BD-Crítica: La Dolce Vita

La Dolce Vita
El año 1959 está llegando a su fin, y con él una primera versión de Federico Fellini. El mundano, el realista, el de La strada y el de Los inútiles. Si hasta aquel momento el de Rimini ya gozaba de una relevancia envidiable como exponente del neorrealismo italiano y europeo, no iba a ser hasta desprenderse de esa personalidad artística cuando empezaría a escalar puestos hasta convertirse en uno de los cineastas más importantes de la historia del séptimo arte. Y todo empieza aquí, entre 1959 y 1960, época de revoluciones del calibre del Sombras de Cassavettes. Época en que el italiano se convierte en un revolucionario, destruye todo lo que suene establecido y pasa de estructuras canónicas y argumentos vulgares para dar comienzo a su etapa simbolista, la que tendría como principales abanderados a 8 y 1/2, a Amarcord, y a la que ahora nos ocupa, la que dio origen a todo: La Dolce Vita. Película fundamental para comprender la historia reciente del cine, al marcar profundamente a muchos de los grandes entre quienes está Martin Scorsese. Precisamente él, a través de su empresa The Film Foundation, es quien nos trae una de las grandes alegrías de la temporada; una de esas sorpresas que justifican la existencia del aún discutido Blu-Ray: una edición restaurada desde sus cimientos de ella, de la icónica, histórica e imprescindible La Dolce Vita (y que por aquí distribuye, también en DVD, A contracorriente).

En su primera colaboración con Fellini, Marcello Mastroianni es aquí Marcello Rubini, periodista especializado en el seguimiento de las grandes personalidades de Roma (o de las personalidades que se pasen por la capital italiana), y a él es a quien seguimos en diversos episodios de su día a día: el encuentro con una amante de la alta sociedad, el descubrimiento de una despampanante estrella internacional (espectacular Anita Ekberg enfundado en su sempiterno vestido negro), la visita de su padre a la gran ciudad. Momentos que sirven para describir una ciudad orgánica y mutante, cosmopolita, y a la vez maravillosa y extraña, peligrosa. Una ciudad eterna e inabarcable, pero con serias deficiencias: se atisba un claro discurso sobre la incomunicación, tema nada nuevo en su filmografía, que adopta aquí una representación poliédrica. No se entienden los personajes entre sí, pero tampoco a ellos mismos, de la misma manera que no lo hacen las diversas clases sociales que pululan por Roma, ni las diferentes creencias... ni los diversos bloques que componen la estructura del film se comunican entre sí más que a voces, traducidas en la presencia recurrente de alguno personajes (la pareja más estable de Rubini, el amigo de altísimas esferas, el tal Paparazzo que dio origen al término que define al especialista en prensa rosa...), sin tenerse del todo claro su vínculo cuanto menos temporal.

La Dolce Vita

Pero hablábamos de simbolismo, de la primera versión de ese Fellini 2.0 que a partir de ahora adquiere relevancia histórica. Y la primera muestra, nada más empezar: una imponente estatua religiosa sobrevuela los cielos de Roma. Pero es parte del decorado de una película y es transportada en helicóptero mientras desde su interior, el protagonista pide el número de teléfono de un grupo de curiosas. Normal que el Vaticano cargara contra ella, o que en España su estreno se viera pospuesto hasta la friolera de veinte años más tarde. La Dolce Vita, con esa multitud de personajes, es un retrato casi documentalista pero a la vez esperpéntico (el encuentro en la casa inundada de la prostituta, los paparazzi poblando todas las escenas) del bullicio, sumamente crítico con algunas de las hipocresías sobre las que se sustenta la sociedad. Atención, claro, al episodio de los dos niños y su encuentro con la virgen*. Pero también a todo el séquito que lleva tras de sí la estrella internacional y a las preguntas absurdas de su rueda de prensa. O a esas fiestas en caserones de lujo, todo apariencia de bienestar que después tienen el final que tienen. En este sentido, la secuencia final en la playa, tras el último desparrame, vendría a ser la respuesta de todo anterior: un absurdo enorme, irreal.

