacientes, tiene varias opciones: puede sumirse en una depresión profunda; puede luchar contra la adversidad con toda la fuerza que sea capaz de reunir... o puede escribir el guión de una película. Esta tercera vía fue la escogida por Will Reiser, quien a caballo entre su historia personal y la ficción cinematográfica, firma el libreto de la muy alabada 50/50. La que ya podríamos ir tildando de respuesta inteligente al simplismo emocional de Albert Espinosa, es en efecto la historia de un chico de 27 años con la vida muy bien amueblada, que afronta su repentino cáncer con el apoyo de quienes le rodean y la mejor de las voluntades, propias de un joven con ganas de vivir. El enfermo es Joseph Gordon-Levitt, y le acompañan en su dura prueba Angelica Houston (su madre), Bryce Dallas Howard (su pareja), Anna Kendrick (su terapeuta), Matt Frewer y Philip Baker Hall (otros dos pacientes), y sobre todo, sobre todo, Seth Rogen (su mejor amigo).
Resulta muy complicado acercarse a una cuestión tan grave y a la que todos estamos expuestos, y no tirar de vía rápida. Lo recurrente en propuestas similares es construir una estructura basada en dos pilares (generalmente reconvertidos en dos mitades de la película) correspondientes a una obvia y muy diferenciada dualidad emocional: primero, ya sea por negación o por inocencia, todo es alegría, la vida sigue con normalidad y bien podría sustituirse todo el metraje por un mensaje de ánimo o que dijera algo así como “los enfermos de cáncer también son personas”. Una forma muy banal de expresar lo que en esencia es una arenga positiva, pero que de este modo acaba tornándose en ofensa en potencia. Después, generalmente mediante un acontecimiento dramático ¿inesperado? todo cambia y tuerce hacia una segunda parte oscura y dramática, donde se pretende que personajes y espectadores se den de bruces con la realidad. Ahí el mensaje vendría a ser que “ojo, que el cáncer sí existe y sí es grave”. El final abierto de turno suele acabar sembrando más dudas que otra cosa, y a partir de ahí, quien no se haya dejado encandilar por clichés absurdos y giros 100% peliculeros, tiene motivos más que de sobra para irritarse.


Curiosamente, 50/50 no descubre nada en este sentido. Los dos pilares siguen estando ahí, pero (benditos peros) la diferencia reside en que ni están tan definidos, ni tan netamente separados entre sí. De modo que los sentimientos que se pretende transmitir (y que son los que deben ser transmitidos para que estas cosas funcionen) son más ambiguos. Sí, el protagonista de esta historia quiere seguir adelante; sí, recibe el golpe con la frialdad propia de estas edades y convencimientos, y sí, sale de fiesta y aprovecha el hecho de tener cáncer para ligar. Pero en ningún momento se pierde un ápice de la aspereza que circula en las sombras, dejándose ver sin reparo alguno en puntuales pero decisivas situaciones. Buena prueba de ese mix conceptual y emocional se aprecia tranquilamente con la primera sesión de quimioterapia: la primera confirmación de que esto es grave se torna en un hecho trivial para el chico, que hasta se ríe de ello (alucinógenos mediante), pero no pierde ni un ápice de su seriedad para los ojos del espectador. Sutileza, lo llaman.


Y puestos a hablar de sutileza y tacto, ahí está el giro dramático (previsible desde el minuto uno, ya avisábamos de que la película no descubre nada nuevo) que evita cualquier atisbo de producto cinematográfico y se mantiene en la línea de sobriedad (y rechazo al efectismo barato) de la que hace bandera; o la relación que se establece entre él y su terapeuta; o Seth Rogen. Es en él, en el actor que ha sido injustamente olvidado en las nominaciones a los Globos de Oro, donde reside la baza más importante de 50/50; en el personaje qué harías tú de la cinta, que responde a la taciturna llamada de socorro de su mejor amigo con una actitud canonizable, y que es interpretado a la perfección por un actor cada vez más versátil. Una vez más, impera la mano izquierda en la descripción y recreación, dando como resultado un personaje creíble y del que el álter ego real que se dé por aludido puede estar más que agradecido.
No nos olvidamos, sin movernos demasiado del tema, del compositor de la banda sonora: un tal Michael Giacchino menos definitivo que otras veces, pero igualmente acertado en aquellos momentos, no demasiados, en que debe hacerse con el protagonismo. En definitiva, la nueva película de Jonathan Levine no supone revolución alguna en el género, y de hecho, tampoco es que destaque demasiado en ninguno de sus apartados (actores aparte). Pero tiene la bendita virtud de hacer las cosas bien. De evitar el recurso fácil, y tirar de plausibilidad por encima de escenas resultonas saca-pañuelos. Una cinta que casi parece hecha desde la sinceridad y la voluntad de hacer recapacitar, sin que los lagrimales nublen el juicio. Y eso, en un país como este en que se baila al son de un caso similar (antes citado), no sabéis lo bien que sienta.
7/10
Por Carlos Giacomelli

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