Crítica de "Three (3)"

Seamos francos: Three (3) cae mal desde el primer minuto. Tan pronto como los títulos dan paso a la acción, que una voz en off arranque con un monólogo altisonante y rebuscado para hacer, a fin de cuentas, la habitual perorata existencialista sobre vida y muerte, no es lo que pueda definirse como un arranque alentador. Que al poco se descubra que ese monólogo es en realidad un diálogo entre una pareja, y que la respuesta de la parte hasta entonces silenciada sea igualmente pedante tampoco dice nada bueno. Y que después la pantalla se divida en múltiples secuencias creando una cacofonía caótica para delimitar el lienzo en el que va a dibujarse la trama, remata la faena. Definitivamente no, el comienzo del film no se lo pone nada fácil al espectador. Nadie duda que en un mundo en que la imaginación parece haberse agotado, se tiene que apostar por experimentos, por nuevas fórmulas de expresión; pero hay que hilar muy fino para no rebasar la línea, casi invisible, que separa tan válida voluntad de la burda exposición de manías y pijadas de un artista con ínfulas de grandeza y poco más. Que igualmente, cintas así conseguirán su pandilla de groupies acérrimos de todo lo que huela a antisistema, anticomercialismo y antitodo, no lo niego. Pero aparte de ellos, mucho me temo que Three (3) se pasa, y mucho, de la raya.
Entre otras cosas, se pasa por su ambigüedad de miras. Por un lado se busca, sin disimulo y hasta la última consecuencia, dar la nota mediante el impacto visual. Acabamos de decir lo de la pantalla dividida, falta hablar de una escena animada, de los momentos en que la imagen se convierte en metraje desgastado de una cinta añeja, o de la escena de la aparición angelical, tirando de efectos especiales de andar por casa. Cual libro de estilo, la nueva película de Tom Tykwer tras las cámaras las tiene todas, incluso una escena de ballet que escenifica lo que se va a narrar… sólo que no parece pasar del mero índice, puesto que la mayoría de recursos apenas se emplean una vez y durante escasos segundos, cayendo en saco roto y siendo rápidamente olvidados a la mínima que la trama debe avanzar. En la misma liga juegan esos innecesarios intentos de subversión mediante escenas sumamente explícitas de sexo y operaciones testiculares (sí, como suena), que tan sólo se topan de frente con el rechazo instantáneo del espectador por no haber sido correctamente implementadas en el conjunto, por así decirlo. Así, cuando a medio metraje ocurre lo que ocurre (mejor será no desvelarlo), nada de levantamiento contra el sistema, nada de reformulación de conceptos, nada de arte; tan sólo hay un pensamiento en el ambiente: ¿para qué demonios tengo yo que aguantar esto?


Pero no se equivoque el lector, que los que aquí escribimos tenemos el estómago curtido, y cuanto más se nos pone a prueba, más disfrutamos. La nula capacidad de aguante que surge en ese particular momento que seguiremos sin descubrir, llega como colofón de otros factores. El primero, que ya llevamos una hora de metraje de difícil deglución por pedante, chulesca y más bien aburrida (aunque bien interpretada, eso sí). Three (3) quiere hacer muchas cosas, pero le salen más bien pocas. El segundo se refiere a la ambigüedad de miras a la que nos referíamos hace unos instantes. Y es que a todo el (desafortunado) empeño dedicado al apartado sensorial se corresponde una total dejadez argumental. Un entramado carente de gancho y de sutileza, y previsible de principio a fin, que al llegar a ese momento ya no deja margen alguno a la salvación: desde esa revelación se sabe exactamente y con todo lujo de detalles cómo acabará todo, y aún queda una hora de metraje. Lo dicho, ¿para qué aguantar el calvario?


Y a todas estas, ¿de qué demonios va la cosa? Pues de lo que ya se intuye con el título. Una relación a tres bandas, vista una y mil veces y torpemente ligada a cuestiones vitales que harían sonrojar a la peor versión de Woody Allen. Un viva la vida en clave de comedia dramática refinada, más cercano a Albert Espinosa que a otra cosa, que puede tornarse irritante en función del aguante de cada uno, y que peca de una inverosimilitud galopante. Decíamos al principio que como norma general debemos alentar esta clase de cine, de nuevo cine, que se gesta en la voluntad de un artista (o grupo de artistas) por cambiar las cosas, experimenta y buscar nuevas fórmulas de expresión. Pero cuando sale rana, la pendiente se hace muy empinada, y desde luego, la de la es una cuesta de difícil escalada.
5/10
Por Carlos Giacomelli

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