Crítica de "Les Lyonnais"

Crítica de Les Lyonnais
Que el cine francés esté por delante, en muchos aspectos, en relación al resto de industrias europeas queda patente en algo así como el 65% de los estrenos que nos llegan desde el país galo. Y Olivier Marchal no es sino uno de los cineastas que lo atesoran. Con cuatro películas en su haber, Marchal se ha convertido en el principal abanderado de un tipo de productos no del todo bienvenidos entre quienes consumen cine europeo (o directa y mucho más pedantemente, cine francés): los thrillers policíacos a imagen y semejanza de las grandes producciones USA. Es decir, que Francia adelanta al resto porque ya tiene a su propio Tony Scott, Michael Mann, Oliver Stone o Kathryn Bigelow. Un batiburrillo de todos ellos y alguno más es lo que representa Marchal para la cinematografía vecina, y Les Lyonnais lo pone en evidencia como ya lo hizo en su día la más histriónica (y menos lograda) Mr 73. Su nueva película bebe sin pudor alguno de todo lo que uno pueda imaginarse que incluya una cárcel, un mafioso o una pistola: desde Heat a Los Soprano, El fuego de la venganza, o la reciente Un profeta, pasando incluso por El padrino. Todos tienen su respuesta en esta historia inspirada en las memorias de Edmond VIdal, protagonista de todo esto. Está por ver, claro, que la del galo sea una figura estrictamente necesaria para el mundo del séptimo arte o no. Pero esa es una guerra que de momento no disputaremos.

Crítica de Les Lyonnais

Centrémonos en lo que ofrece este film, historia de un grupo de malhechores (los Lioneses) que llevan delinquiendo por Francia unos 30 años, y en concreto de dos (sensacionales Gérard Lanvin y Tchéky Karyo) cuyos caminos, separados por el tiempo, vuelven cruzarse en la actualidad: un hombre a quien detienen de golpe y porrazo, y una suerte de rey de los gitanos, padrino gipsy en plan Corleone de la Isla, que intenta ayudarle pese a un omnipresente cuerpo de policía que lleva detrás de ellos toda la vida. Potente pero manido punto de partida (y no olvidemos eso del "basado en hechos reales") al que sigue un greatest hits de lugares comunes que no se arruga al plagiar sin tapujo alguno a los grandes: desde la fiesta inicial con un grande capo como maestro de ceremonias, a una serie de personajes claramente deudores de Pacinos y DeNiros. El propio aspecto físico, perilla y arrugas vestustas a la cabeza, recuerda a las estrellas de Hollywood, en un conjunto que sorprendentemente no ha recibido acusación de plagio que se sepa.

Por supuesto que se echa en falta algo de originalidad, pero no menos cierto es que puestos a elegir referentes, mejor estos, que a nadie le amarga un dulce. Súmese además, otra pizca de todo un poco. La línea temporal de Les Lyonnais no tarda en fragmentarse, desprenderse de esa repelente verticalidad suya y convertirse en un péndulo que va de un lado a otro, ora presente, ora pasado, ora más pasado aún. Así, ya puestos, describamos un poco la sociedad. No faltan a la fiesta cuestiones de gravedad de la orden de racismos, policías de dureza exagerada y estamentos oficiales que hacen la vista gorda; de manera que al final, los cacos caen la mar de bien y el espectador acaba simpatizando con ellos sin problemas, majos ellos.

Crítica de Les Lyonnais

Así las cosas, a fin de cuentas la falta de personalidad del film y de su director tampoco es que sean para llevarse las manos a la cabeza. Lo que sí pasa factura realmente es una evolución demasiado irregular, que intercala momentos de gran interés con otros más bien intrascendentes en los que por mucho que Marchal se esfuerce por vitaminar el producto con su dirección a lo Tony Scott, claro, no sale nada a lo que aferrarse por esa vulgaridad que se gasta. Suerte de esas pequeñas sorpresas que van apareciendo aquí y allá, como esos lugares por los que seguramente una producción comercial norteamericana no llegaría y que sin embargo aquí nadie tiene demasiado reparo en alcanzar, o una sensación francamente bienvenida de crepuscularidad general, que por momentos acerca Les Lyonnais a un puro y duro western de personajes.
Una última patada en los morros nos la llevamos con una conclusión que riza el rizo tanto por flashbacks que no vienen al caso como por una excesiva masticación, por lo que a la vista está que no estamos, ni mucho menos, ante un producto redondo: como argumento funciona a medias, y como fotocopia de fotocopias tampoco alcanza la matrícula de honor. Pero al César lo que es del César: quien vaya con el ánimo de ver un thriller negro al uso, de factura excelente y descaradas apuestas a caballo ganador, encontrará aquí satisfacción plena (o casi) a sus deseos.
6/10
Por Carlos Giacomelli

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