Crítica de "El exótico Hotel Marigold"

Y tras varios intentos con el cine bastardo, con el género innoble del suspense empatinado de acción y/o drama como -supongo- divertimento autosuficiente, John Madden volvió a sentir la necesidad de ganar un Oscar. Y conste que si lo hubiera obtenido habría sido del mismo plástico blando que el que ya le fue concedido por Shakespeare enamorado y que ni siquiera olisqueó por La mandolina del Capitán Corelli. Comunmente conocido como Oscar De Mierda. Pero es lo que se obtiene haciendo películas del mismo material. Independientemente de su calidad intrínseca, independientemente de resultados más afortunados o menos, El exótico hotel Marigold es cine acojonado, fóbico a discordar con alguien, a dar un paso en falso. Aburguesamiento artístico, llámesele. Ea, o concordia forzosa.
Que no deja de ser coherente con la propuesta argumental, a sus pesares: la de purgar las manías y amaneramientos de la sociedad bienestante a través de la historia de un grupo de otoñales upper-class londinenses que al llegar a su edad de oro (viejos, narices) sienten la necesidad vital de purgar su alma en un hotelucho en la India. Y ahí se descubren, redescubren, lamen sus heridas y vuelven a sentirse útiles o innecesarios, según.

Así que sintiéndolo poco y por deferencia a un sector del espectadoreo que acudirá gustoso y lustroso a su ración trimestral de cine bonito, me niego a rasgar, partir, escarbar y destripar una película cuya mayor ambición es tocar fibra a los muy fibrosos y empatizar, pues eso, con los poco exigentes mediante una muy medida (en un laboratorio de comportamientos ratoniles en humanos) fórmula de exotismo condescendiente, buenrollismo concienciado y la coartada creativa de una "historial coral", con "intérpretes de lujo" y en "parajes de ensueño". Bueno, en su momento ya triunfó Slumdog Millionaire en el plano popular (de ahí esta roba a Dev Patel y la figura de su insultantemente guapa y racial partenaire) y para el plano cultureta se guiña a un Mike Leigh que lleva décadas tallando diamante respecto al complicado mundo de las relaciones afectivas.


Es ahí donde El exótico hotel Marigold encuentra sus mayores fortalezas. En ese planteamiento de dramedia de interpretaciones bien llevadas, básicamente gracias a descansar su tejido de relaciones sociales sobre los hombros de un casting experimentado, engrasado y con cierta complicidad grupal. Un puñado de actrices y actores, añeja cosecha británica, que aun actuar por debajo sus posibilidades (infraexplotación, qué imbecilidad) regalan momentos de brillo, buen hacer, moderado rollo, considerable emotividad. Las maneras de Judi Dench, Tom Wilkinson, Maggie Smith, Bill Nighy, Penelope Wilton, Celia Imrie o Ronald Pickup son muchas maneras.
Lo criminal del asunto, que sus personajes están prediseñados, pensados para rellenar distintos huecos de la conciencia social más o menos actualizada y para cumplimentar el formulario de necesidades argumentales relacionadas con los roles que representan: uno deberá aprender a superar sus prejuicios étnicos, el otro a sincerarse con su pasado para alcanzar sus sueños de futuro, el de más allá reinventarse en un entorno distinto tras la tragedia. Superar frustraciones, autodescubrirse, cumplir anhelos.
A resultas, algunas historias interesan menos y otras nada, y para colmo cierto regomello humanista que podría parecer crecer en Madden queda autosaboteado por la impostura de los hechos dramáticos: al guión le falta sutileza y le sobra explicitud cuando podría confiar en la capacidad de sugerencia de su excelente reparto. Cuando podría limitarse a esbozar y dejar que la naturalidad de una mirada más limpia fuera haciendo avanzar la historia de manera fluida y muchísimo más sincera. O eso o, en fin, haberlo regado Madden todo con cicuta, haber convertido (es lo que se podría esperar) su esponjosa película en un coulant calentito que libera cal viva cuando se le hinca colmillo, para realmente apretar las tuercas a un cierto sector de la población acomodada.


Pero nada de eso. Aunque está rodada con un cierto garbo y fotografiada con efectividad estética, aunque sus pretensiones escénicas pasan por el menos es más, la propuesta de John Madden resulta plasta, pesada; pasada de moda, reiterativa e irritantemente buenista. Ombliguista y autosuficiente. Un ejercicio de populismo disfrazado de pedantería disfrazada de populismo.
Una nueva sosería de un tipo que prefiere ser correcto antes que arriesgarse a perder. Pero claro, a veces paradójicamente las derrotas bochornosas consiguen adhesiones genuinas.
Esto sólo genera ortopedia.

4/10

Por Xavi Roldan

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