Crítica de Rock of Ages (La era del Rock)

crítica de rock of ages
Puesto que ninguno de los implicados en este aparato parece dispuesto a contarnos qué es y qué no es Rock of Ages, casi vamos a hacerlo nosotros. Empezando por lo segundo: Rock of Ages no es un homenaje al rock duro de los ochenta. Oh, sí, hay tíos postglam con melenas de wookie víctimas de la exposición a la laca, muñequeras de tres palmos y solos de guitarra que suenan como un canario. Y también jitazos planetarios de esos que forzaban en su momento el compulsivo air guitar amenizado con un "espera, nena, en seguida nos vamos al catre, primero déjame oír este riff". Pero todo eso es pura fachada, una máscara. Porque si este mundo fuera como aquel que proponía Ricky Gervais y la gente fuera a caraperro con la verdad, ahora mismo nos vendría un señor de Warner y nos diría "hola, voy a venderos una nueva chorrada musical adolescente que aunque parece una reivindicación del sudor y la litrona con estrellazas de por medio no pasa de nuevo intento de reventar taquillas con la fórmula pre-ortodóncica del Disney Channel".


Así que nosotros ya hemos cumplido y hemos ejercido nuestro deber de servicio social. Esto es lo que es la película y jódanse con ella como prefieran. Nosotros lo hemos hecho en calidad de "terriblemente". Pero habrá quien aún conserve chisporroteos en las retinas y tenga purpurina impregnándole los sabañones. Y ese alguien dirá que es que esto hay que entenderlo desde la óptica del musical de Broadway, que al fin y al cabo es esa su procedencia original. En la avenida neoyorkina cada vez que se diga esta frase fenecerá un director de escena a lo Joe Gideon, pero en el resto del mundo habrá gente que se ilusionará esgrimiendo ese argumento para verle las ingles a Tom Cruise.

Aunque no es nuestro caso. Esta historia de muchacha tierna mudándose de su particular culo del mundo yokel a la beyoncéknowlesiana L.A. con una hirsuta pelambrera rubia pantene en la cabeza y una maleta llena de discos en la mano la hemos visto ya demasiadas veces. Y ni aunque esos discos sean de Judas Priest, Van Halen y Extreme (que por cierto a mí más fu que fa) la historia es la misma. Chica, chico, carantoñas, moñeces, excusa idiota para la ruptura, final feliz. Canciones obvias, estrellas pasadas de rosca, perros viejos regentando baretos, pérfidos representantes musicales. Lo de siempre y, eso es lo que debería cabrear a todo el mundo, como siempre.



Porque ya ni como comentario autoparódico (si es que el buen señor Adam Shankman tuviera esa noble intención) nos pueden encasquetar semejante catálogo de chistes memos, topicazos, argumentos sobados, personajes arquetípicos. Oh, que sí, que Cruise queda bien de Ozzy Osbourne guapo, que Giamatti es un señor actor aunque recite el listín, que Catherine Zeta-Jones arroja un par de momentos chichudos y chascarrillosos hacia el sector marujil neocon, que Bryan Cranston es Bryan Cranston... Pero es que en el mejor de los casos todos ellos se encuentran desubicados, descolocados: el ejemplo perfecto es Alec Baldwin, que se revela como un superdotado lanzando continuos SOS subrepticios a cámara con la mirada. Nada de todo ello, petendido puntal serio de la película, funciona ante el ramalazo High School Musical de su gorjeante parejita teenager protagonista, en pleno performing de book personal para opositar de cara a la próxima temporada de Glee de la que Shankman, por cierto, es semiculpable.

Porque eso es lo que es esto. Un guión soplapollas sosteniendo un espectáculo sexualmente estéril, visualmente timorato. La realización de Shankman (por otro lado ya curtido como coreógrafo y director de musicales) es rutinaria, sosa, sin garra. No hay capacidad sugestiva ni simbólica; la puesta en escena es funcional, excesivamente diáfana. Y, claro, totalmente impoluta, profesionalizada y domesticada. A alguien se le olvidó que el rock, eso que la película vende con tanta insistencia, fue en esencia actitud y desmelene, salvajismo y atrocidad, fiesta y trasnoche. Y casi ofende imaginar cómo en los descansos los actores involucrados en este pifostio debieron, probablemente capitaneados por el díscolo Russell Brand, fumarse todo lo que no se fuma en pantalla; esnifarse todo lo que en plano no se esnifa porque parece vetado por una voluntad ética superior. Aquí el salvajismo huele a antiséptico.




Así que ya se puede uno imaginar. Esto es de catálogo. Son camisetas negras con calavera y serpiente compradas en Zara. Es el rock de los ochenta como moda, como excusa estética de temporada; el rescate nostálgico oportunista de un montón de historias que, por otro lado, ya no eran muy rescatables (¿Journey? ¿Poison? ¿¿Bon Jovi?? por amor de Dios). Y es que sin autoparodia uno no se puede plantear revisitar ninguna de aquellas insufribles monster ballads, ni puede proferir a grito pelado cosas del tipo rock and roll will never die! ni hablar de lo auténtico que se es. Porque difícilmente puede llegarse a algo serio y duradero despreciando el legado mesozoico de gigantes del cinerock como This Is Spinal Tap y encomendándose en cambio al fantasma con chequera de los musicales recientes en la cuerda de Mamma Mia! o Burlesque.

Pero en fin, habrá por ahí un 90% de público adolescente y un 10% de viejos rockeros con un sentido del orgullo algo atrofiado que probablemente traguen. Supongo que Rock of Ages considerará cumplida su misión para con los primeros y verá a los segundos como una curiosidad exótica, y luego ya a ver qué se nos ocurre para la temporada que viene.

Pero el resto del mundo ni debería prestar atención al asunto y el sector crítico tendrá que cerrar sus correspondientes crónicas para la ocasión con un lapidario, solemne y grandilocuente epíteto cargado de autosuficiencia.

Infumable.


3/10


Por Xavi Roldan


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