Crítica de Headhunters

Los escandinavos atacan de nuevo.
A mí no me importa ser odiado, la verdad, siempre que me lo merezca. Y está claro que el club del que formo parte, la raza humana, nos lo merecemos. De verdad; sin ganas de filosofar, somos lo peor. A este maltrecho planeta le hemos traído desgracias, lo hemos sembrado de guerras, nos lo hemos fumado a base de mezquindad, intolerancia y egoísmo. Esto es así. Y no es un canto a la bonhomía, es todo lo contrario: estamos condenados y cuando nos vayamos todos a lo doomsday a criar malvas seré el primero en aceptarlo y resignarme.
Porque siempre ha habido alguien que ha dado el toque de atención, que ha puesto las cartas sobre la mesa y ha decidido que aunque el hombre no nace en la maldad sí se tuerce en ocasiones hacia ella. Que, pagaremos justos por pecadores, hay algunos que se rinden a la mezquindad, a los bajos instintos y a la negrura espiritual generalizada. Y como digo siempre hay alguien ahí que nos lo recuerde. La última tendencia: que sean los escandinavos quienes lo hagan.

Las ficciones recientes (por lo menos las que trascienden) llegadas de Suecia, de Noruega, de Dinamarca, basan su razón de ser en una violentación profunda de sus estructuras sociales, tradicionalmente ordenadas y rigurosas, de territorios tradicionalmente entendidos como cuna del bienestar moderno. En este contexto, Larsson convierte su saga Millennium en un bestseller elefantiásico que hasta compran los americanos para su propia industria. Karin Fossum y Henning Mankell revitalizan a sus respectivos inspectores. Y Jo Nesbø se perfila -aun llevar quince años activo- como uno de los nombres con más esperanzas comerciales de cara a las próximas temporadas hablando de mezquindades, de bajos instintos y de avariciosos despiadados.

Es a él a quien se atribuye el punto de partida literario de esta Headhunters, nuevo exitazo del cine noruego, que, sin embargo, deja claro desde su minuto uno que quiere expandir cualquier posible localismo hacia un alcance más global. Y no es sólo que cuente entre sus filas interpretativas con las participación del cebo Nikolaj Coster-Waldau (ahora en Juego de tronos), es que toda su estructura narrativa tiene fugas hacia un cine que nos resulta más familiar. Lo cual traza un curioso esqueleto dramático y, al mismo tiempo, representa su principal tara. Porque Headhunters es una de esas películas que no se sienten demasiado cómodas consigo mismas, y que parecen en un determinado punto querer esquivar el tono en que deberían inscribirse. Me explico: la película empieza de un modo, vira hacia algo totalmente distinto con su segundo acto y concluye en un epílogo demasiado temeroso de rematar la faena y que vuelve a retomar la senda del principio.


Más concretamente, el espectador curtido, el más sediento de veneno narrativo experimentará un saludable incremento de la atención, tensión e interés cuando lo que parece un relato de caraduras y crápulas (un pseudo ricachón que roba obras de arte ve la oportunidad de consagrarse con la aparición de un hombre que posee un cuadro de altísimo valor) vira hacia algo más oscuro. Hacia un neonoir inclemente, duro y salvaje que arroja agriadísimas miradas sobre la condición humana. Es en este robusto bloque, casi la totalidad de la película, donde las cosas se ponen realmente interesantes. Donde el realizador Morten Tyldum inscribe su relato en una tradición de drama criminal y aproxima la historia hacia un terreno donde se tropiezan de conspiraciones, trampas, engaños y demás hijoputeces. El suspense empieza a apretar, la ambigüedad moral de los personajes va erosionando al espectador, los destinos se van tintando de negro insondable. Y poco a poco, la narración se crispa, se vuelve salvaje y abraza los principios desde los que partían, por ejemplo, los Coen de Sangre fácil: una serie B no exenta de hipérboles, golpes efectistas, recursos un tanto artificiosos y giros pulp.

