Series de Culto de la Televisión Geek: MAX HEADROOM

Nerdocrática, oligárquica, hiperpoderosa geekbase del mundo, agarraos las focales hipermétropes. Esto vuelve a vuestras vidas, y lo hace con más cantidad de sebo fresco por forúnculo que nunca. Con una mayor densidad adiposa cutánea de lo que cualquier esteticienne se atrevió jamás a soñar, so riesgo de colapso arterial encefálico. Cuando creías que se habían marchado los Clásicos de la Televisión Geek vuelven cual un boomerang de rebote empitonado, directamente a la nuez. Porque toca material de primera, pata negra, tarro de cristal. Toca, damas y caballero-wannabees, una parada en el complejo Max Headroom, el emporio televisivo dedicado al hombre que no era hombre, la máquina que se creyó un holograma que se creyó un alma. Un auténtico mito supraterrestre de los ochenta más farloperos, bizarra compañía para chavales traspapelados en esas noches metidas por la escuadra a padres en un momento de distracción erótica.
Periferia de la distopía. Semejante glitch en el disco duro cerebral sólo podía producirse en la RAM de un colgado de a pie británico demasiado aficionado a la química y con oscuras filias y adhesiones musicales: el androide hertziano que capitalizaba el interés de la serie en cuestión fue creado a primeros ochenta para presentar en calidad de host un show de videoclips poco chichudo, muy seminal. Solo que de ahí y no se sabe muy bien cómo, dio el salto. De la pérfida Albión la idea fue pateada allende el Atlántico hacia una más ducha en macroexpolotación televisiva Estados Unidos. Es decir, de Channel 4, Max Headroom: 20 Minutes into the Future suerte de TV-movie basada en el programa musical y su poco atractivo presentador, saltó a la yanqui ABC en forma de afortunado piloto de ficción. El crono de la leyenda freak establecía su TC en 00:00:00:00.

Un muñeco tartaja y esquizofrénico, aquejado de síndrome de tourette sintético, regido por el scratch, la secuencia rota de unos y ceros. Anticipando inconscientemente la dictadura del botox digital photoshopero, maniquí de falso 3D, látex galore, peinado de profesor del Tercer Reich, ocasionales Wayfarer; un talking head sobre un fondo de discoteca epiléptico más neuroespásmico que los backgrounds de Polybius. Un cúmulo de bizarradas aparentemente avezadas, teóricamente visionarias que sin embargo era lo más porque anticipaba el futuro (y algunas veces, puta chiripa, acertaba de pleno) y tenía un look moderno y peligroso. Porque hablaba de cosas de las que sólo se hablaban en las novelas de ciencia ficción y en el cine y sabía serializarlas, actualizarlas y remozarlas para la correcta deglución de un público cien por cien preparado para la experiencia MTV. Porque se atrevía a filetearse, sin miedo a la mononucleosis, con temas de meter los dedos y sacar muñones: skaters psicopunkis, tráficos de órganos, terroristas televisados, bandas violentas.


Y es que la idea era simple. 20 minutos en el futuro las grandes multis se han zampado el alma utilizando el miedo como si fuera un set de chopsticks y han cimentado una red televisiva de escala global con publicidad subliminal homicida incluida, y un sistema de fama basado en la propia imagen, en la explotación del ego de los líderes de opinión que se ponen ante una cámara. En este contexto, el despótico Canal 23 ha inventado un trepanador televisivo que embute ideas en cráneos y se desprende del resto de serrín humano. Conspiración descubierta por un reportero metenarices (cuasiacromegálico Matt Frewer) que es sulfatado por el sistema, pero que antes de tragar tierra del camposanto es clonado en un ordenador y convertido en el ser sintético de marras.

Emitida entre 1987 y 88, la fantasía satírica desquiciante, oscurantista, descacharrantemente cachonda de Max Headroom, repartida en 14 episodios delirantes de los que sólo se emitieron 13 (no he podido ver el perdido, pero apuesto mi antiguo reproductor laser disc a que producía arcadas ácidas aplicando soplete a la parte interna del píloro de la bestia que se lo había tragado) presagiaba un futuro distópico volátil y esquivo en el que la dictadura de la pantalla es el heraldo del inexorable avance caníbal de la comunicación electrónica. No sólo hay mierda de la arriba citada, sino también un considerable pesimismo tecnológico y un extraño aroma a producto contracorriente que dinamitaba desde dentro para afuera.

