Crítica de El mundo es nuestro

Crítica de El mundo es nuestro
Como una patada en los inherentes masculinos. Así recibimos la crisis, así la vivimos, así la viviremos. Tras el castañazo inicial toca lamerse las heridas, hacer cuentas, inventariar lo que se ha podido salvar del desastre, lo que podremos aprovechar. A nivel cultural, el paisaje que se despliega ante nuestros ojos se parece dramáticamente a un páramo del que no vemos los límites. El panorama invita al desánimo, a la tristeza, a la inmolación colectiva disfrazados de pregoneros de Villar del Río. O puede que no, quizá toca recuperar las esencias más castizas y agarrarse un monumental y atávico cabreo.

Algo de todo esto parece impregnar El mundo es nuestro, la opera prima de Alfonso Sánchez, financiada por crowdfunding con el reclamo comercial de sus dos protagonistas, el Culebra y el Cabeza. Como el hijo bastardo de una Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975) con una princesa de extrarradio, de las que te chillan verdades a bocajarro y en castellano nuevo, el planteamiento de estos 80 minutos de desenfrenada comedia es bien simple: Dos chalados entran a robar en un banco y se arma la marimorena, retrato social, reivindicación ética y despiporre patrio en el mismo cóctel. Sí, se ha hecho antes, pero si se hace bien, compro, pago, firmo, hipoteco la casita de Camprodón. Lo que haga falta, oigan. ¿Complejo de inferioridad del cine español? ¿Necesidad de hacer de claca ante la primera comedia decente que nos echamos a la retina en mucho tiempo? No, ni mucho menos. El trabajo de Alfonso Sánchez no sólo alza el vuelo varios metros por encima de la mediocridad reinante, es que su propuesta traza un acertado dibujo sobre las neuras y los males que atenazan a una sociedad entera. Una comedia no necesita ir de seria, de profunda o de sociológicamente perspicaz para lograr la aprobación general, pero resulta que ante el caso que nos ocupa descubrimos la feliz comunión entre la sana (y dificílisima) voluntad de hacer reír al personal, y el fresco de castizas costumbres actualizado a los tiempos de primas de riesgo y rescates disimulados.


Crítica de El mundo es nuestro

Entre las cuatro paredes de una cutre sucursal bancaria se desgrana una pasarela de arquetipos tan masticados como efectivos, tan básicos como terriblemente familiares. El logro, y no es menor, pasa por conseguir que en un terreno tan trillado crezca un relato bien estructurado y con sus objetivos meridianamente claros. Los delincuentes de poca monta, el pequeño empresario arruinado, la pareja que se quiere hipotecar, la funcionaria, el parado que hace trapicheos, el mafioso, el inmigrante, la señora de Burgos... La fotografía es cruel, pero a la vez tierna y oportuna. Nos puede sonar a visto, a dibujo esquemático de sitcom cañí, pero tras cada personaje se esconde una cara del poliedro hispánico. Y así, entre la dialéctica de pincho de tortilla y el espíritu de la burbuja inmobiliaria el conjunto de los elementos de El mundo es nuestro rema frenéticamente hacia una misma dirección. La comedia alterna la incorrección tamizada con la consigna de que la unión popular ennoblece los caracteres más rastreros, pero cuando se encienden las luces persiste una extraña sensación en la boca, algo mezclado con bilis que no se despega del paladar, simple e irracional como los mejores impulsos. El relato sirve de crónica de un fracaso económico y de las gentes que lo sufren o lo aprovechan. Las pequeñas esperanzas de la clase media andaluza se funden con la picaresca de los que están en los dos extremos de la jerarquía de clases: los de abajo trampean el sistema, los de arriba lo tuercen a su voluntad. La crisis nos atenaza, las expectativas de futuro caen con cada valoración de Moody’s, y todos sabemos que quien nos ha metido en este follón se irá de rositas. Ante ello, la ficción recupera su condición de catarsis social, de conductor de un estado de ánimo al que conviene dar forma de relato. La comedia es el mejor mecanismo para dorar la píldora, pero bajo cada carcajada hay una carga de profundidad del mejor cine engagé. No son los tópicos, es la sangre que hierve y que lubrica la narración: La rabia se erige en mejor estrategia ante el panorama de batalla. Como un torrente catártico de cabreo acumulado, la película actúa de tensiómetro contundente, con la aguja subiendo enteros a cada minuto y la sorprendente identificación entre el espectador y los elementos más lumpen de la narración. Todos somos el Culebra y el Cabeza.

Crítica de El mundo es nuestro

El mundo es nuestro gana puntos como cronista de los tiempos que corren. La financiación a través de pequeñas aportaciones es un síntoma del crack económico, del fin de los modos tradicionales de subvención y de la necesidad de agudizar el ingenio y echar todo el valor para levantar un proyecto. Con semejante trasfondo ¿a quién le sorprende que la narración tome la medida del país que se hunde? Imagen del desastre, retrato lacerante y tierno de una sociedad capaz de lo mejor y de lo peor, un mapa de referentes y de significados se esconde tras la supuesta chabacanería de su humor, los diálogos a gritos y el olor a bar de barrio que impregna a sus personajes. Un auténtico manifiesto que, con los años, debería formar parte de la filmografía de estudio para entender la crisis y su impacto en la cultura audiovisual española. Bienvenida sea, más allá de algunos desajustes en el ritmo de los gags. Al final el conjunto funciona y destaca como una buena noticia para nuestras raquíticas carteleras. Ignoro si tendrá mucho éxito comercial, como no puedo saber si algún día dejaremos de ser los perpetuos rescatables. Lo que tengo claro es la necesidad que tenemos de El mundo es nuestro, de Diamond Flash (Carlos Vermut, 2011), de Extraterrestre (Nacho Vigalondo, 2011) o de Carmina o revienta (Paco León, 2012). El cine español se salva así.

7/10
Por Manel Carrasco

2 comentarios:

  1. Genial la crítica! Y totalmente de acuerdo con todo. Más de esto hace falta en el cine español.

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  2. jur, pues entre esto y el lector opina.... como que intento verla hoy mismo, oyes!

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