Se trata de construir una trama que va reptando y agarrando a los personajes por los tobillos, y con ellos, al espectador; una narración que progresivamente va buscando los vacíos donde cabría la esperanza y los va rellenando de pesimismo, contaminando algunos de los estamentos sociales básicos: la seguridad laboral y la tranquilidad afectiva. A este respecto, Headhunters va lanzando sus tentáculos hacia otros terrenos del alma humana e incluso termina funcionando también como visión de la incomprensión conyugal y como puesta a prueba del amor de un matrimonio.

El director, afortunadamente, logra estar a la altura gran parte del metraje. Durante todo este segundo acto sabe hablar alto y sin que le tiemble la voz, planificando con pulso y seguridad y creando una atmósfera opresiva basada en una puesta en escena limpia y precisa que poco a poco va contaminándose y cayendo presa de la oscuridad. Cierto, aún no acusa de una gran personalidad, y sus planteamientos tonales se encuentran aún un tanto supeditados a los norteamericanos (y seriamente perjudicados en la comparación con David Fincher). Pero su convicción y su rigor garantizan un desarrollo seguro, excitante y atractivo.


Pero cuidado, ahí está ese epílogo que lo empaña todo. Aun sin perder sentido argumental, el enfoque dramático se tuerce. Tyldum parece acoquinarse ante la magnitud de su tragedia, o quizá se da cuenta de que al fin y al cabo esto tiene que atraer para sí al mayor número de espectadores, y todo vuelve a como era en un principio: una especie de thriller muy ligero y descaradamente deudor del Steven Soderbergh más festivo, el de la trilogía de Ocean. Un juego intrascendente que ha tenido sus momentos de vértigo pero que al fin y al cabo está al servicio de un espectáculo un tanto inane. Que demuestra que, al fin y al cabo, todos los saltos de trapecio de Tyldum eran con red.

Y al final Headhunters deja un regusto suave y ligero, como habiendo terminado una copiosa cena de arenques en salazón con un chupito de sorbete de mandarina. Y no se trataba de eso, demonios. Se trataba de que los noruegos nos dieran el toque de atención otra vez, nos pusieran nuestras miserias ante los ojos y nos abofetearan con cara de torturador del PST mientras nos impedían cerrar los ojos como al Alex de La naranja mecánica.

Buena película donde podría haber sido muy grande.

7/10

Por Xavi Roldan

Y en el Blu-ray...

Cameo, en su mes de gloria, edita esta notable película en DVD y BD, en una edición totalmente huérfana de extras (salvo el trailer y las obligadas fichas técnica y artística). Toca por tanto disfrutar de la cinta en sí, que en alta definición raya a un nivel más que sobrado. Cierto es que la presencia de grano en ocasiones es demasiado evidente, pero por lo demás, el nivel de detalle es poco menos que apabullante, lo cual se antoja necesario para una película de tan marcado estilo visual. Hemos probado su sonido en V.O., castellano (DTS-HD 5.1) y catalán (DTS-HD 5.1), y en los tres casos se puede hablar de excelencia, por lo que en definitiva, si lo que se quiere es ir más allá de la película en sí mal, pero si se pretende volver a disfrutar de ella, la ocasión viene que ni pintada.

4 comentarios:

  1. Buena crítica, teniendo en cuenta que la película podría haber sido la revelación del año... y se queda un "está bien" y "gusta".

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  2. Bueno, vete tú a saber. Igual la suerte le sonríe y se convierte en un sleeper gracias al boca-oreja.
    Si fuera así, aunque ya digo que no me parece perfecta, me alegraría mucho por ella...

    Saludos y gracias por comentar, Antonio!

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  3. Ciertamente no tiene desperdicio y los continuos giros de la trama mantienen el interés hasta el final.
    El protagonista es una autentica rata, en todos los sentidos, con un instinto de supervivencia fuera de cualquier duda.
    En esta ocasión puedo ser medio punto mas generoso que el titular de la critica, el entretimiento lo justifica y, ademas la vi en VOS :P

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  4. JUAS ¿es que hay alguna otra manera?

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