Crítica de Sound of My Voice

Sitges 2012 - Crítica de Sound of My Voice
Por norma general, el espectador es quien manda; quien debe, o debería al menos, exigir. Pero hay veces en que sucede lo contrario, y es el cine quien pide. El caso de Sound of My Voice se coloca de cabeza en el segundo grupo: demanda que el espectador se predisponga a aceptar lo que va a ver. Que entre en el juego, dé un leap of faith (o más de uno). So pena de salir escaldado. En el fondo, lo mismo que sucedía con Otra Tierra, pero llevado al extremo. En ambos casos escribe y protagoniza (y produce) Brit Marling; pero si en aquella se trataba de la aparición de un nuevo planeta Tierra en el cielo -centrando después su interés en lo que significaría para los habitantes de Tierra 1 la posible existencia de sus yoes corregidos y aumentados en Tierra 2-, ahora la cosa va de sectas. Un pareja pretende infiltrarse en un grupo que le rinde culto a Maggie, venida del futuro, para rodar un documental destrangis. La idea, claro, es destapar las mentiras de la chica, que promete estar esperando el momento idóneo para llevar a sus feligreses a un lugar mejor. Pero entre el atractivo físico de ella y su labia, no tarda en resultar demasiado convincente. Hasta para el más incrédulo. Así pues, primer salto de fe: hay que asumir cuanto antes que buena parte de Sound of My Voice va a transcurrir en medio de un grupo sectario, y que va a jugar con la posibilidad de hacer dudar a los protagonistas (y por tanto, a los espectadores) sobre su verosimilitud. Si ya se rechaza esta primera toma de contacto, apaga y vámonos.


Sitges 2012 - Crítica de Sound of My Voice

Y es que antes se hacía referencia a Otra Tierra por la presencia en ambas de la Marling, pero en verdad, los derroteros de esta nueva propuesta suya se acercan más, mucho más, a K-Pax. En la de Iain Softley, Kevin Spacey entraba en un psiquiátrico afirmando ser un extraterrestre, aunque las pruebas que ofrecía para demostrarlo eran, cuanto menos, ambiguas. Aquí ocurre lo mismo con las pruebas del futuro. Sólo que, claro, ahora a quien toca convencer es a una sociedad que lo ha cuestionado todo tanto, que ahora se ha quedado sola. Será la crisis, será el miedo al fracaso, a la muerte, lo que sea; que proliferen religiones nuevas no es sino el reflejo de una sociedad solitaria y a la deriva, necesitada de nuevos ídolos que le hagan de guía cuando el racionalismo no llegue. O así. El caso es que Sound of My Voice hace de todo ello su target principal, y ofrece las dos únicas opciones posibles a la vez: aceptación o rechazo. Hábilmente, de un estado al otro pasan los dos protagonistas principales (Christopher Denham y Nicole Vicius, la pareja que pretende rodar el documental), desarrollados de manera igual pero contraria, como perfectamente podrían reaccionar los espectadores dispuestos a entrar en el juego y a posicionarse, por tanto, de un lado a otro.

Porque de ambigüedad va la cosa. Lo mismo se presenta una serie de pruebas ridículas que el clan de seguidores debe llevar a cabo para formar parte de la religión (desde un saludo de parvulario a la ingesta de lombrices vivas), que se propone algún que otro flashback sobre los orígenes de la pastora. Hay incluso un atisbo de subtrama policíaca dispuesta a sembrar todavía más dudas sobre la autenticidad o no de su palabra. Pero claro, la decisión final debe tomarla el espectador. Aunque una última carta lanzada sobre la mesa invite a tirar hacia un lado en concreto...

Sitges 2012 - Crítica de Sound of My Voice

Así las cosas, Sound of My Voice tan sólo pide que el espectador quiera entrar en su juego. De ser así, a este drama (muy) indie a medio camino entre el thriller, la ciencia ficción y lo social se le pueden achacar algunos problemas rítmicos; o bien criticarle algunas decisiones artísticas a su director, Zal Batmanglij; incluso pensar en fórmulas alternativas con las que resolver algunos pasajes de su guión. Pero se trata de males decididamente menores para una película que juega con los sentidos y las emociones del espectador, y le plantea una estimulante duda sin clara resolución para que él sea quien se saque las castañas del fuego. Una película que además trata temas que adquieren una fuerza cada vez mayor en nuestra cotidianidad. Desde luego, si no se entra en ella puede que todo suene a ridículo. Puede incluso que la escena de los vómitos genere estampidas hacia la salida de la sala. Ni caso, nosotros nos quedamos con las buenas sensaciones que sigue dejando Brit Marling, candidata a resucitar el cine de género a través de películas pequeñitas, pero plenamente satisfactorias.
7/10
Por Carlos Giacomelli

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