Crítica de Vacaciones en el infierno (Get the Gringo)

vacaciones en el infierno
Probablemente consciente del degoteo de popularidad y tirón taquillero que está sufriendo con el desgaste de los años -meterse con el lobby judío hollywoodiense es lo que tiene, oigan- el bueno de Mel Gibson ha decidido poner un poco pies en polvorosa y revisitar las salas sólo muy de vez en cuándo y sólo a través de productos de perfil bajo y/o que levanten poca polvareda. A ritmo cómodo de un título al año.
Es un poco el criterio seguido con esta Vacaciones en el infierno, que viene a confirmar a Gibson como un héroe de acción talludito, metido un poco en esa imagen que de un tiempo a esta parte está cultivando Liam Neeson. El hombre más o menos de la calle que saca la mala hostia cuando se lo pone contra las cuerdas. Y, como en el caso del irlandés, el resultado a nivel cinematográfico no es para echar cohetes. Pero tampoco para defenestrar a nadie. En esta ocasión, el actor se mete en un embrollo fronterizo con los clanes mafiosos chicanos cuando da a parar con sus huesos en una cárcel submundista que ríase usted de Sona.


Allí, básicamente, y reduciendo hasta el núcleo, tendrá que abrirse paso a puñetazos y sacudirse de encima a matones, polis corruptos, trapicheantes y demás atrezzo. Recibirá la ayuda de un niño autóctono más badass que Hit Girl y de paso se llevará a la chica a la cama entre abundantes tiroteos, standoffs y semejantes prácticas del cine del primer Robert Rodriguez.


Y para lo bueno y para lo malo, su camino parece estar marcado según esta ruta desde el segundo cero. No hay sorpresa en Vacaciones en el infierno más que -y ya es- la descubrir que esta vez Mel vuelve a estar al servicio de la causa cómica (toneladas de autoparodia) y de una progresión hacia un clímax frenético que busca a cada recoveco el fogonazo de acción inflamable. De modo que como en una especie de vuelta a los orígenes y reinterpretando a lo hotdog el legado de algunos directores de los setenta (hay momentos que parece que el director Adrian Grünberg quiera aplicar la Doctrina Tarantino a lo que hizo Sam Peckinpah), la película se pasa por el forro esa máxima del cine de Grandes Productores de Hollywood (pienso en Bruckheimer, claro) según la cual cada pelotazo tiene que ridiculizar por tamaño y estruendo al anterior. Que va, esto no se exhibe tanto, hiperboliza mucho menos y se parece más a una de aquellas películas reguleras que dirigía de vez en cuando Clint Eastwood en los primeros ochenta; a algo como eso y protagonizado por Chuck Norris. Más tabasco que carne picada, claro, pero picante y calenturriento en cualquier caso. Porque ¿a quién le amarga un thriller buscadamente destartalado que aprovecha el tirón de Breaking Bad (han reciclado hasta a Dean Norris), parte del hardboiled, desarrolla conceptos y modismos del western y termina como una oda imperialista (todo lo latino es exótico y todo lo yanki es riguroso) y un homenaje a los nudillos de Mel Gibson?


Por ahí van Grünberg y su realización mecánica pero efectiva. Poca personalidad se deja el director en su producto, pero sí se le intuye una convicción hacia el mismo y una fe en sus capacidades palomiteras. Que son unas cuantas. Porque la agresividad vende. Los modelos "perro come a perro", los relatos de hombre sobreviviendo en un entorno enfebrecido y violento y la filosofía del humor macarra cuando a uno sólo le queda cachondearse de todo o morir cenizo, todo eso funciona. Especialmente si la acción es bestia, los momentos de relax guardan en su interior giros cafres -el clímax personal del niño es de traca- y, en general, todo parece atropellado, vitaminado, volátil como un papelín de liar tabaco pero definitivamente bien gestionado en ritmo, tono, montaje y puesta en escena.

En esos momentos perdonamos la fugacidad, la dudosa necesidad de productos de esta clase, la relativa repetición del esquema y hasta nuestro profundo desprecio por las conductas antisemitas y misóginas del amigo australiano: mientras se dedique a semejantes pajaradas hiperdivertidas, él se lo pasará bien distraído sin abrir bocaza, nosotros nos reiremos un rato y el mundo respirará un poco más tranquilo. Por mí, vale.

6/10

Por Xavi Roldan


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