Crítica de "La sombra de los otros (Shelter)"

No todo lo que venga de Suecia va a ser lo más. De hecho, aunque al principio nos la metieron doblada, cada vez son más las pruebas que apuntan a lo contrario y al final, si nos sacan de Alfredson, Manning y el señor Ikea, va a ser que se trata de un país tan artísticamente averaged como cualquier otro. Véase el caso de los directores Måns Mårlind y Björn Stein (a ellos les gusta firmar como Mårlind & Stein, por cierto): desde su país natal se vendió internacionalmente algo llamado Storm (La tormenta), una suerte de drama fantástico que a nivel crítico tuvo más bien poca suerte. Pero eso es lo de menos. Cinco años después ya estaban afincados en Hollywood, desde donde presentaban la La sombra de los otros dos años antes de dirigir la cuarta entrega de la saga Underworld . Lo que se dice una carrera de aquellas de altura. Por algún motivo inexplicable, se recupera ahora para nuestras carteleras este debut norteamericano del tándem, que presenta a Julianne Moore en el papel de psicóloga de ideas bien establecidas sobre las personalidades múltiples (patrañas, según ella), debiendo enfrentarse a un Jonathan Rhys Meyers que le hará plantearse sus creencias. Originalidad al canto gracias a Michael Cooney, a quien le debemos también los guiones de la saga Jack Frost (sic) o de la mareante Identidad.
Es curioso saber este último dato, puesto que si algo tenía la muy mediocre cinta de James Mangold (que sí, aquella con John Cusack, Ray Liotta y un asesino que va matando uno a uno a varios personajes metidos en un motel por culpa de una tormenta de cuidado) era una habilidad por rizar el rizo que, en la que ahora nos ocupa, se engorda hasta el paroxismo. La sombra de los otros está constantemente buscando la manera de darle la vuelta a la tortilla, pasar de un tema a otro y pillar al espectador en pelota picada. Claro, que lo hace a base de una sucesión de clichés apabullante, por lo que el objetivo se consigue sólo a medias. A medias porque por muy rompedor que sea el twist, sigue habiendo una película que previamente ya lo ha utilizado. Y a medias, porque al final sí llega a sorprender al espectador… es porque lo tiene total e irremisiblemente desconectado del hilo argumental.


Galimatías de cuidado, batiburrillo de posesiones, fantasmas, demonios, locos, asesinatos y dramas de familias rotas. De lo social y lo personal, la religión, la ciencia y las ciencias ocultas. En la América profunda, el centro de una ciudad y la impenetrabilidad de los bosques. En un piso, una sala de interrogatorios, una casa, una cabaña y una autopista. Película de fantasmas, thriller policíaco, ciencia-ficción. Es tal la cantidad de saltos que llega a dar la cinta, que ni siquiera se antoja sencillo determinar cuándo demonios sucede la acción (se emplean a la vez teléfonos antiguos, VHS, pantallas planas y la más avanzada tecnología…). Y la misma culpa la tiene el estilo cambiante de los directores, que ora adopta una postura prácticamente íntima, ora se aleja con planos picados y grandes secuencias, o con pasajes francamente horteras (inclúyanse ralentís). Normal que uno acabe hartándose.
Y eso por no hablar de las numerosas ocasiones en que se recurre a eso de “si no tiene explicación, es brujería”, los huecos argumentales que ello comporta, y el tufillo religioso (“tienes que creer”) que va despuntando aquí y allá, por mucho que se revista de brujería ancestral y demás milongas.


En definitiva, La sombra de los otros es un producto de consumo, marca blanca, como tantos y tantos otros. La virtud que tiene es que no es inferior al resto, y que por tanto, como entretenimiento de aquellos de seguir a medias, con palomitas en mano (o directamente una cerveza en el sofá del salón) y la cabeza en otro sitio, puede colar. Allá cada uno con sus expectativas. Además, es de agradecer un final con algo más de mala leche de lo temido. De esos finales tipo ¿Tendrán huevos de hacer lo que parece que van a hacer? Pues sí, los tienen. De todos modos, a nadie se le escapa que interesa poco, que no consigue asustar nunca por mucho que lo intente… y que la originalidad es cosa de otros. Es decir, la sensación que se desprende mientras se queman los 108 minutos de metraje del film que nos ocupa, es la de estar, simple y llanamente, ante una de esas que de vez en cuando va estrenando Julianne Moore por aquello de rellenar su billetera. Ella está muy por encima de esto, y nosotros, también. La sombra de los otros no aporta nada a nadie, si acaso supone el constatar que Jonathan Rhys Meyer sigue vivo (y ojo, su interpretación es lo más digno de todo el cotarro), pero la verdad es que hay que tener las expectativas francamente bajas para que esto no defraude...
4/10
Por Carlos Giacomelli

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