Crítica de "Mi semana con Marilyn"

Hay un cierto momento en la película Vidas rebeldes, dirigida por John Huston en 1961, en el que gracias a un precioso trabajo de profundidad de campo el personaje que encarna Marilyn Monroe se aleja en el plano para dejar a los dos personajes masculinos, interpretados por Clark Gable y Monty Clift, discutiendo en primer término. Las quejas y ruegos de ella, proclamados desde la lejanía a voz en grito, son diezmados por culpa de una distancia que no sólo se presenta física, sino que además se intuye emocional. Una ruptura de las relaciones entre los tres personajes simbolizada en la propia composición de cuadro.
La verdad detrás de todo esto es que el propio John Huston explicaba en cierta ocasión que en realidad se vio obligado a mantener tan alejado al personaje de Monroe porque la actriz no soportaba un primer plano, no era capaz de transmitir las emociones necesarias para la secuencia.
A medio camino de la anécdota, la leyenda y el puro chascarrillo, el ejemplo de Vidas rebeldes viene a ilustrar en cierto modo la opción ética y estética de un aparato como el que nos ocupa, biopic de altos vuelos que debería dar una visión oficial, humana y fijable con esmalte entorno a la figura de Marilyn Monroe. 
Está claro que esto no podía ser una biografía al uso, menos aún una rendición complaciente cercana en espíritu jabonoso a la hagiografía. Y tampoco todo lo contrario. El halo de miticismo que se estableció en vida de la actriz y se acrecentó tras su trágica muerte en 1962 siempre ha colindado con un sentimiento de atracción por la tragedia, por el fatalismo de un ser contradictorio y fascinante por poliédrico, no tanto en su personalidad como en las caras que el mundo quiso dar de ella: a caballo entre la sofisticada bomba sexual y la inocente pueblerina, Marilyn simbolizaba una sociedad aún lejos de la liberación sexual que sin embargo no podía evitar sublimar sus filias fetichistas hacia una figura de hipotética-mujer hipotéticamente-perfecta. Y el resultado fue de sobras conocido: Marilyn fue tanto una figura pública admirada y envidiada como un juguete roto, víctima de un estilo de vida que nunca llegó a quedar claro si comprendía y manipulaba a su antojo o la sobrepasaba.


Y bajo esos criterios dibujan los responsables de la película a esta Marilyn, presuntamente más humana, alejada por completo del simple objeto de placer masculino o codicia femenina. Una Marilyn que explotaba su propia sexualidad siempre desde un punto situado entre lo trágico y lo inocente. Esta Marilyn, la Marilyn del siglo XXI (la de Williams) ejemplifica las inseguridades, los pasos en falso, las dudas casi existenciales, los temores más simples: esos que compartimos todos los seres humanos, a este y a ese lado de los focos. Y es que hubo, parece querer decirnos el director Simon Curtis, una persona tras el personaje, un ser humano frágil y quebradizo tras las asistentas, camarillas, séquitos, amantes.
Y esa es la principal baza de la película de Curtis. No encorsetarse en una estructura rígida, excesivamente atenta al manual del biógrafo: nacimiento, aprendizaje, ascenso, caída. Al contrario, es significativa la elección de la propia anécdota de partida: el rodaje junto a otra personalidad fuerte, sir Laurence Olivier, de una película no excesivamente relevante en el currículum de la estrella. Aquella El príncipe y la corista que llevó a la star americana a los londinenses estudios Pinewood y la situaría a las puertas de lo que sí sería un éxito rotundo (Con faldas y a lo loco, su siguiente film), pero que aún funcionaría como terreno para el fogueo de una actriz que por otro lado llevaba ya bastantes años bajo el ojo público.
Un rodaje que sirve para detenerse, recrearse de nuevo sobre los entresijos del mundo del cine de los grandes estudios, hervidero de crueldades, estratagemas empresariales, campo de batalla para egos en el que se sentiría moderadamente cómodo el Kirk Douglas de Cautivos del mal. Y en ese sentido, Mi semana con Marilyn actúa como un entretenimiento mitómano moderadamente divertido. El carrusel de nombres es generoso, la presencia de personalidades de la cuerda de Vivien Leigh, Jack Cardiff, Sybil Thorndike, el escritor y esposo de Monroe Norman Miller o el productor Milton H. Greene aseguran un buen rato de pesca al famoso, una genuina evocación de un panorama cinematográfico que vivió un momento de dulce esplendor y que tiene su pequeña revisitación gracias al tratamiento del color y la fotografía de, especialmente, esos momentos en los que El príncipe y la corista toman la pantalla en forma de minúsculo remake, ahora protagonizado por Kenneth Branagh y Michelle Williams.


