Crítica de "Alps"

Despegarnos. Despegarnos de todos los restos asquerosos de boñiga, de todo lo que se nos adhiere al cráneo por la parte de dentro y empieza a colgar al más puro estilo estalactita de prejuicios, preconcepciones y expectativas memas marcadas por lo que hemos visto siempre y lo que esperamos seguir viendo para los restos. Un poco es lo que propone el griego Giorgos Lanthimos con su última, y más espartana aún que la archivociferada Canino, película-declaración-alarido-snobedad. Un vaciado de todo, empezando por las formas y las convenciones de la ficción, para construir desde cero el relato. Y de hecho esa misma es la tesis: la confusión de los límites entre lo que es cierto y lo que es falso. Y yo aviso. Para los que sigan creyendo en el poder fascinador del cine y la más genuina apertura ocular, los que crean que el cerebro debe empezar seco y haberlo chupado todo como una esponja durante 90 minutos para acabar rebosante de ideas nuevas que restallan como petazetas, que no sigan leyendo. Se limiten a ver Alps y luego vienen y nos lo cuentan, si pueden. Y a ellos les digo: felicidades, resbaláis de las masas como si hechos de teflón y os atrevéis con lo inatrevible (y ni puto caso a los críticos que usan el "me" como joya de la corona de su silabario y que luego lo apostillan con un "aburro").

Como sea, a quien le importe más el cómo que el qué, a quien se la sude toda forma de modernidad, a quien le dé asco la autoría cinemtaográfica pero tenga diez minutos que no sepa cómo matar en el post-cigarro del curro y haya dado con sus huesos en estas palabras. O a esos masoquistas de la combustión espontánea intelectual que empiezan las series por la finale. A esos les digo. Pasad, seguid leyendo, y yo os prometo que os la meto doblada desde el principio: Alps va de gente tarada que funda una empresa de sustitución de fiambres. ¿Se me muere el cincuenta por ciento de mi vida conyugal? Sin problema, me mandan a una y yo la sustituyo en mi corazón y en mi catre. ¿Se me va la hija? Me endosan a otra para que pueda ejercer mi derecho de padre educador. De eso, y no de otra cosa, va Alps. Contado pierde, la experiencia mejora con el visionado virgen de información, pero es lo que hay y de eso va Alps.


De gente que transgrede. Que transgrede tabúes, convenciones sociales y correcciones políticas, pero sólo para sedimentar más el pedrusco en la rabadilla de una sociedad con problemas quísticos (una Grecia al borde del borde). Gente que se transgrede a sí misma y se niega lo más básico, su propia persona, para en primera instancia ganar pasta, en segunda ayudar a alguien por, no sé, por ir contracorriente o así, y en tercera para, seguramente, alejarse de sí mismos y ponerse el rostro de otro, aunque con ello se vaya la salud mental, hasta luego, por el desagüe de la trona. Porque ese es su peligro, y la perversión de una película que en radiografía social se mete hasta la cocina y se cuelga del aro como no lo hacía nadie en el viejo continente desde La mosquitera: a medida que el espectador ve que la mentira lo empapa todo, ese todo queda impregnado de sospecha, de duda primigenia. ¿Hay algo en toda esto esto que sea real? ¿Hay algo genuino de verdad? ¿Desde el principio de la puta película? ¿Nada? ¿Todo?
Eso explicaría muchas cosas. Ese trabajo de interpretación desnaturalizada. Actores interpretando a actores interpretando a personajes. Pero mal, muy mal. Aunque cuéntenselo a los viudos, a los padres que han perdido a sus hijas. A ellos les da igual. Les da igual la distancia, la forzada impostura. Les da igual la violentación, aunque a nosotros nos joda que eso se traduzca en la tensión del plano hasta que rechinan sus límites. Que se traduzca en una incomodidad endémica a la imagen donde el enfoque, el foco selectivo, actúa de juez: él selecciona y aparta. Convierte a los personajes en islas separadas del entorno, de los otros personajes. En engendros mecánicos llenos de bujías raras, cables inútiles y pistones que bombean a vapor malestar, y soledad, y jodedumbre de dentro afuera.
No se sabe muy bien por qué. O sí. Porque no podemos hablar ya de relaciones interpresonales y confiarnos a Apolo empalmado, que la belleza y el amor y el sexo seguro ya duermen el sueño de los justos. Nada, ahora todo es existencialismo claustrofóbico y náusea y, si cabe, se vende el alma por Ares (también puesto de pastillas azules). Es lo que hay y es lo que nos toca vivir.
Pero hay mucho humor negro en el alma negra de Lanthimos, igual que lo hay en el alma clara de Kaurismäki. El mismo humor soterrado y podrido que había en Canino –podría, de hecho, ser su sucesora argumental-, y el mismo paroxismo filosófico de aquella, parábola macabra e hipoestilizada (esto es, de rebote hiperestilizada) de las conductas totalitarias. También de eso hay en Alps. También se ejerce dominio sobre el otro, también se juega al poder y a la sumisión, también se recurre a las técnicas del control de las masas y el individuo (manipulación de la verdad por la vía de la simplificación, privación del propio nombre, imposición de unas reglas tan estrictas como inexplicadas, tergiversación de los principios más básicos). También se convierte la vida cotidiana en un espectáculo del patillerismo, en una glorificación del patetismo. Es la vida en el cogollo ético y estético del kitsch. Siendo lo kitsch aquella representación desconchada de una representación que huele a chotuno de una realidad que también apesta por estar empantanada.