En sus puntos álgidos (esto es, apariciones del ente Headroom desarrolladas por un Amiga 1000 de Commodore), la serie se mostraba no sólo combativa e incendiaria. Sino especialmente histérica y chirriante, criminalmente cefaleica, sampleadélica hasta la náusea de lo agriado por caducidad, y se convertía en adalid de una cierta televisión ciberpunk de guerrilla (insólito en un prime time) imprimiendo sus zumbantes ideas y sus angulosos hallazgos visuales de cuatro duros en toda una generación de empollones trasnochados amantes de la ciencia-ficción y la fantasía más extraña y parduzca. Flasheados todos por las toneladas de cosas molonas que atesoraba todo aquello: simulaciones por ordenador, música ochentera, un niño genio, inteligencias artificiales farrucas y periodistas que ponían el culo encima del clúster de la mina por garantizar el derecho de información.

Y lo cierto, y en suma, es que Max Headroom resultaba un producto torcido y una macrooperación de márketing fallida, aun recordada ad eterno por retros, odiada a muerte por ortodoxos y fans de Dallas (sorpresa: también de Lorimar, misma compañía), tratada con el cariño condescendiente de quien no se acuerda de que en una época todos fuimos simios impresionables y venerada por los equivalentes de la época al fan de Matrix de hoy (aunque aquellos eran más listos). Fuera como fuese, Max Headroom horadó roca, abrió algunas puertas, allanó camino y volvió a demostrar que cada dos por tres alguien que haya tenido malos trips puede volcar sus excentricidades y paranoias (literalmente) en el interior de un televisor y no sólo salir indemne por ello sino encima construir un icono irraspable de una época olvidable y hacer Historia chunga del medio.

A los venideros el título les sonará a zapatillas vintage y, en el caso de irradiarse las córneas con algún episodio, probablemente terminen vomitando improperios con forma poligonal. Pero os aseguro que a los hijos de los ochenta que flipábamos con todo lo que oliera a fantasía futurista, la marcianada Max Headroom se quedó metastasiada por todas las circunvoluciones de nuestro organismo para siempre jamás.



6 comentarios:

  1. Wala, Blutito, Ma-Ma-MaMa-Ma-MaMaMa-Ma-Maaaax Headroom!!!! I love him!!! La tenía perdida en los rinconcillos de la memoria y me ha hecho cantidad de gracia que la recuperes. Enorme serie, en su momento sorprendente, transgresora y visionaria... Yo me partía. Superfan. Lo mismo me marco una revisión y todo. Muchas zenkius.

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  2. Eh... sí... er... eh...


    Nada, no consigo ponerme en la piel de Bluto y responderte por él en un tema en el que no tengo ni papa. Sorry. Cuando vuelva ya si eso...

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  3. La serie no puedo decir que me acuerde muy bien, pero siempre quedé marcado por la imagen de Max Headroom pirateando la señal de televisión de una cadena americana. Muchos años después me di cuenta de que no tenia nada que ver con la serie :D.

    http://www.youtube.com/watch?v=DEAO5m4gte4&feature=related

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  4. Uff!, que recuerdos. Que tendría?, 13 o 14 años?, la echaban en el Canal 4 pero de Uruguay, los sabados creo, a eso de una o dos de la madrugada, y era toda una hazaña lograr verla de clandestation. Y los chavales de ahora que miran, Bob Esponja?. Igual de lisérgico, eso lo admito, pero ni de cerca tan jugoso. Desde entonces, cada vez que veo al actor en algún papelucho, hecho un suspiro de nostalgia. Eso sí, paso de revisionarla, me huele que habrá envejecido como el alioli.

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  5. jeje, MIgue, no sabía lo del pirata real... juass, pro está clar que durante unos años Max Headrrom debió ser el icono de todos los hackers.
    Y contigo, smokedfishy, ayer con la ilusión del remembering me la iba a bajar y luego pensé que lo mismo con ojos sigloXXI cuesta... Me miraré uno por youtube y aire XDD
    Pero en su momento partió la pana, rompedora.

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  6. JOAS, lo habéis flipao en 2 bits eh? Ah, amiguitos, la memoria y los recuerdos de más tierna infancia lo que hacen...

    Pero ojo, que por aquí trambién tuvimos nuestra propia dosis de psicotropía catódica saicopunki, y encima para niños: ¿debo recordaros las desbarradas anarcocomunistas de la Bola de Cristal? Aquello era canela refinada para chavalería tierna, tierna. Yo estaba de cuatro o cinco, creo...

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