Una pareja de intérpretes que van algo más allá de la pura suplantación asombrosa para lograr captar la esencia de sus personajes, sea el Laurence Olivier de Branagh (en lo que es casi un acto de justicia poética para con el director de Los amigos de Peter), sea la Marilyn de Michelle Williams, lógico centro de interés que capitaliza la atención del relato. Una Williams que, naturalmente, se come el metraje de la película y acapara toda atención con una simple mirada o un simple gesto, cargados de significados, debilidades y contradicciones. La actriz que interpreta a la actriz, espléndida a todos los niveles, tiene muy clara la consigna: alejar, de nuevo, al nombre del mito para dotar de matices, sutilezas, para hacer el relato creíble, cercano y emotivo.
Pero es necesario hacer un pequeño ejercicio de memoria. Y de sinceridad: ¿cuántos biopics, o en su defecto cuántas películas con cierta carga biográfica han conseguido últimamente alzar realmente el vuelo para catapultarse a sí mismas más allá de las propias limitaciones del género? ¿Cuántas se han constituido como películas genuinamente buenas, refrescantes, lúcidas en su retrato y competentes en sus mecanismos narrativos? Y es que nada de lo dicho hasta ahora es suficiente para levantar Mi semana con Marilyn y llevarla hasta las cotas de excelencia que un producto con semejantes credenciales podría merecer. De modo que podemos aceptar estar ante una película entretenida, bien construida, moderadamente golosa en su cinefilia populista. Pero a decir verdad, la de Curtis termina cediendo a la monotonía de una historia desgarbada, desaborida, sin auténtico acicate; y es que al final, uno no puede evitar ver cómo todo se termina confiando a una historia de amor manida, ese asidero hollywoodiense (aun siendo producción británica) que deberá tranquilizar a los grandes públicos y dar apoyo a los espectadores casuales. Pero que soporta pocos análisis un poco más depurados.


En estas, sería necesaria la intervención de una mano con pulso firme tras la cámara. La de un artesano de la imagen que confiriera al conjunto la fuerza necesaria para sobreponerse a lo volátil del guión. Y tampoco se da el caso. La realización de Curtis posee un par de momentos de brillantez compositiva, sabe muy bien cómo debe trabajar la iluminación y el color, cómo debe mostrar físicamente a sus personajes (algunos planos de Marilyn son directamente reverenciales), pero acusa un exceso de pulcritud y corrección. Un acabado formal demasiado académico. Casi homologado. Eminentemente aburrido, falto de chispa y vacío de personalidad.
De modo que vuelven a hacer acto de presencia la misma colección de fallos, la habitual desazón artística provocada por la rendición hacia los convencionalismos y los lugares comunes, en este caso más estilísticos que conceptuales. Y en consecuencia, aparece el acostumbrado hastío y, peor, esa sensación de haber perdido una nueva oportunidad para construir un juego de reflejos, un sistema especular en el que se coloca a un personaje relevante a un lado y se obtiene, al otro, la representación y descripción de las filias y fobias de una socidedad entera.
Así debería ser. Pero no es el caso.

5'5/10

Por Xavi Roldan

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Trailer de My Week with Marilyn

5 comentarios:

  1. Jooo, peeeenaaa, esperaba mucho de esta peli, me apetecía un montón... Néh. La veré igual pero ya sabéis en qué cine. Pena penita pena. Suerte que dices que la Williams lo borda, sólo por eso ya me valdrá la pena, pero dan rabia las lost chances.

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  2. Pues sí. Pero tranqui, que en un par de años nos enchufan un Marilyn reboot y Aronofsky rueda la "versión definitiva definitiva"

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  3. Aronofsky? uf, no se si voy a poder con tanta "grandeza" ;)
    Pues si que te ha parecido flojita, no?... aun así me apetece verla, aunque sólo sea por ver a M. Williams comerse la cámara y a K. Branagh que fue uno de los favoritos de mi 'juventud' jeje

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  4. JUAS, detecto ligerísimo tono irónico en eso de la "grandeza"? jejejeje...

    No, si ya digo que la peli se ve cómodamente. Ni que sea por disfrutar de los actores (también están Judi Dench y Toby Jones) y la factura técnica, muy clasicona.

    Pero vamos, que gran cine no es

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  5. Es indiscutible que cincuenta años después de su desaparición,el mito de
    Marylin,sigue bien vivo.
    Por la crítica,amplia y llena de contenido,parece que deja bastante que desear dicha producción,quien más quien menos,nos despierta interés,la que fue considerada un sex simbol en su época,a pesar de no ser de las mujeres del cine más bellas,aunque como actriz,no estuvo nada mal.
    Tan célebre personaje,se merece una gran película,a pesar de que sólo su nombre ya atrae al público.

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