Crítica de Amor bajo el espino blanco

Amor bajo el espino blanco
A Zhang Yimou le pasa algo. Desde que se convirtió en el nuevo yo, ese a quien descubrimos con Hero, ha ido dilapidando su sólida carrera precedente mediante una filmografía, cuanto menos, inexplicable. En los últimos años, ahí está la prueba: remakea a los Coen con Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos, se lleva a Christian Bale para meterlo en una superproducción tan desproporcionada como fallida sobre los efectos de la guerra en Nanking, y entre una y otra adapta a Aimi Zhu, tercer registro en otros tantos años, esta vez en forma de drama romántico y de época: con la Revolución Cultural de China en pleno apogeo, a caballo entre los años 60 y 70, dos jóvenes se conocen y se enamoran profundamente. Tanto, que están dispuestos a enfrentarse a todo lo que el destino y sus respectivas vidas les tengan preparado como impedimento. Cambio inesperado pero agradecido en el reciente modus operandi de Yimou, que sin embargo no logra esconder un mal endémico que viene evidenciando el cineasta desde hace ya demasiado tiempo: una muy desagradable tendencia hacia el efectismo que en este Amor bajo el espino blanco empaña lo que tenía que haber sido el reencuentro definitivo con el responsable de La linterna roja.



Y es que durante dos horas, la película busca sumergir al espectador en un mundo que le es, al menos por aquí, a la vez ajeno y cercano. Una sociedad marcada por el comunismo y por la rigurosidad de determinadas costumbres y tradiciones prácticamente inviolables. Rutinas y obligaciones que suenan descabelladas (e inhumanas en más de una ocasión), y que sin embargo son el pilar sobre el que se rige (y, sobre todo, se regía) la vida de la población china. Todo ello es descrito aquí con rigor casi puntillista, en un magnífico fresco socio-histórico por el que deambula la parte cercana de todo ello: la intensa relación de amor que une a un chaval campesino y de espíritu vital e inquieto, y una niña menor que él, introvertida y de familia muy limitada económicamente, con una madre enferma y dos hermanos menores a los que mantener. Una historia de amor verdadero, sincero y palpable, desarrollada pasito a pasito con total naturalidad, y desde un acercamiento física y emocionalmente cercano (rara vez se separa la cámara de sus miradas, sus sonrisas, sus manos). Conduciendo, en definitiva, a una cinta que en todo momento apuesta por la sencillez y la verosimilitud. O debería.

Amor bajo el espino blanco

Lamentablemente, Yimou emborrona esas intenciones mediante una dirección irregular, intercalando pasajes de gran sutileza e intensidad emocional (el vendaje del pie, la escena de cama o la del abrazo desde la distancia), con vulgares recursos propios de un novato en materia y pasajes que sin tapujo alguno, van directos a buscar la lágrima fácil. Y estos, claro, se acumulan conforme Amor bajo el espino blanco se acerca a su fin. De este modo, se puebla el metraje de primeros planos de las manos de los amantes que no llevan a ninguna parte, al tiempo que se fragmenta en infinidad de pequeños episodios, separados todos ellos por fundidos a negro y textos sobreimpuestos a modo de elipsis (normal que con un planteamiento así, ni la banda sonora pueda seguir el ritmo y opte por melodías que en más de una ocasión se acercan peligrosamente al hilo musical de un restaurante chino...), y a la que ve ocasión, Amor bajo el espino blanco no duda en abusar del cliché acercándose peligrosamente a las historias de amor teen hollywoodienses. Inexplicable.

Amor bajo el espino blanco

Así las cosas, la balanza acaba cayendo del lado positivo por varias razones. En líneas generales la película es un distinguido drama romántico, intenso (si bien de ritmo muy desigual) pero muy contenido durante buena parte del tiempo, y tiene la virtud de recuperar la personalidad más apaciguada de Yimou, al tiempo que descubre a un tándem protagónico excelente (brillante debut de la jovencísima Zhou Dongyu). Sin embargo, el éxito dista mucho de ser rotundo, debido a las obsesiones de un cineasta que casi se diría occidentalizado en exceso, y a decisiones erróneas que acaban afectando en demasía, sobre todo al clímax (vergonzoso par de planos finales). Más lirismo y menos efectismo hubieran ayudado a aliviar el regusto agridulce que acaba quedándole al espectador, al constatar que no se le ha permitido entregarse por completo, por mucho que lo haya intentado.
6/10
Por Carlos Giacomelli

3 comentarios:

  1. Me hace gracia que digas lo de clichés en el amor. ¿Es que hay algo nuevo en ello? Sobre los fundidos en negro: no te extrañe, la manera de narrar del Yimou íntimo es en pequeñas parcelas, haikus cinematográficos de lo cotidiano. Zhang Yimou sobrepasa El camino a casa en un film emotivo y sutil. Y repasa Hero.

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  2. No, "El camino a casa" es insuperable.
    También lo son "Vivir" y "Ni uno menos", y especialmente "La linterna Roja", "Semilla de crisantemo" y "Sorgo rojo".
    Todas ellas obras maestras inapelables. Pero todas ellas anteriores al año 2000.
    Está claro que Zhang Yimou ha perdido con los años, y esta "Amor bajo el espino blanco" no es sino la prueba.

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  3. no pienso repasar Hero porque la tengo bien fresca y me parece una gilipollez como la copa de un pino. Y que sea o no el estilo de Yimou (habría que ver eso de los haikus, yo no tengo esa sensación pero cierto es que me faltan algunas por ver aún de él).

    Sobre el amor... si no hay nada nuevo es que hay clichés, ergo me das la razón, no?

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