Y, como el Von Trier de Los idiotas (cuando las violencia de sus ideas superaba a su violencia a secas), Lanthimos convierte el ejercicio del psicodrama en un reflejo de las formas de la sociedad que acaban disociando los términos y convirtiéndolo todo en un "drama" "psicótico" con formas y resultados de Haneke, el de El séptimo continente y El video de Benny, el que empezaba a ser sospechoso de venderse al demonio de la "alta cultura" pero aún sabía operar desde los márgenes.
Con su impostura, su radicalidad, su arraigada opción ética, su rabiudo simbolismo, con su exasperante tono resacoso, Alps es un horror, un maldito estrés a cámara lenta, es vivir la vida con una escafandra de buzo de la Segunda Guerra Mundial encasquetada en la cabeza, es escuchar en el ipod una sinfonía ejecutada con una orquesta de silbatos reclamo para perro. Es muchas cosas y muchas de ellas una auténtica mierda. Pero Alps es Alps, y nada más es Alps.

7'5/10

Por Xavi Roldan


7 comentarios:

  1. pues yo he sido de los que hemos seguido leyendo! :)

    Y despues de leer tu magnifica critica (ole tu, decir 'me aburre' como algun "gran" critico es como no decir nada) con muchas ganas de verla porque eso de vaciar la cabeza, dejar los prejuicios a un lado y meterme en una peli es un ejercicio que me gusta y mucho!:)
    Ahora veremos si puedo porque he buscado estreno en Belgica y me ha salido resultado O :(

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  2. Jó, tan bien para unas cosas y tan mal para otras en las carteleras belgicanas, esto, belgas...

    Gracias por seguir leyendo (snif) ;)
    La verdad es que me imaginé a unos cuantos lectores llegando a ese punto de la crítica y diciendo "ah, vale!" y cambiando a la pestaña del Firefox del Marca

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  3. La acabo de ver. Lo primero que pensé fue que el Lanthimos este tenía que estar muy mal...después que lo que está muu mal es el ser humano en su estima. Me ha quedado un WTF detrás de las amigdalas, ahi donde no me puedo rascar sin vomitar. Looking forward to watch more from him.

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  4. Jejeje, desde luego, el Lanthimos este está muy mal. Que sus películas digan que también el resto de la humanidad lo está no le excluye xD

    Si quieres, para ir calmando tu hambre griega (uf, qué raro ha sonado esto, no?) a la que puedas ve a ver Holy Motors. Tiene muchos puntos en común con Alps ;)

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  5. Juas, sí, ha sonado un poco a playita de Mikonos y bandera arcoiris!. Tomo nota de lo de Holy Motors, aunque tendré que esperar un tiempo: Este año, una vez más no podré ir a Sitges a por lo mío...(¿eso tambíen a sonado raro?). Y ya van diez años desde que pisé estas tierras!!. En fin, el año que viene será...again. Saludos!

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  6. Bueno, sí, Holy Motors es enorme y así como imprescindible. Pero ¿ya has visto Canino?
    Porque es incluso mejor que Alps, ¿eh? cuidadín...

    Vale, quedamos el año que viene en Sitges. ¿Te va bien a las siete?

    (je, en serio, a ver si puedes)

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  7. Sí, sí, Canino ya está vista. A mi novia Alps no le gustó, y Canino le encantó. Yo igual tendría a Canino por encima, por la sorpresa de la introducción a su lenguaje, pero esta me ha gustado mucho: mismo lenguaje, otros acentos. La última escena de Alps, no sé, es como muy disturbing, de una manera muy calma. Como salido de detrás de la cortina roja de Twin Peaks con balalaika y palomitas de maiz.
    Venga, y nos vemos el año que viene; Xavi, iré con un bolso de Bob Esponja pa que me identifiques ;-)

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