Crítica de "Si quiero silbar, silbo"

Crítica de Si quiero silbar, silbo
Sin perdernos demasiado atrás en el tiempo, más o menos podría establecerse en 4 meses, 3 semanas, 2 días la nueva revolución del cine rumano, mediante la que más o menos de manera constante nos va llegando una nueva muestra de su filmografía (precedida siempre de algún que otro premio y con la promesa de descubrir a otro director más al que seguir la pista como próximo mesías europeo). Encantados de descubrir nuevos horizontes, nada más faltaría, pero el riesgo de la sobrecarga empieza a hacerse evidente con este Si quiero silbar, silbo, enésimo premio del jurado por aquí y aplauso por allá, enésimo drama social de personajes, y enésimo director (Florin Serban se llama) esmerado en el (ab)uso de los silencios, de la cámara al hombro y de la filmación de la realidad tal cual y sin concesiones. La verdad, uno empieza a liarse con tanto costumbrismo rumano, por lo que es de vital importancia que cada nueva muesca incluya ese plus que la haga perdurar en el recuerdo, ya sea mediante una sola escena o un pasaje argumental. Y poco de eso hay en esta historia sobre un chico a quien le queda algo más de una semana para salir de la cárcel y reencontrarse con su hermano pequeño, que sin embargo ve cómo su madre pretende irse del país antes, y llevarse consigo a su familia
Lo que nadie le puede negar a Serban es el haberse aprendido la lección de memoria. Haciendo acopio de todos los vicios del cine rumano internacional y de buena parte del cine europeo y de autor en general, Si quiero silbar, silbo derrocha cotidianidad a través de su marco, situaciones y personajes principales. No hay ningún héroe, ningún escenario irreal ni ninguna frase para la platea. Tampoco hay banda sonora, travellings, planos aéreos o demás artificios cinematográficos. Y tampoco se ofrece ayuda alguna al espectador: el drama tiene que surgir del poso que dejan sus silencios, de lo que se lee entre líneas de sus miradas, de lo que había antes y lo que seguramente haya después. Es la sarna con gusto, el precio que el espectador tiene que -y desea- pagar. El problema es que en esta ocasión en concreto, el premio que obtiene raya a un nivel muy por debajo de lo esperado.
Y es que en no pocas ocasiones, se confunden aquí intenciones sinceras con lo que parecen triquiñuelas para forzar la campanada. Serban abusa de la contemplación, sus pasajes totalmente mudos y casi congelados se alargan en exceso y acaban desvirtuando su innegable potencia, diluyendo carga dramática y cayendo una y mil veces en el puro tedio. Las obsesiones del cineasta por perseguir los cogotes de sus actores, Gus Van Sant en estado puro y descarada marca del autor, chocan de frente con una cinta que justamente parecía querer ser lo más realista posible. Y así, la herida escuece, sí, pero por los motivos equivocados.

Crítica de Si quiero silbar, silbo

Claro que tan espinoso camino no está exento de pasajes francamente acertados. Las conversaciones en familia, puntuales situaciones que se dan en esa cárcel de ¿máxima? seguridad o su clímax en general, despuntan como momentos de pequeño gran cine, consiguen esa visceralidad que tanto busca su director. Pero se trata de pequeños chispazos en medio de un drama social y personal intenso pero no tanto, mitigado tanto por su descompensación rítmica general como por un director con una apenas contenida obsesión por darse a conocer.
Satisfacción a medias, olvido quasi inmediato, y que pase la siguiente.
5,5/10
Por Carlos Giacomelli

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