Crítica de The Bay

Sitges 2012 - Crítica de The Bay
Pues al final va a ser cierto que el género del found footage, del que ya hemos discutido por aquí en más de una ocasión su validez, va a estar agotado. Es más, probablemente se agotara desde el mismo momento en que estallara a nivel comercial: con El proyecto de la bruja de Blair se alcanzaron unas cotas de calidad y terror que nunca jamás se han vuelto a percibir. Lo cual tiene su gracia, porque no es que no hayan salido películas técnicamente mejores, o con más y mejores sustos. Pero nada hay que nos sorprenda como lo hiciera entonces una cámara al hombro y algo de terror autosugestionado. Porque nada hay que busque darle la suficiente novedad al género (más allá de una traslación de su argumento a una casa encantada o una bahía contaminada) y por tanto, por mucho que cinematográficamente sean mejores, todas las que han venido después han sonado a “ya lo he visto”. Hay honrosas excepciones, claro. Ahí está Chronicle. Pero por desgracia, The Bay se va de cabeza al primer grupo. Al de esas películas que son mejores pero demasiado iguales como para que se les note. Lo cual quiere decir dos cosas: que después de una racha de exploits nefastos, que salga un found footage que no sea para arrancarse los ojos a cucharadas ya es un premio. Y que con un director de renombre como es Barrry Levinson, uno esperaba encontrarse con esa revolución ansiada que sigue sin dar señales de vida.

La cosa, pues, se limita al enésimo material encontrado y jamás visto con anterioridad al tenerlo la policía, el FBI o lo que toque. En este caso, hace referencia a las grabaciones realizadas durante las celebraciones del 4 de julio del 2009 en un pueblo costero, que se ve salvajemente atacado por unas bacterias de lo más mortíferas, venidas del mar. Se adentran en tu organismo y te devoran por dentro, creciendo muy rápidamente y provocándote una muerte segura. Premisa interesante que gana enteros al tratarse desde un realismo no tan habitual en el género como debería por la naturaleza de su formato. Intercalando escenas de noticias, entrevistas a profesionales, y fragmentos de varias cámaras correspondientes a otros tantos centros de atención, Levinson consigue darle a The Bay un rigor formal e informativo tal como para hacer del suyo uno de los mejores ejemplos de cómo debe hacerse una no-película. Hasta el punto de que apenas se molesta en seleccionar a uno o dos personajes principales sobre los que apoyar el drama artificial de turno, por mucho que alguno de los más recurrentes (una niña de unos 10 años) pudiera dar pie a muchas (y grandes) cosas.

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En todo caso, este “documental” se antoja riguroso, compacto y consecuente en todo momento. Y consigue hacerse moderadamente trepidante gracias a la voz en off de una testigo, hábilmente introducida sin romper ninguna regla del formato, así como por su constante lanzamiento de información. The Bay no espera al clímax para empezar a sacar chicha, sino que desde los primeros instantes, ya está demostrando lo que puede ocurrir al ser infectado por las bacterias; y ojo, que algunas de sus escenas de pánico de masas acabando dando miedo por ser especialmente realistas y maquillar el truco con atino. Como ocurre, de hecho, con los efectos especiales: la mayoría de apariciones digitales de los bichitos rayan a un nivel excelente, y su fusión con lo físico no canta en absoluto en pantalla grande.

El problema, en realidad, es doble. Pero el más importante es el que decíamos al principio: que la propuesta de Levison no innova en nada. Todo, tanto recursos formales como argumentales; tanto estructura del film como montaje poliédrico; tanto sustos como momentos dramáticos. Todo en The Bay lo hemos visto recientemente en infinidad de ocasiones, con mayor o menor suerte. Todo es repetido, y por tanto, todo rebaja las cotas de aprensión para un espectador que inevitablemente acaba sumido en la apatía. Y que tampoco puede aferrarse a otros clavos ardientes. La segunda cara de ese problema doble es la escasez argumental con que cuenta la cinta de Levinson: desde el principio se dan cuatro brochazos sobre el posible origen de esta bacteria destructiva, y de ahí en adelante no hay investigación, no hay nuevas teorías, y si las hay no tardan en caer en saco roto. 90 minutos después siguen quedando las informaciones generales iniciales como única teoría válida, sin que nadie haya hecho nada por general, ni que sea, una duda que le plantee al espectador nuevas posibilidades. Del mismo modo, los personajes empiezan y acaban desde su primera aparición en pantalla. Ninguno se desarrolla y ninguno cuenta con algún tipo de subtrama. The Bay es, simplemente, una sucesión de imágenes sobre una catástrofe, un documental.

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Como tal, ya lo decíamos al principio, funciona y funciona bien. De haberse estrenado antes seguramente estaríamos hablando de un referente del género. Pero llega tarde, demasiado tarde, y tiene muy poca chicha que llevarse a la boca. De hecho, hasta su apuesta por la contención y el realismo acaba pasándole factura, al descartar de un plumazo toda opción a secuencias alocadas, desmedidas, para el recuerdo (y eso que produce Oren Peli, que algo debería saber a estas alturas). Es, en definitiva, como si nadie hubiera caído en que a día de hoy, si se va a estrenar un nuevo found footage, o bien se cuenta con un argumento potente, o bien se toma la decisión de salirse de madre antes o después para satisfacer, sino a todos, por lo menos a un sector de los espectadores. Carecer de uno y otra pone las cosas muy cuesta arriba...
6/10
Por Carlos Giacomelli

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