Crítica de "Un lugar donde quedarse (This Must Be The Place)"

Dos de las últimas películas de Paolo Sorrentino, Las consecuencias del amor e Il Divo, han servido para colocar al napolitano en lo alto de la ola, en el centro de atención de todas las miradas. Es la personificación del resurgimiento del cine italiano, uno de los cineastas más interesantes del panorama internacional actual, y su pista debe seguirse muy de cerca. Siempre. Al margen de que el producto resultante no siempre sea del todo satisfactorio. Pongamos por ejemplo Un lugar donde quedarse (This Must Be the Place): la película, que disfraza a Sean Penn de exrockero en plan Robert Smith (aunque en ocasiones se parezca más a Alaska que otra cosa) para colocarlo en una aventura, tipo road movie, a la caza de un nazi que obsesionó a su recientemente fallecido padre, es una nueva muestra del poderío visual de Sorrentino. La elaboración, el estudio de la mayoría de sus planos se convierten en el mejor ejemplo para defender eso de que el cine es el séptimo arte. Y sólo por eso, por las virguerías del director, ya vale la pena el visionado. Pero a su vez, estamos ante la menos lograda de, al menos, las tres que nos han llegado. Por lo que habrá que ponerse el mono de trabajo para no sucumbir ante el intento de verla hasta el final.

Lo que falla, apreciaciones personales al margen (un servidor no puede con Sean Penn) está en el guión. Un guión demasiado inconsistente por el que deambula una historia de premisa interesante pero plasmación francamente previsible, y cuyo esmero por ahondar en todos los tics, manías y problemas internos del personaje principal condicionan todo lo demás. Es decir, que todas las “aventuras” que vive en su periplo por tierras estadounidenses Cheyenne (así se llama), quedan en meros brochazos, caen en saco roto sin acabar de suponer demasiada revelación ya sea para el protagonista o para el espectador. Un lugar donde quedarse (This Must Be the Place) se sigue con apatía, desde la lejanía más absoluta, y con tan sólo un par de momentos emocionalmente activos que en ningún caso son especialmente potentes. Y quizás todo esto se derive de la percepción de que el guión siempre está por debajo de la figura del director.


Decíamos al principio que la labor de Sorrentino es encomiable y no es que ahora llamemos a la contradicción, pero sí es cierto que su presencia se hace notar muy por encima del producto final, y eso le pasa factura en cuanto a que merma su intensidad. Al final, vamos, queda una película muy bonita de ver, pero poco más. Lejos de las sensaciones que brindaban las Flores rotas de Jim Jarmush o Una historia verdadera de David Lynch, cuyo éxito partía precisamente del intentar esconder todo lo que no fuera interpretaciones y argumento puro, y con las que alberga más de un parecido (tanto, que hasta comparte actor -Harry Dean Stanton- con la de Lynch). En todas ellas se asiste a un viaje de un hombre acercándose (más o menos) al ocaso, un viaje que es a su vez de reconocimiento interior, de purga, de superación y de atar cabos. Pero así como no había problemas en creerse a un Bill Murray en plan Casanova jubilado; así como Richard Farnsworth se convertía en el perfecto conductor de un cortacésped… Sean Penn no goza de la misma credibilidad. Y no porque él lo haga mal, sino por la falta de enjundia de todo lo que le rodea.
Y, claro, por lo histriónico de su personaje, su cargante sabelotodismo, y sobre todo, sobre todo, un tono de voz monótono y lento, desesperantemente lento. En vez de simpatizar con él, en vez de sufrir las visicitudes de su psique, dan ganas de coger el mando y darle a la doble velocidad.


Así las cosas, el desembarco de Sorrentino en el extranjero resulta mucho más agridulce de lo esperado. Pese a contar con una dirección excelente, un intérprete entregado y (casi se nos olvida) una banda sonora acertada a cargo de David Byrne (de los Talking Heads), jamás consigue emprender el vuelo, liberarse de un yugo (autoimpuesto) de trascendencia que acaba francamente, aletargando en vez de interesando. Por supuesto, como ejercicio de estilo vale la pena. Para lo demás, hace falta mucha voluntad por parte del espectador.
5,5/10
Por Carlos Giacomelli

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