Crítica de "Profesor Lazhar"

Un colegio normal y corriente de un país tan anodino como es Canadá. Nadie diría que fuera a pasar nada en lugares así, y sin embargo, una tragedia asola las vidas de maestros y estudiantes. En especial, la de una clase en concreto. Toca arreglar el desaguisado, encajar el golpe y tratar de mirar hacia delante, y para eso es contratado el profesor Lazhar. Un inmigrante, de pasado turbulento y modos un tanto extravagantes pero terriblemente humanos, que se convierte en el epicentro de esta historia sobre traumas, dolores, secretos y esperanza; sobre seres humanos, sentimientos positivos y luz al final del túnel. Algo así, en resumidas cuentas, es Profesor Lazhar, cinta aclamada en todas partes (llegó a estar nominada a película de habla no inglesa) que a la hora de la verdad no deja de ser un refrito de conceptos bien imperecederos, bien vistos hace no demasiado. Tratados, faltaría más, desde el buen gusto y la moderación propios de todo lo ajeno a Hollywood. Pero no exentos del mismo truco. Será que Canadá está demasiado cerca de los Estados Unidos como para salir totalmente indemne...
Hablo de los USA como paradigma de un tipo de cine facilón, pero el discurso es rápidamente extrapolable a otras latitudes: quien más quien menos peca, a la hora de aproximarse a dramas de superación personal y moralina esperanzadora, de tirar por la vía fácil. A veces (La vida de los otros) se disimula más que otras (La vida es bella), pero la sensación de conducción emocional, antes o después, se acaba notando. Es muy difícil encontrar ejemplos de lo contrario y lamentablemente, la de Philippe Falardeau no es la excepción que podría esperarse. Nos encontramos aquí ante un film que parece asentarse sobre unas bases muy interesantes de realismo (o realidad, más bien) crudo, sin miramientos ni embellecedores. A través de los ojos de un niño vemos lo último que un niño debería ver, y a partir de ahí se sigue el día a día de la clase tirando, a nivel formal, de austeridad, rigor y autocontrol. Tanto, que cuando el drama en cuestión no monopoliza la atención, esta se va hacia otras temáticas de corte más puramente social, y recordarían a lo expuesto en la muy superior La clase de Laurent Cantet.

Racismos, soledades, niños a día de hoy, la idiosincrasia de la figura-modelo a seguir... Vamos, que Profesor Lazhar tiene mucha tela que cortar y lo hace bien, con pulso firme y cortes decididos. Aquí y allá no deja de haber una escena interesante, un pico de emoción o un revés directo al intestino de la conciencia. Y en suma, granito a granito va alzándose una montaña que se reserva para la cima un intenso, intensísimo tramo final. Tanto como para olvidar todo lo demás y salir de la sala extasiado. Sin embargo, a poco que se piense con algo de frialdad, los males a los que se aludía al principio son demasiado evidentes. En su afán por emocionar sí o sí, Philippe Falardeau se pasa de la raya dibujando un mapa de personajes que parece más una calamidad que otra cosa. Todos ellos tienen demasiados dramas tapados (o no tanto) a nivel personal, demasiadas batallas que librar, llegando a flirtear con la parodia estilo Precious. Además, la decisión de esconder ciertas informaciones para buscar el forzado twist que posibilita el clímax suena a desacertada.
El resultado de todo ello son molestos pasajes en los que al espectador se le invita/fuerza a sentir lo que el director y guionista quiere, en vez de dejar que tales sensaciones afloren por sí solas... Justamente lo que se debería condenar y se condena en según qué producciones.

Afortunadamente, en este caso la herida escuece menos. Se mire por donde se mire Profesor Lazhar raya a un nivel notable cuando no excelente. Sus intérpretes (en especial el protagonista, Mohamed Fellag) están sumamente acertados, el tempo se mantiene constante y ascendente, ciertos temas con los que juega son tratados con acierto y el empaque audiovisual es perfecto para la ocasión. Y como remate, cuenta con un final de ovación difícilmente reducible. Nadie puede decir que se trate de una mala película, o de una película fallida, ni mucho menos. Dicho lo cual, y seguramente por culpa del bombo y platillo que la precede, la sensación de decepción sigue ahí. La culpa es nuestra por pedir demasiado.
7/10
Por Carlos Giacomelli

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