Crítica de "Los diarios del ron"

Casi quince años después de Miedo y asco en Las Vegas, Johnny Depp vuelve a interpretar a uno de los personajes/alter egos de Hunter S. Thompson en la adaptación de otra de las novelas del mismo: Los diarios del ron. Concebida pues como pseudo-secuela oficiosa de la estimulante película de Terry Gilliam, el director Bruce Robinson se pone detrás de las cámaras de esta historia sobre un periodista norteamericano que se ve obligado a trabajar en el Puerto Rico de los 50, malviviendo con un sueldo ridículo dilapidado en alcohol y fiestas, hasta que acaba conociendo a un ricachón que le propone una asociación dudosa con pelotazo inmobiliario mediante. A un ricachón, y a su pecaminosa mujer, rojísima manzana de la tentación que (no hace falta ser un hacha para preverlo, precisamente) acabará siendo motivo de tensiones entre ambos. Por el camino, un compañero periodista, un jefe con peluquín, y un informador/traficante/drogadicto que conserva trajes nazis y escucha los discursos de Hitler a todo trapo mientras destila su propia mierda. Peleas de gallos, viajes de un lado a otro, fiestas y pretendidos detalles folklóricos que rayan en lo denigrante completan todas las cartas que juega el film, a falta de una que complete la escalera real de color y convierta todo ese potencial en una jugada maestra; que de nada sirve tener dos figuras y que te falte la tercera, ¿no? 
Lo que falta, lo que se echa de menos en las dos horas completas de un metraje a todas luces excesivo, es justamente el nexo de unión entre sus frentes. Un desarrollo argumental, una evolución dramática. Ese algo que permita seguir la cinta (tirando a densa para más inri) con mayor interés. Careciendo casi por completo de ello, prácticamente toda Los diarios del ron se sigue desde la distancia, desde la apática perspectiva de una presentación de planteamientos, personajes y situaciones a desarrollar en los minutos que están por venir. Y de este modo, claro, la cosa no tarda en descompensarse. La sensación, además de esa gran introducción y poco más, es la de una distribución desigual y equivocada de pesos. Sus múltiples ramificaciones (entre argumentales y descriptivas) aparecen y desaparecen, comienzan a desarrollarse y se detienen abruptamente para continuar más allá cuando ya se creían olvidados. Muy incómodo todo.


Claro que en el fondo, quizás sea esa la única manera de concebir siquiera una película así. Tanto por la propia materia prima, como por el referente más inmediato (las novelas originales y la adaptación de Gilliam) y los más implícitos (y no hace falta irse demasiado lejos: de Fincher a Boyle, Ritchie y compañía) no es descabellado pensar en un cine estrambótico, salido de madre, exagerado y barroco. Es como si el propio espectador ya se esperara algo así y viniera preparado para ello. Para situaciones curiosas y personajes desquiciados. Para ritmo irregular y disfrute regulero. Son fallos, y ojalá hubieran sido evitados mediante un correcto desarrollo que contuviera toda la salida de madre que corresponde a su envoltorio. Pero la alternativa, misma (y menos trascendente de lo aparente) historia y vulgarización total y absoluta de su forma, hubiese sido aún peor. Puestos a elegir, mejor quedarse con el mal menor. 


Y el mal menor es un film muy imperfecto, decepcionante al rayar por debajo de lo que apuntaba, y sin el toque de genio (incomprendido) del ex Python. Pero con cierta personalidad, escarbada de sus excesos y su sorprendente intrascendencia. Y al final, oye, eso suma. Suma a las interpretaciones más que acertadas de un recuperado Johnny Depp y una ristra de pletóricos secundarios que incluye los nombres de Amber Heard, Aaron Eckhart, Richard Jenkins y Giovanni Ribisi y Michael Rispoli. Suma a la banda sonora de Christopher Young, a la puesta en escena en general. Y suma a un par de pasajes francamente acertados, entre ellos, algunos gags de quasi-antología. 
Así que sí, estamos ante una película fallida. Una película de la que sales sin tener demasiado claro que acaba de pasar por tus retinas, nada transgresora y mucho menos emocionante. Pero con una sensación de buen rollo impregnada en los huesos que, a la postre, lleva a un buen recuerdo. ¿Recomendable? Sólo a medias. Pero desde luego, ojalá todas las cintas fallidas que nos llegan fueran como Los diarios del ron
5,5/10 
Por Carlos Giacomelli

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