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Crítica de De óxido y hueso (De rouille et d'os)

Llévatelo
de óxido y de hueso
Palos le van a caer a Jacques Audiard por dilapidar alegremente lo mucho que edificó con su anterior y laureada Un profeta. Es normal, pero no estará justificado. El director francés ya avisaba hace un tiempo: decía algo como quiero rodar una historia de amor. Las pistas estaban ahí, para quien quisiera descodificarlas (narices, bastaba con leer el material original de Craig Davidson) y el movimiento se veía a años luz. Así que me extraña, casi me subleva, que se hable en términos de desenfoque creativo sólo porque el señor ha pasado de un durísimo policíaco -producto de una nobleza ganada a hostias, sí- al mucho más emotivamente cenagoso suelo del melodrama, con una premisa argumental como la que ostenta como principal metralla para el descalificado automático. Algo así como "Ali es un bruto que mantiene precariamente a su hijo de cinco años como puede. Stéphanie es una amaestradora de orcas que pierde las piernas. Ali y Stéphanie entablan una relación sentimental". Al Amour de Haneke nadie le va a reprochar un carajo, seguro.


Como sea, lo definitivamente descorazonador habría sido que Audiard perdiera puntería radiógrafa, que su película se mantuviera por debajo de los estándares mínimos -entendamos esto por "terreno de tv-movie"-, que hubiera laxado su abrasiva capacidad formal. Que se hubiera vendido al mejor postor o que hubiera despachado esto por la vía rápida. Y aunque De óxido y hueso es una película imperfecta, desde luego su voluntad y metodología son casi irreprochables.

Porque que Audiard es un privilegiado de la exposición narrativa nadie puede ponerlo en duda. Que al mismo tiempo es un espeleólogo en constante investigación de las grutas del alma humana, tampoco. Que combina ambas cosas en robustísimos ejemplos de drama musculoso con igual capacidad reflexiva y revulsiva, y perfecta imbricación forma/fondo debería quedar fuera de duda. Tema aparte es su peligrosa tendencia hacia un cierto exhibicionismo visual, que podría rozar el manierismo y el virtuosismo hueco de no ser porque, en el fondo, sus películas -especialmente las dos últimas- son compactas a la vista. Esto es, de huecas no tienen nada.

Marion Cotillard y Matthias Schoenaerts

Porque tiene la virtud Audiard de conciliar una narración seca y directa con un sentimiento de poética de la imagen: lejos queda el feísmo del grueso de producción europea, vertiente drama social, y ello debe agradecerse principalmente a la capacidad del realizador para lograr ese extraño equilibrio en el que las cosas parece que ocurren de la manera que ocurren porque no hay otra opción. Que hay una cierta fatalidad del destino envolviendo el hilo argumental y las acciones de los personajes. Lo cual tiene su contrapartida, claro, en algunos puntos de guión que parecen un tanto caprichosos y/o azarosos, en algunos giros que parecen condicionados a las reglas más canónicas del género o bien a imposiciones (¿autoimposiciones?) en cuanto al tono de la historia. Pero aunque De óxido y hueso escora hacia el melodrama más peligroso hacia su segunda mitad, el realizador logra imponer su voluntad y controlar los cauces del relato con admirable convicción.

Se apoya para ello, por supuesto, en la construcción de unos personajes que funcionan como centro gravitacional de la parte humanista del relato. Tanto Stéphanie como Ali se presentan como dos personalidades potentísimas, tridimensionales y mucho más matizadas de lo que pueda parecer a simple vista. Ambos andan por la cuerda floja de sus sentimientos, bordeando el peligro, a punto de caer al vacío (el del amor ella, el de la violencia animal él) y ambos experimentan el arco de transformación que les llevará hacia una estabilidad que surge de manera natural. ¿Happy end forzado? Según se mire, pero desde luego, el calvario que puede decantar la balanza hacia el drama o la tragedia es patente y escrito, literalmente, con sangre. Como sea, a pesar del pesimismo, la sanación (psicológica/afectiva) debe ser una posibilidad.

Marion Cotillard

Pero, como digo, el camino es duro. De óxido y hueso no es una película amiga de las facilidades a pesar de que se inscriba en un género tan popular como el que se inscribe. Sus soluciones argumentales llevan a lugares conocidos, pero lo hacen a través de terrenos inestables. Ni siquiera su oscuridad es absoluta, en el caso que alguien decidiera entender la tristeza como modus operandi: pequeños momentos de brillo van sembrándose a lo largo del camino. Momentos de redención, de comprensión y de perdón que cristalizan en una película capaz de sustentarse, en el caso de descartar todo lo demás, en dos interpretaciones tan arrolladoras como memorables. Las de Marion Cotillard y Matthias Schoenaerts, auténticos óxido, hueso, sangre, saliva, carne y cerebro de esta más que interesante película.

7/10

Por Xavi Roldan


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