Crítica de "The French Kissers"

Acné, espinillas, pelos, cambios de voz, aromas varios, estirones, pelos, humores, piercings, pelos, primeras caladas, primeras incursiones en el porno y, sí, más pelos. ¿A alguien le suena? En efecto: adolescentes. Aquel estado de la mente (y del cuerpo) que, en palabras de Alan Arkin en Eduardo Manostijeras, vuelve locos a los críos. El paso intermedio de la infancia a la madurez cada vez tiene las fronteras más diluidas, y su eco se repite en treintañeros y cuarentones con mayor frecuencia que nunca antes. El cine ha abordado en múltiples ocasiones las vivencias del núcleo duro de la adolescencia, el periodo entre los 14 y los 18 años en los que, idealizadamente, se descubre el mundo. A veces ingenuas, a veces fatalistas, ancladas en un contexto histórico o libres de toda convención, cada país tiene su producción sobre y para esa decisiva etapa. Que logren un retrato fidedigno, o verosímil, ya es harina de otro costal.
A menudo, aquí y al otro lado del océano, la melancolía o la caricatura tiñen el retrato, y si bien ambas opciones son perfectamente válidas, el desgaste de las fórmulas ha llevado a su devaluación hasta la peor de sus manifestaciones. Ni la comedia fundacional americana de finales de los 70, ni el cine francés, o el italiano, o cumbres como Los olvidados. Ni Ramis, Reiner, Truffaut, Rossellini, Malle o Buñuel se salvan del saqueo. Sus conquistas se repiten hasta la náusea en productos que copian la forma y olvidan el fondo, reducidos a ejercicios de mercado tan rentables a corto plazo como olvidables una vez hemos digerido las palomitas. Nada nuevo, nada veraz. Estereotipos cada vez más irreales, temerosos de atacar la raíz de la personalidad de sus contemporáneos. Y si el retrato del adolescente actual se ajusta en lo más mínimo a los vampiros fluorescentes, pararse, que me apeo…
Hace un par de años (distribuidores del mundo, gracias por vuestra celeridad), Riad Sattouf se lió la manta a la cabeza y le dio por estrenar The French Kissers. Sattouf es un reconocido dibujante de cómics francés, habitual de las páginas del Charlie Hebdo, donde se encarga de una crónica de la juventud tan costumbrista que, inevitablemente, se mete de piernas en la ironía y el sarcasmo como moneda común. De origen sirio, y tras haber vivido en Argelia, Sattouf tiene números de agrandar la nómina de cineastas galos con un ojo puesto en las antiguas colonias, con Abdellatif Kechiche a la cabeza. Como Kechiche, Sattouf ha logrado el éxito con un retrato de una comunidad adolescente y de sus problemas amorosos, recogiendo una tradición cinematográfica que se remonta a Renoir y Vigo, el resultado es contrastado pero complementario, y en ambos casos notable.


Bueno, ya me he enrollado suficiente, al tema: Hervé vive con su madre depresiva en una barriada de Rennes. Obsesionado con perder la virginidad, agobiado por el matón del instituto, abochornado constantemente por su progenitora, ignorante absoluto de la condición femenina: un adolescente prototípico, vamos. Un día, mira tú por dónde, una chica de su clase se fija en él, y el pobre Hervé descubre que si las neuras de su cotidianidad ya no eran fáciles, súmale ahora una relación de pareja.
Sattouf opta por la comedia en su debut, por el patetismo de unos personajes al borde constante del ridículo y por situaciones elaboradas con el perverso placer de ver a sus protagonistas pasarlo mal. Sin embargo, la risa a menudo se congela a medio rictus, cuando tras la carcajada inicial nos damos cuenta de lo reales que resultan ese hatajo de criaturas plagadas de acné y sus insoportables padres. Nada (o casi) hay que no sea reconocible, que no resulte dolorosamente familiar a todo aquél que no haya sido reina del baile, e incluso a los más populares les puede sonar la música. El trabajo de Sattouf no reniega de ninguno de los lugares comunes desde La revancha de los novatos hasta American Pie, pero en su voluntad de construir una voz propia el relato no escatima en toneladas de verismo y en situaciones resueltas con eficiencia y destellos de buen estilo. En los momentos más conseguidos, el espectador que se siente en las primeras filas casi podrá oler los efluvios corporales que se concentran en la habitación del pobre Hervé, siempre en batalla con su madre por conseguir un mínimo de privacidad.
Éstas son las principales bazas de The French Kissers, el equilibrio competente entre el retrato veraz y su consecuencia lógica: el humor casi negro, el sarcasmo sangrante que sabe mantener el tono y no caer en los tópicos más masticados, los que buscan la risa fácil pero inane. Puede que Sattouf haya caído en la cuenta de que la vergüenza más absoluta con la que todos recordamos uno u otro momento de nuestra adolescencia es un material de primera. Cuanto más dolor, más miseria moral, mayor puede ser la carcajada. Si American Pie unía este concepto con los tics de un género viciado, el film que nos ocupa traza un arco que lo acerca a esa maravilla de finales de los 90 llamada Fucking Amal. La diferencia, fundamental, es que mientras Lukas Moodysson mantenía una cierta (y efectiva) ambigüedad en el tono, Sattouf apuesta claramente por la comedia más absoluta, arriesgando todos sus barcos a combatir y derribar una montaña de tópicos y prejuicios enquistados en el género. Contra viento y marea.


El resultado, al final, se muestra competente, revela un director capaz ante el reto de una opera prima, y se beneficia considerablemente de un cásting acertado, el que permite trazar el panorama de una juventud que alterna explosiones de vitalidad con la narcolepsia existencial más absoluta. En el otro lado de la balanza, Sattouf plantea una narración bastante simple, sin grandes ambages. El realizador se refugia en un relato que tiene en su condición de retrato su mejor baza, pero que pierde fuerza y se diluye en un desarrollo correcto pero al que le falta garra y una cierta contundencia que remate una base notabilísima.
Con ello, toda voluntad de nadar hasta el fondo de la psique adolescente es más que bienvenido. The French Kissers tiene muchos puntos a su favor, los suficientes para ganar el César a la mejor opera prima y arrastrar a las salas a 900.000 espectadores ansiosos de reconocerse en la pantalla o de comprender a sus hijos a través de los personajes que la pueblan. Cuesta que algunos entiendan que lo que bulle bajo la irregular orografía de la piel de esos chavales, lucidos y atontados, es oro puro para la comedia y el drama, pero cuando se trabaja en esa dirección, el resultado siempre es, al menos, interesante. Es un logro: no es nada fácil retratar ese momento crítico en tu vida en el que por un lado te das cuenta de que la gente a tu alrededor es idiota, y por el otro estás a punto de descubrir que tú mismo tampoco tienes demasiadas luces…
6,5/10
Por Manel Carrasco

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