Crítica de César debe morir (Cesare deve morire)

César debe morir (Cesare deve morire)
Con cinco Davide di Donatello bajo el brazo (los premios más importantes de cine en Italia, entre los que se contaron los de mejor película y mejor dirección) y nada menos que el Oso de Oro del pasado festival de Berlín, llega el último fenómeno del settimo arte. La nueva gran esperanza de una industria que, al menos en lo que a distribución internacional se refiere, difícilmente se sale de unos raíles ya desgastados: los de la comedia (romántica a ser posible) con cuerpo y alma de pequeña pantalla. Con un panorama francamente desolador por delante, y con muy pocos nombres nuevos a los que seguir la pista, han tenido que ser los octogenarios hermanos Taviani quienes se salieran de la apatía reinante con César debe morir, su trabajo número 22. No, no dice mucho del futuro del cine de la bota. Pero como mínimo eleva el nivel actual del mismo, al salirse de la norma con una propuesta distinta, fresca y de carácter rabiosamente actual. En una cárcel de alta seguridad italiana, un grupo de presos se prepara para interpretar, con público, el "Julio César" de Shakespeare. Y de eso va la película: de seguir a este grupo de reos durante sus ensayos entre rejas. Ni más, ni menos.

Esa reducción argumental hasta la mínima expresión tiene infinidad de justificaciones. Ante todo, posibilita que en apenas 73 minutos, Paolo y Vittorio Taviani jueguen con las barreras de lo estrictamente cinematográfico y conviertan su cinta, claro, en un paradigma de lo meta (y ya se sabe que a nosotros todo lo que suene a meta...). Las paredes de la cárcel que sirven de marco de todo el film no tardan en derrumbarse, perdiendo rápidamente su significado más básico para convertirse en el escenario viviente de la obra a representar; un ser mutante y silencioso que en no pocas ocasiones adopta todo el protagonismo. Pero que a la vez pueden significar otras barreras: las del arte que no acaba de trascender en la sociedad, las del artista con gran valía que se pierde por el camino (no es gratuito que los actores –actorazos algunos- de la película sean presos reales). Pero que también pueden tomarse como un abrazo mediante el que se invita al espectador a ser poco menos que el ayudante de dirección de la obra. Y tres cuartos de lo mismo puede hacerse con el original de Shakespeare, cuyos ambiguos, perturbados personajes pueden rápidamente ser extrapolados a la realidad de sus representantes de la misma manera que alguna de sus escenas (como se pone en evidencia por boca de uno de los reos).

César debe morir (Cesare deve morire)

Un juego, decíamos, en cuyo tablero tiene cabida también la mezcolanza de discursos cinematográficos: de un prólogo a todo (y rabioso) color se pasa a un flashback en riguroso blanco y negro para acabar con un actor dirigiéndose a la cámara sin miramientos (en un pasaje quizás innecesario); por aquí pulula un film ecléctico que se saca una potente personalidad a base de gotas de drama y de thriller noir (ojo a la banda sonora), de comedia y de documental; una película coral, casi fragmentaria y episódica, en la que muchas veces se hace difícil saber cuándo se recita y cuándo no. El plan para llevar a cabo el asesinato de César suena a estratagema carcelaria par cargarse al reo enemigo. Y de nuevo, los Taviani lo saben y juegan con ello. Ayuda a todo ello que nada más empezar a preparar la obra, una vez pasado el casting por supuesto, el director de la misma detenga los primeros diálogos para pedir a sus actores que cada uno hable en su dialecto.

Seguimos buscando justificaciones a su ausencia (o no) de argumento: claro, ceder el protagonismo a la obra de Shakespeare. Por mucho que se haga un resumen de la misma, y que puntualmente lleve a una concatenación algo inconexa de los acontecimientos, su fuerza es suficiente como para estarse una, dos, o las horas que hicieran falta entre bastidores asistiendo a sus ensayos. Máxime cuando se encarga de darle vida un grupo actoral muy compensado, con agradables sorpresas traducidas en intensísimas interpretaciones.

César debe morir (Cesare deve morire)

Con todo esto y una exquisitez formal embriagadora, tarda poco César debe morir en hacerse escuchar y sentir con una intensidad cada vez mayor, hasta confluir en un regreso a la escena con que se subían telones que puede tacharse de épico. Unos segundos de libertad, en que el arte ha triunfado al fin. Y que reciben su contrapartida con un epílogo deprimente, una patada en el culo y de vuelta a la realidad. Queda claro, pues, que de lo nuevo de los Taviani se pueden sacar infinidad de lecturas si se quiere. Una cinta plenamente satisfactoria, a degustar con calma y sobre la que volver en el futuro. Elegante, rompedora y clásica a la vez, reivindicativa, inclasificable, y para colmo bien interpretada y sentida. Imprescindible, vamos.
8/10
Por Carlos Giacomelli

Y en el DVD...
Cameo edita en España esta película y lo hace con sencillez: un DVD con apenas un par de fichas de reparto y equipo técnico, y un trailer. Ahora bien, la calidad de la imagen es excelente (si bien el formato empiece a dar síntomas de estar obsoleto), y el audio, tanto en castellano y catalán como en versión original roza la perfección con sus 5.1 altavoces.
Copia más que correcta, en definitiva, si bien tirando a sencillita.



1 comentarios :

Xavi Roldan dijo...

Muy de acuerdo y estupendérrima crítica, estimado co-worker. Mis felicitaciones.

Gran película para unos Taviani que resucitan saliéndose por la tangente con algo que resulta ser diametralmente opuesto de todo aquello por lo que los amábamos (Allonsanfan, Caos, La noche de San Lorenzo y Las afinidades electivas son grandes, pero Padre padrone no es de este mundo; una de las mejores pelis de los 70 sí o sí).
Asíq ue César debe morir es espléndida, pero aunque no lo fuera, su mera idea, planteamientos ya aspiraciones éticas y formales ya es algo por lo que celebrar.

Pero vamos, que en la crítica lo dejas clarinete total: lo dicho, geniala ella.

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