Crítica de "Anonymous"

Manda narices. El cine de Roland Emmerich puede gustar más o menos, sus espectáculos pueden satisfacer o irritar. Pero desde luego, estaremos todos de acuerdo en que no es que sea, precisamente, una eminencia del lenguaje cinematográfico. Y aun sin conocerla, es razonable dudar de su aptitud como dramaturgo. Sin embargo, ahí está el responsable de Independence Day o El día de mañana (erudición al poder) poniendo en tela de juicio nada más y nada menos que a William Shakespeare. ¡A Shakespeare, señoras y señores! A él se le atribuye la dirección de Anonymous, una conspiración que acusa al genio inglés de haberse apropiado de la obra de otros, pasando así a la historia pese a ser un actorucho de tres al cuarto, rematadamente estúpido y retratado como un gilipollas integral. No diréis que no es para agarrarse bien los machos; aunque quizás pueda aliviarse un poco a sabiendas de que su guionista es John Orloff, cuya filmografía incluye un par de capítulos de Hermanos de sangre, una colaboración con Michael Winterbottom y otra con Zack Snyder, a quien le escribió una historia sobre búhos parlanchines que se peleaban entre sí, enfundados en armaduras... vale, no he dicho nada: la cosa apunta a sacrilegio en toda regla. Bien, como nos gusta a nosotros. La excusa en forma de nominación a los Oscars (mejor vestuario) era lo que necesitábamos para desempolvar Anonymous de su reciente olvido, y ver hasta dónde llegaba la herejía...
Por supuesto (¿alguien lo dudaba?) de la premisa inicial apenas pasa, y el primer jarro de agua fría cae de buenas a primeras. La tarima de cierto teatro circular en pleno Londres sirve de escenario para que un grupo de artistas, en la actualidad, dé comienzo a una obra ambientada en el siglo XVI; es la cámara, que persigue a uno de sus actores por el escenario, la que obra la magia de hacer que todo quede como una película, con sus efectos especiales, sus centenares de actores y de extras, y toda la pesca. Pero aunque quede en mera premisa, el mal ya está hecho: tranquilos, es una obra de teatro, todo vale. O sea, que en apenas diez minutos, ya se han lavado todos las manos. Empezamos bien. Aunque la verdad es que, a la postre, poco importa que haya o no firma. Sale todo tan mal, que lo último que quiere el espectador es buscar responsables de una polémica que a los cinco minutos está totalmente diluida; compensa más ir a pedir la cabeza una vez más (y van...) de quien le siga permitiendo al germano dilapidar tanto dinero en tantas aberraciones.


Porque que no lo dude nadie. Estamos ante una nueva jaimitada de Emmerich. Ni corto ni perezoso, el tío nos la ha vuelto a colar doblada con una producción excesiva en todos sus aspectos, y tan vacía como de costumbre. La diferencia entre 2012 y Anonymous es que aquí, nuestro hombre-industria se las da de auteur. Vuelta pues a los excesos de metraje y al horror vacui a nivel visual: más que en el Londres renacentista, parece que estemos de nuevo en la Tierra Media de la mano de un director obsesionado por digitalizar hasta el último de sus fotogramas. Y vuelta al ritmo cansino y los argumentos tan previsibles como carentes de gracia. Y bueno, hasta ahora había quien disfrutaba de sus dislates, pero como decía, ahora le suma a la grotesca mezcla pretenciosidad y pedantería. Y por ahí no. A nivel de entramado y desarrollo, Anonymous es un galimatías de flashbacks y más flashbacks, válidos únicamente para maquillar el hueco que deja, y para perder a un espectador desesperado ante semejante (des)estructura narrativa. A nivel formal, Emmerich pretende dar un puño en la mesa, mostrar su valía mediante relamidos planos secuencia e imposibles travellings, sin aportar absolutamente nada con ellos y confundiendo lo que hace un autor de verdad (hablar con su cámara, por así decirlo) con quien pretende serlo (imitación sin sentido). A nivel de enjundia, aquí y allá aparecen los sempiternos mensajes (meros conatos timoratos) de los males de la fama, el poder de la palabra, la movilización de las masas... Nada, absolutamente nada nuevo bajo el sol. Y encima, ya se apuntaba antes, retrata al verdadero Shakespeare como un cretino ignorante y brutote. Menuda perla, vamos.


Y lo peor de todo es que es una pena que haya salido tan torcido el invento. Que la idea tenía su gracia, oigan. Pero tan mal resuelta está cada situación, tamañas son las ínfulas de grandeza de su director y tan exagerado es todo (lo mismo se podía contar en 90 minutos o menos, y sin tanto lío de guión) que al final, a nadie le importa nada lo que ocurriera en su día con Shakespearse, la reina Isabel I (por mucha Joely Richardson/Vanessa Redgrave que sea) o la madre que permitió que semejante adefesio cinematográfico llegara a realizarse. Al final, quizá el que debería haber firmado como anónimo es Roland Emmerich: déjate de tonterías, y dedícate a destruir el mundo una vez más.
3,5/10
Por Carlos Giacomelli

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5 comentarios:

  1. Jooo, peeeena, después de leerte ni por los vestiditos, que me hacía gracia... Pero no quiero enfadarme así que va a ser que no. Gracias por evitármela.

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  2. menuda MIERDA de pelicula, si, asi con mayusculas: MIERDA; carente de pies, de cabeza, de corazon, de ideas... carente de un poco de puta madre tiene el director aleman éste que año con año nos vende la misma basura y nosotros como buenos borregos vamos al matadero. Como decia un maestro: es la misma gata, nomas que revolcada.

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  3. Jeh, Syd, por si quedaba alguna duda, ahí tienes a Leonel, diciéndolo mucho mejor que yo... ;)

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  4. Me parece que no entendiste nada! Capaz te costó seguir las idas y vueltas de la trama. Para mí fue la mejor película que vi en mucho tiempo!

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  5. Oh! Pues ilumíname, por favor te lo pido, que lo mismo es eso, no la entendí.

    (Estaba demasiado ocupado sacándome los ojos con cucharas)

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