Crítica de Keyhole

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Parece un bonito criterio para valorar una obra el considerar su capacidad de suscitar en la consciencia del espectador símbolos, sensaciones e ideas paralelas. No soy semiólogo, y por supuesto no tengo nada de teórico del análisis fílmico, pero mi experiencia así me lo sugiere. Que una buena obra es aquella que ofrece la suficiente profundidad conceptual y formal como para que el receptor se zambulla de cabeza y juegue a buscar los tesoros enterrados en la arena del fondo, sea con la precisión de una criatura marina, sea palmeando a tientas y levantando nubes de barro submarino.
Si es así, hay que alegrarse por la llegada de cada nueva referencia de Guy Maddin, canadiense que es en sí mismo una persona-estado dentro de la geografía cinematográfica. Y al mismo tiempo un compendio de mil y una referencias previas basadas en su propia condición de cinéfilo (y, leídas algunas entrevistas, cinéfago). De modo que uno puede entrar virgen en su territorio, saludar y sentarse a ver qué se le ofrece. O puede conocer previamente todo lo que cuelga de las ramas que crecen del gigantesco cerebro de este señor y picotear de donde quiera: el universo de Guy Maddin ofrece placeres indescriptibles, comida para la cabeza y para el alma, cantidades equivalentes de intelectualidad y hedonismo. Las películas de Guy Maddin se ven, se sienten y se vibran de una extraña manera, entre lo familiar y lo radicalmente novedoso.


Y quien venga con la lección estudiada de casa sabrá qué se va a encontrar en esos parajes: una carrera que siempre ha bebido del cine mudo, que lo ha explotado, homenajeado, profanado, que ha tergiversado o trasladado sus códigos hacia una modernidad con la coartada de la vanguardia artística. Curioso: para ser más contemporáneo que nadie, Maddin emula los pasos más primigenios del arte fílmico. Y más curioso aún, el realizador ha ido virando su discurso hacia nuevos terrenos en algo así como una reescritura de la evolución del cine: ha visitado expresionismo e impresionismo (Arcangel, Careful), ha jugado a ser soviético (en el corto The Heart of the World), ha ofrecido parábolas del género (Dracula: Pages from a Virgin's Diary), ha saludado el kitsch para ofrecer una visión operística del Romanticismo (Twilight of the Ice Nymphs), ha utilizado su cine como herramienta de llamada ideológica (The Saddest Music in the World), ha coqueteado con la autobiografía y el documental (My Winnipeg). Y paso a paso ha ido aportando nuevas maneras de redimensionar su discurso, que a la postre ha resultado propio, único, intransferible.


Por eso no sorprende el movimiento Keyhole, que principalmente se articula a partir del encuentro imposible entre dos tendencias. Una afín al fantástico europeo del primer cuarto del siglo XX (el Vampyr de Dreyer, La caída de la casa Usher de Epstein, La carreta fantasma de Sjöström) y la otra respecto al cine de gángsters norteamericano de los años 30. Nuevos terrenos que horadar con nuevas técnicas expresivas como herramienta: por primera vez se prescinde del 16mm. y el resultado es un film digital, rodado con una 5D, y que arroja nuevas luces y sombras (en realidad, literalmente) sobre el discurso del realizador: ya no se trata de emular los procesos creativos de antaño tanto como de utilizar la tecnología para alcanzar sus resultados. Que son, eso sí, similares a los de siempre: un relato tenebrista, con espíritu de film maudit y vocación de obra única; recorrido por una extraña melancolía medular que se impone con facilidad al continente, radical y hermético.

Keyhole se presenta así como una especie de parábola (más bien un relato paralelo) sobre La Odisea en clave negra que reúne la iconografía, personajes, y algunas lineas de diálogo del cine criminal para usarlos como excusa de una historia mucho más insólita, la de un gángster llamado Ulises que retorna a la casa donde se reúne todo su entorno afectivo más inmediato. Sus secuaces, su mujer, con su suegro, su hijo. Un escenario que servirá como punto intermedio entre realidades, como limbo entre distintos planos de la percepción: la vida y la muerte; el sueño y la vigilia. Planos de la realidad opouestos pero suturados entre sí que articulan a su vez distintas tendencias expresivas y formales.


Y es que Keyhole no deja de ser, como todo el cine de Maddin, un producto radicalmente formalista basado en el pastiche con sentido. Un recipiente donde se mezclan ideas, tendencias y teorías. Un melting pot que acoge, en este caso, expresionismo alemán, constructivismo ruso y cine clásico norteamericano. Que se significa mediante su propio trabajo visual a través de su fotografía hiperexpresiva, su planificación a menudo aberrante, su iconografía límite y su uso de trucos rudimentarios o sofisticados, desde transparencias hasta superposiciones de planos, voces en off, y músicas obsesivas para una sucesión de momentos elegantes y sobrios o de arranques estridentes y escandalosos. Es, de nuevo, la imperfección como modus operandi, la consagración de la autoconsciencia a través de los fallos de raccord y los saltos a la torera del eje de cámara.

Un rico arsenal expresivo que contribuye a dar forma a una atmósfera compleja para un tono onírico y decadente. De formas sensoriales y narrativa esquiva, inquietante y translúcida, que se articula sobre el sueño y la memoria mediante su poderosa capacidad alegórica. Al fin y al cabo, Keyhole trata sobre el recuerdo y está trufado de fantasmagorías y pasados que vuelven al presente, a veces físicamente, resultando en una nueva de las habituales sesiones de espiritismo del realizador, cada vez más adulteradas, donde rescata justo eso, los estilemas del cine perdido. Unos esquemas narrativos y formales que permanecen en la memoria colectiva y, parece ser, especialmente en la suya, donde, como decíamos, terminan mezclándose con la experiencia personal.


Y por ahí pasan no sólo las influencias comentadas, sino también, podría ser, el cine del primer Lynch, el melodrama clásico de Hollywood, la serie B (fantástica y negra), las vanguardias europeas y el surrealismo del primer Buñuel, el artificio de cierta producción de Fassbinder; o incluso influencias paralelas al mundo del cine, literarias (el teatro de Ibsen, la obra de Kafka, con la adaptación de Welles de El proceso como posible nexo de unión) o puramente iconográficas (la épica romántica que ha acompañado siempre a la figura de Nikola Tesla).

Todo un juego de guiños y autorreferencias, especialmente esto último, que conforman, resumiendo, una película tremendamente esteticista y epatante, abiertamente artificiosa y teatral, y que puede invitar, claro que sí, a consideraciones apresuradas. Desde luego, a nadie que se acerque por primera vez al universo Maddin a través de Keyhole se le puede reprochar que se le atragante su idiosincrasia aparentemente manierista. Nadie tiene por qué conocer todo lo que pueda esconderse tras la película, nadie tiene por qué entenderla, nadie tiene por qué compartir su visión de la expresión cinematográfica.

Pero desde luego, no será culpa del producto. Y es que la más reciente creación de Guy Maddin es una nueva muestra de la apabullante habilidad del realizador para acoger en su regazo a cualquiera que pueda querer expandir, aun sin saber hacia dónde, sus consideraciones sobre el arte cinematográfico y la experiencia fílmica.

8/10

Por Xavi Roldan

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