El cuadro social es, en efecto, uno de los grandes focos de interés de la filmografía de Fellini, si bien no es tan relevante para entender esta etapa como la extrapolación de sus angustias, sus manías vitales, y de hecho, sus sentimientos y experiencias personales, al celuloide. No olvidemos que se trata de la película (completa) inmediatamente anterior a 8 y ½. La visión tan bipolar de Roma, propia de quien la ve desde fuera, la imagen de importancia social de los periodistas, la sensación de insatisfacción que se desprende de todos los personajes, todo ello forma parte del universo personal del cineasta, en la primera gran reflexión que haría sobre su obsesiones vitales.

La Dolce Vita

Las dimensiones que va adquiriendo La Dolce Vita son infinitas. Es una película tan inacabable como lo es la ciudad en que transcurre; su importancia histórica queda patente tanto en alguna de sus inolvidables secuencias (la actriz adentrándose en las aguas de la Fontana di Trevi, la secuencia musical con ella y con un jovencísimo Adriano Celentano, el ya citado ángel sobrevolando la ciudad), como en lo mucho que ha influido en las carreras de multitud de cineastas (Wilder, Scorsese, Altman, Allen o Stone… todos ellos citan la película de Fellini como punto de no retorno en sus vidas). Y aún queda por hablar de la maravillosa labor detrás de las cámaras del de Rimini, uno de los mejores regalos para la vista a día de hoy difícilmente superable. De su reparto, con un Mastroianni pletórico en su actitud apesadumbrada y a la vez pasotista de quien está frustrado porque se sabe incapaz de cumplir sus sueños. O de la banda sonora de Nino Rota, quizás no tan protagonista como en otras ocasiones, pero perfecta en su alternancia de estilos y ritmos con el estilo fraccionado del film. Hablar de La Dolce Vita implica necesariamente dejarse mil y un detalles en el tintero. Es lo que tienen las películas inmortales.
Por Carlos Giacomelli

Y en el Blu-Ray…
La Dolce VitaSi se contempla la opción de adquirir esta nueva edición de La Dolce Vita, a poco que se pueda, debe tirarse por la alta definición. El trabajo de restauración por el que ha pasado el material original alcanza cotas casi eróticas, sobre todo a nivel visual, permitiendo el disfrute total y sin parangón (literalmente: jamás se había visto así antes esta película) del riguroso blanco y negro con que Fellini planteó su trabajo. Es absolutamente impecable, y si bien (como afirma un texto explicativo antes de los títulos) había partes que se habían conservado peor que otras, el resultado final no muestra ninguna evidencia de tales diferencias. Espectacular.

Para echar más leña al fuego, la versión en Blu-Ray goza de material exclusivo: además del trailer original de cine y de un libreto con un mini-documento firmado por el siempre confiable Quim Casas (que obviamente, sirvió y de qué manera para completar la BD-Crítica), completa la edición un documental de 28 minutos titulado Fellini y la realidad inventada, dirigido por Gerardo Sánchez. Un documento que si bien no descubre la pólvora, supone un completo repaso por la película, explicando algunos pormenores de su producción y deteniéndose en el estudio de las secuencias más míticas y su relevancia en el cine.

En definitiva, una auténtica joya. Una adquisición imprescindible ya que por fin, por fin se edita en condiciones. Y vaya condiciones: no sólo es una de las mejores experiencias que un servidor ha vivido en alta definición, sino que su precio es francamente asequible.


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*Que por cierto, aun a riesgo de que se me tire todo el mundo al cuello, me recuerda enormemente a las escenas de esas grandes multitudes esperando el contacto con los extraterrestres de Encuentros en la tercera fase

2 comentarios:

  1. Ahhhhhhhh malditos!!!! Acabo de ver esta crítica y tengo que marcharme, así que no puedo opinar en condiciones ahora, pero dadme tiempo y lo haré!!!! Tremenda película!!!!

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