Crítica de Outrage

Outrage
Yakuzas enfrentados. Traiciones, trapicheos. Venganzas y violencia desmesurada. Últimamente llevamos una saturación importante en materia, pero claro, aún nos quedaba por ver al rey de reyes. Tras su paso por Sitges '10 y con una secuela (Outrage Beyond) estrenada dos años después en el mismo festival, se recupera para las carteleras españolas Outrage, nuevo acercamiento al género de las mafias niponas por parte de un Takeshi Kitano en plan magistral. Esto es, aleccionando sobre las bases por las que se rige, sino todo, buena parte del género; cuanto menos, su configuración más reciente. Restableciendo las reglas, recordando la gracia de todo ello. Y a la vez, yendo totalmente a su bola, porque al final, esto es puro Kitano, el mismo que tan pronto adapta la novela de un samurái ciego como reta a la locura entre autoparodias y suicidas discursos metatodo. El mismo Beat que lo mismo es un imperturbable capo, como un padre postizo de un niño apesadumbrado, o un despiadado torturador totalmente salido de madre. El mismo cineasta que puede fascinar a media platea como desesperar a la otra mitad.

Ya lo decimos ahora, Outrage no es del gusto de todos por ser, entre otras cosas, de lo más exigente tanto a nivel formal como argumental. Si se toma como esa lección acerca de las principales líneas del género, se entiende que busque la exageración de las mismas, lo que se traduce en una rigurosísima sobriedad mientras su entramado se va asentando. Y en un argumento que, al menos al principio, necesita de todas las neuronas en marcha, no por ser excesivamente complicado, sino por el infinito carrusel de personajes que va apareciendo y que se va alistando en esta o aquella familia yakuza. Durante buena parte de su metraje, tan sólo algunos chispazos debidamente administrados se salen de una tónica bien clara: Outrage apunta a thriller cerebral, a una historia de clanes a resolver desde la batalla verbal. Vamos, sin derramamiento de sangre ni salidas de tiesto. Ojo: apunta.

Outrage

Y es que en esos chispazos está la clave. Puntuales exabruptos hiperviolentos (atención al cúter, o a la escena del dentista) que van poniendo en alerta. Esto está a punto de torcerse. Poco a poco, de la negrura general se pasa directamente a lo enfermizo, salido de personajes que respiran un aire viciado. De una sociedad que vive en una olla a presión, asesinatos y tiroteos en la calle y a plena luz del día sin que nadie mueva un dedo. Todo eso tenía que estallar. Y cuando lo hace, Kitano se desmelena, tanto delante como detrás de las cámaras. Su personaje adquiere rápidamente la relevancia propia de un protagonista (pese a que con tantos a su alrededor, sigue siendo una presencia episódica cuanto menos) y a su alrededor va creciendo una vorágine de ajustes de cuentas de una crueldad exacerbada, mostrada con todo lujo de detalles. Ya lo decíamos: para que la lección quede clara, se tiene que insistir mucho en ella.

Ahí lo tenemos, Outrage aglutina todo lo necesario del género, y además, lo eleva a su máxima expresión. Cuando toca ponerse serio, Kitano rueda con maestría un potente drama de mafias, ramificado hasta el paroxismo y en apariencia mucho más complicado de lo que, a la postre acaba siendo. Porque cuando toca salirse de madre, se sale como el que más, tirando de violencia más que gratuita (sin por ello desvirtuar su producto hasta convertirlo en el festín gore sin más en el que acaban cayendo otros, por mantenerse siempre en una agradecida contención formal, casi gélida) por delante de argumentos reducidos hasta su mínima esencia. Y contando, en definitiva, las temáticas universales en materia: que si venganza, que si traiciones... De ahí que, en realidad, este no pueda ser un plato del gusto de todos. Habrá quienes no entren en el juego, quienes rechacen sus escenas de violencia y se aburran con sus tramos más pausados. De hecho, su miríada de personajes provoca vértigo, y para acabar de atar cabos sobre varios de ellos hay que ver también la secuela, ese Outrage Beyond que citábamos al principio y que cierra un gran arco argumental al tiempo que da pie a que la historia siga.

Outrage

Por el momento intentaremos valorar a la película por separado; desde esa perspectiva, se le reconoce cierta dispersión argumental, y algún que otro altibajo rítmico. Y dista de la redondez de la obra al completo (aseguramos que el díptico, en su totalidad, es una experiencia de cine de yakuzas total). Pero que ello no nuble nuestra vista, que estamos ante el mejor Kitano, y una de sus mejores propuestas recientes. Outrage es una locura, un vendaval tan satisfactorio como agotador. Devolviéndole la grandeza a un marco empobrecido por su exagerada explotación, merece ser vista ni que sea para recordar cómo de bien se pueden hacer las cosas, cuando hay una base sólida.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

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