Crítica de Dracula 3D

En plata: Dario Argento tiene los huevos pelados de hacer cine malo. No vamos a escandalizarnos ahora porque le haya salido un Dracula casposo, porque este señor va de eso. A la revolución del cine de género en los 70 erigiéndose como uno de los mayores exponentes del giallo le sucedió una época irregular que ha terminado desembocando en un conjunto de títulos desastrosos. ¿Y? Veamos. Primero, este señor tiene en su haber un puñado de obras maestras (hasta Suspiria, del 76, casi todo son genialidades) y unas cuantas películas o buenas o disfrutables. Se ha ido cincelando una personalidad ultracarismática, ganándose un aura de veneración y labrándose un historial de pupilos envidiable. En otras palabras, respeto. En otras otras palabras, a hacer lo que le salga de las narices, signore Argento.
Porque ahora, en el peor de los casos, se ha convertido en un abuelo cebolleta que no se baja del burro de lo añejo y de la artesanía como forma de vida.


Así que no entiendo a qué vienen tantos berrinches y tantas manos a la cabeza entre la parroquia de aficionados casuales al género. Poco se le puede reprochar, como poco -por poner un ejemplo que nos queda a mano- debería habernos sorprendido aquel otro ejercicio de dislocación formal que respondía al título de Sherlock y Watson. Madrid Days. ¿Mala? Sí ¿Coherente? Más ¿Contracorriente? Especialmente.

Lo que pasa es que Argento se lo toma con muchísimo más cachondeo que Garci. Porque sabe que está entre colegas. Entre gente que le aplaudirá otro desmamelle inmoral de Asia, que reverenciará cualquier desbarre y que se tomará a pitorreo eso de que esta versión es más cercana a Bram Stoker. Ni de coña, claro. Erróneamente ha querido verse este Dracula 3D como una recuperación de las esencias perdidas desde la última revitalización de la moda vampírica (léase Crepúsculo); pero, vamos, desde ese punto de vista hasta los cuentos de Beatrix Potter están más cerca de Stoker. No, no; esto mira para otro lado; Stoker es el referente moral, pero la vista está fija en otros lares. Concretamente en el Dracula de Terence Fisher para la Hammer y especialmente en sus posteriores encarnaciones/degeneraciones.


Y es que si la película no fuera tan rematadamente italiana, casi podría haber entrado a formar parte del catálogo de títulos durante los últimos coleteos de la vieja Hammer, antes de su reciente reinauguración. La figura del Conde de Argento (genial Thomas Kertschmann, oíd) no está lejos de la elegancia socarrona de Christopher Lee, y la puesta en escena remite a aquellas reconstrucciones históricas de colores saturados y escenografía pomposa de cartón piedra. Al final, la verdad es que es lo de menos que el resultado final esté en realidad más cerca de Mel Brooks que de la Hammer, y más cerca de Condemor II que de Mel Brooks. El resultado es anacrónico y apolillado, pero la voluntad de su realizador va por ahí: (post)modernidad mal entendida a través de un clasicismo aún peor. Pura honestidad, en el fondo.

Y de este modo, seamos francos, nos encontramos con una producción que flaquea por todas partes. Si uno se pone cínico y apaga su glándula de la afectividad, la acumulación de errores, patilladas y estulticias que acumula esto probablemente termine por reventarle una vena de la sien. Enumeremos. La planificación es deficiente y totalmente inexpresiva: todo está solucionado mediante unos horribles planos abiertos o medios que obvian el potencial dramático del primer plano y reducen las secuencias a meras escenas teatrales. La atmósfera es inexistente, la fotografía está descuidada o es directamente fea y se ignora el uso del espacio como personaje con entidad propia. El ritmo dramático languidece sin remedio, la narración cada vez toma más peso, se mueve de manera más torpe y más lenta hasta casi morir. Los diálogos, pretenciosos, ortopédicos y arrítmicos, no logran despegarse nunca del ámbito de la parodia involuntaria. Las interpretaciones son casi inexistentes, incluyendo a un Rutger Hauer que no sabe ni dónde ha ido a parar. Los efectos especiales y el uso del 3D son deficientes o innecesarios, tanto a nivel técnico como, especialmente, estético. En general, el argumento parece saltar de una mala decisión a otra.


Pero, retomo. Quien se atreva a toserle a Argento -que no a sus películas- como autor, como creador de un cine único y, al final, universal e indestructible, saldrá escaldado. Y quien se tome esta Dracula 3D como algo muy serio, es que no ha entendido nada. Adorablemente kitsch, la película contiene varios de los elementos que cualquier fan se lanzaría a pedir sin pensárselo: sexo light, pero muy celebrable; secuencias de gore guarro, herencia del pasado giallo; monstruos gratuitos y una oda general a la filosofía del WTF. Y, pese a su endémica tendencia al tedio, la apatía y el aburrimiento, una capacidad para quedar impregnada en la memoria del espectador más dispuesto a ello.

Así que mucho cuidado con esta peli. Mucho cuidado con un señor que la dirige de esta manera, en este momento y en semejantes circunstancias. Y por supuesto, nuestro trabajo es poner de manifiesto la insuficiencia estructural, formal y conceptual de todo esto.

Pero coño, a mí la película me ha hecho sentir como un espectador de cine. Genuino, de verdad, pensante, crítico y muy autoirónico. Y eso no es algo que se pueda decir de todas las películas más buenas que esta que caen a diario en nuestras manos, cuidado.

7/10

Por Xavi Roldan


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