Crítica de "Albert Nobbs"

La ambición de los hombres. O de las mujeres, para el caso. Eso es lo que lo manda todo al garete siempre y lo que, en materia fílmica, puede pulverizar unos preceptos estupendos para terminar convirtiéndolos en puré de material de derribo. Es la historia más vieja del mundo y mucho más eterna que el mismo. Es, en fin, la perdición de Albert Nobbs. Porque para quien esto firma, la última película de Rodrigo García debía ser un bombón, lo era sobre el papel, un auténtico objeto de deseo que tendría que haberse convertido en piedra de toque en el terreno del drama de cámara de alto calado literario. A saber: István Szabó (nada menos) intentaba hace pocos años adaptar al cine una obra de George Moore con la que ese animal escénico llamado Glenn Close cosechaba laureles hace tres décadas sobre tablas londinenses. Tras el intento fallido, la propia actriz se hacía acompañar del escritor John Banville (autor de la maravillosa El mar) para reescribir a partir del material de Szabó un guión que protagonizaría ella misma bajo la batuta de Rodrigo García, mañoso realizador especialmente habilidoso en la dirección de actrices. Y responsable de (de momento me quedo con lo bueno) Cosas que diría con sólo mirarla, Madres e hijas y bastantes episodios de A dos metros bajo tierra o En terapia.

Nada debía fallar. Albert Nobbs tenía que ser un producto de exquisitez lírica, alta factura y regocijo generalizado para los fans de la delicatessen más o menos mainstream.
Pero, ya digo, la ambición es mala compañera de viaje y ya sabemos cómo trató al saco la avaricia. Al final la película ha sido saboteada por la autocomplacencia y el ansia de laurel fácil que parece poseer a sus máximos responsables, quizá hartos de quedarse siempre a las puertas del reconocimiento masivo, muy probablemente hambrientos de Oscar. De modo que Albert Nobbs se convierte en primera instancia en una herramienta de acomodamiento creativo melindroso para el director, pero especialmente en un vehículo para el lucimiento de su actriz protagonista.
Respondiendo a la larga tradición de personajes, sea en benefició del enredo bufo o del drama identitario, que se ven obligados a cambiar su propio sexo para ingresar de incógnito en un trabajo (saben de ello Jack Lemmon y Tony Curtis y también Dustin Hoffman), el film se enmarca en la vertiente supresión/ambiguación del hecho femenino. Como en Victor/Victoria, en Yentl, en La gran aventura de Silvia, Glenn Close debe, literalmente, encorsetar su feminidad para ajustarse a la frialdad y hieratismo de los modos masculinos de la servidumbre: su Albert Nobbs es un discreto mayordomo del Dublín decimonónico. O sea, que esto se adscribe también a ese subgénero sobre servidumbres con clase y pompa que probablemente tuviera su paradigma en la serie Arriba y abajo, que tan bien certificó para la modernidad Anthony Hopkins (en Lo que queda del día) y que podría estar revitalizando su vigencia gracias a Downton Abbey.


Es decir, que aquí hay pura política, juegos de poder, amistades y recelos, escarceos amorosos que se extienden hacia los pisos bajos y un puntito de vodevil que logra colarse en algún que otro momento. Una radiografía de las ilusiones, frustraciones de las clases sirvientes aun frustrada por la relativa estrechez de miras: como decía esto es tan simple como Glenn Close queriendo cortar el pastel. Es en ella en quien deben recaer todas las alabanzas (su contención logra capturar tras esa mirada marina todo el pasado de su personaje), pero también es ella quien evita que la película vuele libre y se oxigene, llegue a profundizar en el drama más sincero y auténtico (y hay mucho drama, ojo: no hay más que pensar en las posibilidades de los ítems "crisis de identidad", "transvestismo" u "homosexualidad" en pleno siglo XIX) y alcance las cotas de profundidad que se atisban en cada momento en que -atención- Janet McTeer llena la pantalla. Efectivamente, Close, afortunadamente, no está sola en el periplo Albert Nobbs. A su lado, una enorme McTeer aporta sensibilidad y presencia y ofrece el complemento interpretativo necesario, el personaje-espejo que evita que todo esto quede definitivamente convertido en un tedioso one (wo)man show.
Porque si de algo podemos calificar la propuesta de García es de tediosa. Su exquisitez escénica habitual está presente, pero una consciente renuncia de cualquier ambición autoral ponen de manifiesto ese amaneramiento relamido y anodino clasicismo. En un mar de sosa corrección formal, García navega sin hacer olas, ajustándose a los cánones academicistas de la reconstrucción histórica que, sí, está ciertamente lograda.


Se echa de menos, pues, que el realizador redireccione sus ambiciones -aquello de lo que hablaba al principio-, que se ponga a sí mismo contra las cuerdas saltando al vacío y sin el colchón de los posibles galardones. Se echa de menos que deje de autolimitarse para ajustarse a las demandas de crítica y público generalistas y se contente con hablar desde la sinceridad con la que es capaz de hablar. Que es mucha.
En definitivas cuentas, todo parece estar muy bien en Albert Nobbs. Demasiado bien. Albert Nobbs es justo eso, las maneras, las formas, la exquisita educación. Albert Nobbs es el cansino mayordomo que le recoge amablemente a uno hasta las migas de pan de la mesa cuando aún no ha terminado de pescarlas por el gorrino método de la presión con el dedo índice y enganche por saliva. Eso es Albert Nobbs. Una película sumamente correcta que quiere ayudarte a ser mejor persona. Déjanos en paz, Albert Nobbs.

5/10

Por Xavi Roldan

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