La cosa va de una pareja que vive en una masía del Aragón de los años 30, y que ante los reveses sociales que provoca la Guerra Civil debe hacer algo para protegerse; en concreto, esconder al marido y calmar así los humos. Y qué mejor sitio que un mundo en otra dimensión, cuyo acceso es posible tan sólo desde un lugar muy concreto, una puerta intergaláctica (o así) que se abre una vez cada seis meses. Así pues, mientras él vive una experiencia absolutamente increíble, ella debe sobrevivir como buenamente pueda, aguantando los momentos de tensión provocados por las milicias anarquistas. Y esa es la parte de la historia que seguimos. En definitiva, un drama sobre la Guerra Civil en toda regla, costumbrista y realista, en el que el elemento fantástico apenas pasa de reclamo y poco más, malviviendo agazapado a duras penas en las sombras y sin tener demsiado claro cuándo podrá ver la luz (y cuando lo hace, es muy de refilón).
Habrá, pues, que acercarse a El bosc desde este renovado prisma, lejos de las mucho más estimulantes sensaciones de la más arriesgada Insensibles y por tanto, con el regusto a decepción asomando. Sea. Como enésimo exploit bélico la de Aibar funciona a trompicones, siendo un drama a ratos sumamente anodino, a ratos directamente fallido, y a ratos tan descabellado como para plantificar en la granja de la protagonista (Maria Molins, por cierto) a todo un Tom Sizemore doblándose a sí mismo al castellano. Pero no está exenta de emoción, gracias a un entramado que coloca a la mujer al borde del precipicio y la va empujando sin prisa, pero sin pausa. Y además saca ventaja, de manera moralmente dudosa se podría decir, de la baza de lo fantástico: lo que hace que el espectador acepte sin los reparos habituales otra de la Guerra Civil es el conocimiento de ese invitado extravagante, que apenas se pronuncia pero cuya presencia es la más bienvenida y la mejor atendida. Y por su parte, Aibar hace su trabajco con oficio, dándole al conjunto un empaque serio y riguroso, digno y deliciosamente encontrado con la locura de la propuesta.
Mezcla que se antoja rematadamente errónea en un primer recuento, por cierto, pues en ningún momento da la sensación de que la parte realista se encuentre del todo a gusto con la fantástica. Pero que a la postre acaba siendo justamente uno de los mayores atractivos de El bosc. Porque de esa condena a entenderse, de esos dos polos tan opuestos, es de donde sale su clímax, precedido de un primer gran encontronazo con el mundo alternativo en forma de casposo festín de plástico y gelatina (haría las delicias del Cronenberg más juguetón). Un clímax aún más incómodo que todo lo anterior, risible y ridículo incluso. Pero también chocante, derrochador de todo el riesgo cuya inexistencia hasta el momento se le recriminaba, extrañamente meloso y no exento de poesía. Hasta el punto de permanecer incrustado en la memoria. Y de recordarse con una sonrisa entre condescendiente y entrañable, como de hecho se acaba recordando a toda la cinta en sí.
En resumen, por supuesto que El bosc palidece ante el grandísimo debut de Medina. Y por supuesto que se la puede odiar, como de hecho odiará buena parte del público sin duda (es más, según cómo, su acercamiento a la Guerra Civil bien podría considerarse hasta peligroso). Pero también hay cabida para otro pensar: la de Aibar puede tomarse como una película que ha intentado muchas cosas, de las cuales no todas han salido bien. Una película marciana y campechana a la vez (impepinable verla en versión original), demencial y lógica a su manera, pues es capaz de construirse un universo más arriesgado y hermético de lo que podría parecer. Y una película puñetera, pues si bien no parece hacer demasiados méritos para ello, al final es de esas que se quedan ahí, en el recuerdo. Y semejante bagaje bien vale una oportunidad, ¿no?
6,5/10



To the Wonder, por Carlos Weishäupl

2 comentarios:
una película de mundos paralelos y fondo antibélico, ambientada en la guerra civil, con un final sorprendente en el que se forma una pequeña comunidad rural abierta a la esperanza
...pues eso, sí. Jejejej
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