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Crítica de Hotel Transilvania (Hotel Transylvania)

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Hotel Transylvania
Manual para llevar a buen puerto una película de animación. 1. Crear un personaje joven, y meterlo en un vida de la que se siente un poco outsider. Hacer que necesite salir de ella, ver mundo. 2. Rodearle de personajes secundarios que intenten hacerle cambiar de opinión. 3. Introducir un personaje de fuera en esa vida a la que siente que no pertenece. 4. Colocar en algún momento de la película una mirada tipo gatito de Shrek, un chiste con pedorreta o similar como mínimo, y sobre todo, al final, una fiesta con un concierto interpretado por los protagonistas. Teniendo todo esto sobre la mesa, el espacio que queda tan sólo hay que llenarlo con el mayor número de gags que sea posible. Así, en vista de que ya se parte de un desinterés total por el argumento, por lo menos si sus gags no están especialmente inspirados, siempre pueden acabar convenciendo por pura acumulación. Más o menos es lo que ocurre con Hotel Transilvania, vulgarcilla producción animada de la Sony Pictures Animation, cuyo éxito lo marca la simpatía con la que el espectador se la tome.

Cierto es que cuenta con algunas bazas para agradar más que, pongamos, la enésima secuela del enésimo exploit. Vamos, que si hay que decantar la balanza hacia un lado, será hacia el positivo. El principal motivo pasa por ubicar su archiconocida historia en un mundo que si bien no descubre la pólvora, se antoja más atractivo de lo habitual. Un hotel en regentado por el conde Drácula, en el que coinciden el hombre invisible, el monstruo de Frankenstein, el hombre lobo o la momia. Todos ellos se convierten en un envoltorio en el que colocar un gran cúmulo de clichés, claro está, pero como mínimo despiertan el interés del espectador adulto por la serie de referentes y guiños que suponen, mientras los pequeños disfrutan con los gags que provocan sus características físicas o sus “superpoderes”. Eso por un lado. Otra gran baza para caer en gracia, lo que decíamos antes: una sucesión continua de gags y secuencias de acción que agilizan, y de qué manera, sus poco más de 90 minutos de metraje totales. Aunque en verdad, entre unos y otras sumen bien pocos momentos realmente logrados.

Hotel Transylvania

Esa es la esencia de la técnica de acoso y derribo, y menos mal, puesto que por lo demás, Hotel Transilvania no tiene absolutamente nada. Se ha cogido el primer manual de instrucciones del cine de animación automático que había sobre la mesa, y se han seguido sus pasos al pie de la letra, resultando en un preocupante escaparate de lugares comunes sin una sola idea fresca de la que poder fardar. Por lo tanto, la de Genndy Tartakovsky (antes, director de varias series de televisión animadas, como Las guerras clon) no tarda en descender a divisiones inferiores, tratando de asomar la cabeza entre edades de hielo y gatos con botas. Una mediocridad más que se consume y se olvida al instante, salvo que se vea con el doblaje castellano, en cuyo caso el licántropo con acento andaluz (sic) puede perseguir a más de uno en sus pesadillas.

Válida como entretenimiento sin más o como excusa para sacar a los retoños de casa, poco valor añadido encontrará en esta película quien acuda a las salas esperando toparse con algo más: Hotel Transilvania es una renqueante reformulación de lo que ya hemos visto una y mil veces, y además dista mucho de ser un prodigio técnico, por mucha tridimensionalidad que tenga. Y si a uno le da por compararla con, pongamos, El alucinante mundo de Norman...
5/10
Por Carlos Giacomelli

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