Crítica de Thale

Desde Noruega llega una nueva sensación en cine fantástico de pequeño formato, de vocación doméstica o de filia indie. Llámesele como quiera. Y no es que Thale no vaya a aspirar a cotas elevadas, es sólo que esto transmite un -por otro lado agradable- aroma a obra hecha con bastante más cariño que presupuesto. E incluso con una pericia técnica que supera holgadamente sus teóricas posibilidades. Sí, esta es una de esas películas.
Y no es un caso único, que en las últimas temporadas los países nórdicos -frío ambiente, sangre calentita- han ido despachando sus pequeñas piezas de -ejem- cámara fantásticas, pero no parece que aún pueda erigirse en tendencia; por lo menos no en moda dispuesta a ser exportada en masa. Así que de momento y en resumidas cuentas percibimos esto como pequeña pildorita.
Para lo bueno y para lo malo, ojo. Thale no es una película perfecta. Ni siquiera es una gran película. Es estimable, pero no inmortal.


Más que nada porque aparece un tanto ligada a sus propios referentes, encorsetada en su propio formato, de modo que le cuesta soslayar el repertorio de modismos habitual: flashbacks, secuencias crispadas que aparecen de la nada, ambiente malsano, un planteamiento de partida argumental anclado en los cuentos terroríficos populares... Pero sabe aprovechar todo ello y estirar de las posibilidades sorprendentes de una figura mitológica como es la huldra: un ser bosquimano con apariencia de mujer, rabo de res y una acentuada sed de sexo. Esto es, un hada lúbrica.


Criatura que sin embargo ha sido transmutada para la ocasión en desamparada silvestre (de nuevo, el mito del buen salvaje) víctima de no se sabe qué maquinaciones de un humano avieso. Tras los sucesos que se nos narrarán a posteriori, la criatura es descubierta por un par de memos (Erlend Nervold y Jon Sigve Skard) que se dedican a limpiar escenas de crímenes y habitaciones decoradas por abundancia de fluidos corporales como nueva modalidad feng shui. Esto es, la belleza sobrenatural -la de nuestra huldra Silje Reinåmo contribuye al efecto- eclosionando sobre la inmundicia humana, la inocencia imponiéndose a la brutalidad. Y vía brutalidad, claro: no olvidemos que esto es una de cuasi-terror, un cuento esencialmente macabro.

Y como tal funciona con modesto éxito, especialmente a la hora de sobreponerse a su aparente amateurismo de planificación -el director Alexander L. Nordaas sólo se había movido en las distancias cortas; pero ahí sí destacó, en el pequeño formato- con una pericia escénica más que destacable. Gracias a una fotografía resultona, la construcción de la atmósfera va vampirizando el interés de la película, que termina concentrada en un juego minimal entorno a unos pocos escenarios bien explotados. Poco a poco, Thale se va volviendo claustrofóbica, asfixiante, opresiva. Y ahí puede empezar a manejar de manera notable la tensión y el suspense jugando con, por ejemplo, las posibilidades del fuera de campo.


En ese caldo de cultivo, la narración se va desplegando con puntual eficacia, mostrándose -excepto en algunos momentos un tanto estridentes- enigmática y contenida y conduciéndose a sí misma hacia un clímax donde las últimas cartas de la mano quedarán finalmente al descubierto en la inevitable coda visceral. Para terminar situándolo todo en el terreno de la fábula con mensaje universal y, a una escala algo menor, en la tesitura del rito de paso completado.

A tener en cuenta. Un poquito.

6/10

Por Xavi Roldan

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