Crítica de Babycall

Babycall
Matemática pura: uno más uno son dos, donde dos es interés del público, y los factores a sumar sendos reclamos ya asentados en el subconsciente del espectador. Noomi Rapace por un lado, cine nórdico por el otro. Si una combinación así ya ha demostrado que da sus frutos en la trilogía original de Millennium, y contando con un primer valor especialmente destacado hoy en día (imposible sacarse la imagen de la Rapace como miembro de la tripulación de la nave Prometheus), es de esperar que Babycall llame la atención más de lo que cabría imaginar en una producción del estilo. Esto es, una película estrenada hace un año en su país de origen, drama de sobremesa al menos a priori, y de francamente escaso recorrido comercial natural. Nadie daría un duro por ello y sin embargo llega a nuestras pantallas esperando que, además, su argumento situado en el thriller entre lo sociocostumbrista (o algo) y lo ¿sobrenatural? acabe de convencer al respetable. Lo cual se antoja francamente difícil cuando los propios responsables del film parecen ser los primeros en no acabar de creerse lo que se traen entre manos.

Y lo demuestran abriendo mil y un frentes que acaban por echar por tierra el tinglado. Una prueba demasiado dura, un salto de la habitual frialdad escandinava a la apatía más gélida. La constatación de que nadie se ha acabado de (o no se ha sabido, o no se ha querido) posicionar. Decantarse por el thriller hubiera llevado a meterse de lleno en esa estimulante subtrama de una madre que compra un babycall (walkie-talkie para tener controlado el sueño de los bebés) y llegan a su aparato interferencias de otro similar (de vaya usted a saber dónde) que registra un más que probable maltrato; o darle más juego a ese hombre que esconde algo (en su furgoneta, para más señas) y a una angustiante manía persecutoria que asoma aquí y allá. Tirar de drama de personajes tendría que haber investigado más en la relación con ese vendedor con quien se encuentra la protagonista. ¿Y tirar de drama social? Ser algo más puntilloso en el retrato común que se dibuja, potencialmente desasosegante, de una sociedad turbia. Por su parte, optar por el lado dramático hubiera implicado profundizar en la psique de la protagonista, una madre a quien le resulta prácticamente imposible desprenderse de su hijo por miedo a que el padre de este vuelva a maltratarle.

Babycall

Aunque esta última línea sea la que mejor parada salga (máxime por un giro final que le da, ejem, sentido a todo), en líneas generales el director y guionista Pål Sletaune nunca abandona una línea francamente plana, superficial, apostando por un popurrí de elementos delineados a golpe de brochazo e interconectados pero de forma casi deshilvanadas. En definitiva, enviando estímulos equivocados a un espectador rápidamente condenado a temperaturas emocionales bajo mínimos mientras trata de no acabar de desprenderse de una propuesta que va y viene, de un entramado muy desigual y demasiado fragmentado, por dónde tan sólo brilla con luz propia una Rapace tan correcta como de costumbre (no por nada se alzó con el premio a la mejor actriz en el festival de cine de Roma). Colma el vaso su innecesaria aura, lo apuntábamos al principio, sobrenatural. Enésima batalla abierta, enésimo frente que disputar, y encima venido de sopetón y pillando a propios y extraños descolocados.

Babycall

Que sí, que al final se explica todo con la habitual excusa que no desvelaremos pero que ya debería haberse intuido (como se hace al cabo de cinco minutos de visionado). Y que como toda buena propuesta nórdica con distribución internacional, queda fuera de toda duda un impecable (si bien tirando a vulgar) apartado visual. Pero en resumidas cuentas, Babycall falla en todo lo que se propone, porque se propone demasiado. Y ya se sabe, quien mucho abarca poco aprieta, que es exactamente lo que le acaba ocurriendo a esta esforzada pero fallida propuesta, interesante y poco más, que nada nuevo tiene por desvelar y menos aún que recordar. No es una pérdida de tiempo total ni mucho menos, pero sí se antoja absolutamente prescindible.
5/10
Por Carlos Giacomelli

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