Crítica de Antiviral

A Brandon Cronenberg se le cortocircuitan los bioimplantes cerebrales cada vez que alguien menciona a un radio inferior a cincuenta metros el nombre de su padre David. A menudo, poco menos que salta a la yugular. Pero a decir verdad el chico se lo pone difícil a periodistas imprudentes, asaltantes ocasionales y a todo el que se acerque más casualmente o menos a disfrutar de su debut en el largometraje. Una Antiviral que bebe de las mismas fuentes de las que bebía el autor de Videodrome allá por mediados de los ochenta. Y cansa repetir un poco lo mismo, pero es lo que hay: nueva carne, intervenciones quirúrgicas, la corruptibilidad del cuerpo humano, la caída de las sociedades de consumo.
A saber. La historia de la que parte Brandon Cronenberg es la de un tipo que se dedica, atención, a la venta de enfermedades de famosos. Uno acude a su clínica y puede contagiarse del herpes del actor más deseado, la gripe de la celebitch de moda o, qué sé yo, la sífilis de la modelo más hot.


Naturalmente el mercado negro está a reventar, por lo que el joven es el primero en traficar con virus; y la cosa toma tintes trágicos en el momento en que él mismo se obsesiona con una celeb y se inyecta de su enfermedad destructiva. Disculpad que haya lanzado el argumento tan a caraperro y disculpad también la siguiente calificación para el mismo: Tela.


Porque ya decíamos, Brandon toma la senda de David y se inscribe en ese mundo asfixiante y opresivo en el que el mayor de los dos siempre ha parecido desenvolverse como pez en el agua. O suero. O lo que sea, porque aquí hay mucho fluído -humano, por supuesto-, y especialmente mucho tejido. Si hay una película especialmente fisiológica esta temporada, si algo puede adscribirse de alguna u otra manera al terror quirúrgico, eso es Antiviral. Su puesta en escena impoluta, blanquísima, muy luminosa -fotografía casi abrasiva- apela a los ambientes hospitalarios y busca el choque temático directo. Su música malrrollera sugiere encuentro orgánico y mecánico. Esto es, en fin, una especie de futuro distópico, sospechosamente próximo, que se antoja desviado hacia algo como el clinic chic. Se han perdido los horizontes, se impone el blanco nuclear, la esterilización y la profilaxis como máscaras para la podredumbre moral y la crisis de valores.

Y de eso hay mucho por aquí. La película es muchas cosas -un thriller, un drama psicológico, un cuento de horror-, pero antes que nada es una crítica frontal y despojada de sutilezas hacia una sociedad hipermediatizada y centrada en la pura imagen. Un comentario crítico, ácido y muy bruto al porno de la celebridad. Los famosos ya son los nuevos dioses y los mortales bailan a su son televisivo. Finalmente, y de manera literal, el hombre ha quedado hecho a imagen y semejanza de sus deidades. Y sus profetas son las farmacéuticas, auténticas intermediarias -si no responsables- del proceso de total deshumanización de la sociedad en pos de sus ideales superficiales más inalcanzables. Para Cronenberg, la industria sólo sirve como escenario decadente de conspiraciones e intrigas empresariales. Y, por supuesto, termina absorviendo a la persona.


Nada de todo esto pinta demasiado bien, claro. Antiviral es una película muy física, interesada en captar las texturas de los tejidos mediante el macro y los contrastes de estas con la materia puramente inorgánica. Lo que convierte a la película en una experiencia tan aparentemente fría y calculada como a la práctica enfermiza, obsesiva y claustrofóbica. Que pone contra las cuerdas al espectador primero de manera sutil, poco a poco apretando las tuercas mediante planos tan agresivos como dolorosamente elegantes (infinidad de intravenosas pasan por estos fotogramas, ojo los aprensivos con las agujas) para finalmente llevar el relato al terreno de la escatología. El nivel filosófico irremediablemente aumenta, las tesis parecen hermetizarse en sí mismas y poco a poco se va definiendo el propósito del realizador, aunque a ratos la intención ética y formal sea un tanto burda por excesivamente evidente y puedan surgir en el espectador momentos de sospecha. ¿No es demasiado principiante este hombre como para profundizar en cuestiones de semejante calibre?
Pero, aunque está claro que de su padre le falta aún la experiencia, la intuición directa e -insisto, de momento- sus cantidades sobrehumanas de puro talento, nadie puede poner en duda que el chico sabe lo que quiere, cómo lo quiere y que pocos van a darle al espectador momentos de cine, para lo bueno y para lo malo, como los que él ofrece.

Brandon Cronenberg y su incipiente carrera. Si esto es la cepa original, asusta pensar cómo pueden ser las subsiguientes mutaciones del virus.

7/10

Por Xavi Roldan


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