Yes We Can: 13 Películas Clave del Fantaterror Español XII- EL CEBO (Ladislao Vajda, 1958)

Obras más exuberantes habrán, películas más llamativas se podrán encontrar, pero pocos hitos como El cebo (quizá también La torre de los siete jorobados) dotan de mayor dignidad y profundidad y pueden erigirse como piedras de toque de la filmografía fantástica española. Porque pocas obras aguantan el envite del tiempo a base de precisión, de sobriedad, de puntería dramática como lo hace la obra maestra de Ladislao Vajda que llevaba en guante de seda una mano de hierro y que lograba, desde el seno de lo moralmente aceptable, un retrato seco y duro de una sociedad perfectamente extrapolable a la española.

Y es que si bien El cebo se rodó en alemán, a partir de la novela del suizo Friedrich Dürrenmatt(1), en tierras suizas y en régimen de coproducción alemana-suizo-española, el húngaro nacionalizado a español Ladislao Vajda puede considerarse como un realizador prácticamente asentado en la industria ibérica. Más concretamente en un sistema de régimen dictatorial que dio cobijo a sus más populares obras (hasta aquel momento, Marcelino, pan y vino, Mi tío Jacinto o un Ángel pasó por Brooklyn) y vio como un pequeño triunfo la apropiación de esta El cebo.

Sin embargo el cretinismo cultural de semejante sistema quizá no llegó a dilucidar lo que se cocía tras un relato aparentemente tan de género. El cebo sigue la investigación policial de un inspector en las inmediaciones de Zurich que pretende poner fin a la andadura criminal de un asesino de niñas en los bosques del cantón Grisones. Pero encierra, tras directrices genéricas tan marcadas, todo un retrato sobre la negrura social de un sistema podrido. De modo que la película pone sobre la mesa, aun bajo el tapete, temas de trascendencia social tan cotidianos como, en el fondo ignífugos: la necesidad de encontrar culpables para expiar los problemas sociales, convertir al más débil en chivo expiatorio y saldar las deudas de la consciencia global, que no es sino una operación de barrido de la mugre hacia debajo de la alfombra. O la caza de brujas precipitada y presuntuosa, caciquista y sin sentido moral y humano.


Así, la película de Vajda se convertía en una suerte de psicothriller con planteamientos atrevidos, como en los que terminaría profundizando Hitchcock, con puntos candentes, como el planteamiento de la pederastia y otros conflictos de índole sexual y con un trasfondo tan turbulento como uno pudiera querer interpretar. Pero a la vez desde un punto de vista formal sobrio, elegante y contenido, mediante una  puesta en escena rigurosa, perfecta en su mesura y su temple aun no renunciar a ciertas concesiones atmosféricas. No en vano, uno puede rastrear en El cebo trazas del expresionismo de una película como M: el vampiro de Düssledorf con la que además comparte algunos puntos temáticos clave y con la que podría constituir un irresistible díptico.

Y es que si algo sorprende hoy día de El cebo es su innegable poder de absorción hacia unos planteamientos arrebatadores y, eso es lo interesante, mediante una capacidad narrativa incontestable, basada en la claridad expositiva, la concisión y una fluidísima sencillez. Lo que permite a Vajda construir, más que un retrato social, una crónica negra o un aparato comercial policíaco, un auténtico cuento de terror macabro infantil (como fue quizá La noche del cazador) de resonancias místicas. En este sentido, la película está llena de escapes hacia lugares más etéreos, más fantasmagóricos; más propios del fantastique, a donde accede de refilón, sin despegarse de la trama negra: ahí están el asesino descrito por las niñas como un gigante que les ofrece chocolate; la idea del erizo como símbolo de extrañeza; el bosque como escenario de sucesos macabros; o la inclusión de las muñecas como objeto de fuerte carga iconográfica y simbólica.


Y al mismo tiempo funciona hacia el otro lado, hacia la descripción de algo tan adulto como el deber tornado en obsesión. La de un policía monomaníaco empeñado en negar pista a pista el pesimismo de una sociedad sin futuro (sin niños) cazando a su némesis (un ser trastornado que se rige por su impulso primario) y que no dudará en llegar a medidas reprochables para asegurar un fin mayor.
Una obra, en fin, que por su elegancia y precisión resulta intemporal y por su intemporalidad permanece aún intacta en capacidad de seducción, turbación y magnetismo.

Impecable e inmarchitable.

Por Xavi Roldan

                                                            
(1) Una novela que, por otro lado, conoció una versión norteamericana dirigida por Sean Penn y que protagonizó Jack Nicholson en 2001, aquella también estimable El juramento


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