Crítica de Pollo con ciruelas

Crítica de Pollo con ciruelas
Después de ganarse al espectador de medio mundo con la adaptación de las viñetas de Persépolis (amén de estar en las rectas finales de todos los premios cinematográficos habidos y por haber), Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud se pasan a la carne y el hueso para su segundo proyecto en forma de largometraje, este Pollo con ciruelas que también adapta viñetas y que (alegría) gira en torno a la figura del siempre acertado Mathieu Amalric. El que a día de hoy podría colocarse sin problemas entre los mejores intérpretes del país vecino se convierte en un apesadumbrado hombre de familia que, al no conseguir encontrar un violín que suene tan bien como el que tuvo hasta que se le rompió, decide encerrarse en una habitación de su casa y esperar la llegada de la muerte. Luego, claro, se descubre una vida llena de altibajos: de viajes, de aventuras, de amores y de desamores, sobre todo de desamores. En definitiva, mal irá quien se deje engatusar por la alegría con la que se presenta todo ello, colorismo y voces en off tipo cuento de hadas a la cabeza. El plato que se nos propone es mucho más amargo de lo que parece.

Ciertamente, tan neta contraposición entre alegría y tristeza puede calificarse de arriesgada (aunque, vale, tampoco es que sea la primera vez que la vemos); de hecho, seguramente sea este uno de los mayores males de que adolece el film de Satrapi y Paronnaud, y es que es tan chocante su bipolaridad, que salvo en puntuales ocasiones (los minutos finales y poco más en verdad), no consigue ni de lejos transmitir la intensidad de los sentimientos que saca a colación. Aunque en realidad, quizás se deba escarbar un poco más para descubrir el verdadero origen del problema. Si en otras ocasiones tragedia y comedia han ido cogidas de la mano como si tal cosa, y si aquí desde luego el error no parece provenir de su argumento ni de una dilación excesiva de su metraje (excluyendo títulos, no llega ni a los 90 minutos)... Sólo queda una. Su barroca, hiperrecargada y pasada de rosca puesta en escena.

Crítica de Pollo con ciruelas

No cabe duda de que Amélie ha hecho más mal que bien a la industria gala, y Pollo con ciruelas no es sino la última víctima de ese afán por desmarcarse a base de montajes sacados de madre, efectos especiales serpenteando por doquier, decorados y paisajes alterados, referencias burdas y ecléctico desarrollo en general, ora frenético y grandilocuente, ora minimalista y pedante. El resultado es una cinta renqueante que se sigue con apatía casi total. Una hipérbole de la realidad con la que el interés viene y va, y en la que una fórmula repetida hasta la saciedad arriesga con sacar de quicio al enésimo fundido a negro.

Al final, Pollo con ciruelas una película tan forzada como esforzada, interesante tan sólo a medias, gracias al envite natural que por mucho que se ponga a prueba, acaba prevaleciendo por los pelos. Por supuesto, al espectador más cool e iconoclasta le apasionará y la defenderá a capa y espada (como pasa con Amélie), pero el resto es probable que se quede con la amarga sensación de no haber sabido (o querido) transmitir las estimulantes emociones que en principio había sobre la mesa. Lástima, malditas modas de chicha y nabo.
5,5/10
Por Carlos Giacomelli

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