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Crítica de El Hobbit: Un viaje inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey)

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El Hobbit: Un viaje inesperado
Otra vez la dichosa moda de tener que ir más allá. De tener que explorar un universo que se valía por sí solo, crear nuevas protuberancias por los lugares más inverosímiles a entes que no lo necesitan. Lo que George Lucas hizo más evidente que nunca: que el público es borrego por naturaleza, vuelve a explotarse ahora con la otra gran saga épica de la historia reciente del séptimo arte. ¿Cómo? ¿Que la trilogía de El señor de los anillos ha amontonado cantidades indecentes de dinero? ¡Pues estiremos el chicle! Y cuanto más, mejor. No una, ni dos, sino hasta tres películas de casi tres horas han salido de la adaptación de la primera novela corta de Tolkien ("El Hobbit" original apenas si llega a las 300 páginas), precuela de la saga cinematográfica y próximo pelotazo taquillero. Arranca aquí un nuevo viaje a la Tierra Media, fórmula del éxito dispuesta y potenciada. Ah, pero antes se adaptaban tres libros bien cargaditos de información y emoción, por lo que espectáculo y argumento se llevaban a la perfección. Ahí estaba la verdadera raíz del éxito. Ahora el tinglado no tarda en descompensarse, y lo hace tanto que hasta redimensiona la expresión "pérdida de tiempo". ¿Y por qué? Porque no han sabido entender la gracia del libro en relación a la posterior trilogía. O más bien, porque a sus responsables no les ha dado la gana hacer las cosas bien, y en la bifurcación ante la que se han topado, en vez de torcer hacia la búsqueda de la satisfacción del público por encima de todo (que hubiera significado una sola película y santas pascuas), han optado por satisfacer las arcas de los estudios vinculados a la película.

Claro que Peter Jackson y compañía juegan con medio partido en el bolsillo. Si han ido a por su interés es porque saben que ya tienen un buen volumen de espectadores que se lo garantice pase lo que pase, que alabará hasta el último minuto de Un viaje inesperado, de su futura edición extendida, y de las siguientes entregas. Ese público que se contenta con un nuevo espectáculo ubicado en el mundo que ya conoce y ansiaba volver a visitar, y donde espera encontrarse a los viejos conocidos sin que le importe nada más; ese público encontrará en la película todo lo que necesita, puesto que toda ella se limita a una sucesión de paisajes de la Tierra Media entrelazadas con escenas de acción y efectos especiales, todo ellos con las habituales facilidades técnicas de las que dispone el cineasta. Los problemas, por eso, se le suben a las barbas como enanos (je je), afectando a prácticamente toda la estrategia y estructura de la película.

El Hobbit: Un viaje inesperado

Falla, para empezar, el haber confundido regresar a un mundo ya visitado con remakear lo visto en tres ocasiones hasta el punto de flirtear con el autoplagio. Son muchas, demasiadas las escenas idénticas, rodadas con los mismos planos que entonces y los mismos escenarios (la compañía caminando por la cima de una montaña, las carreras por cuevas rocosas, los paseos por la foresta…). Y son muy pocas, por no decir ninguna, las veces en que se presenta alguna novedad. Ningún ser es más mortífero que los que amenazaban a Frodo y compañía en su día; ningún escenario es tan poderoso como Minas Tirith o la ciudad de Gondor. Proponer casi tres horas de metraje sin una sola imagen fresca que llevarse a la retina es, cuanto menos, arriesgado. Pero peor aún es esa sensación de plagio a nivel argumental: Un viaje inesperado es idéntica a La comunidad del anillo en cuanto a que pasa por los mismos nudos argumentales, recurre a los mismos giros dramáticos, e incluso distribuye el peso dramático de igual manera. Como si, en definitiva, hubiese sido realizada con el piloto automático puesto. Lo decíamos antes, es la explotación de la misma fórmula que dio sus frutos hace unos cuantos años.

Pero fallan más cosas: a diferencia de la trilogía original, en este primer acercamiento a "El Hobbit" no hay un solo personaje nuevo bien definido ni quien se alce con el protagonismo absoluto, cuyo rol va dando tumbos entre Bilbo, Gandalf y Thorin (del resto mejor ni hablar) sin lógica, sin acabar de dispersar una más que molesta sensación de desapego por parte del espectador. Se le fuerza, en otras palabras, a que adopte una actitud pasiva ante lo que ocurre en pantalla, y se limite a seguir con los ojos entrecerrados la sucesión de pantallas que va pasando la compañía de los enanos. Porque a eso se reduce todo: a pasarse pantallas, una detrás de otra. Pulsa X, dale al cuadrado, salta a esa rama, y siguiente pantalla (previa secuencia de vídeo). Sin más corazón, nervio, ni ganas. Ahí está el quid de la cuestión: salvo por pequeños matices que ahora comentaremos, El Hobbit: Un viaje inesperado parece ser el resultado del trabajo de un equipo desganado. Sólo hay que verlo en la manera en que todas esas pantallas se acaban pasando: Deus ex machina (o más bien Gandalf ex machina) y a otra cosa. Decepcionante.

El Hobbit: Un viaje inesperado

Así pues, se trata de una película de personajes y aventuras, sin personajes redondos ni aventuras excesivamente estimulantes. Ni espectacularidad. Ni ritmo. Ese es, a la postre, el principal mal de todo este nuevo tinglado de Peter Jackson: El Hobbit: Un viaje inesperado es absoluta y rematadamente aburrida. Puede que se deba a su extensísimo metraje (casi tres horas… y encima en formato estereoscópico), a su intrascendencia en general o lo liviano de sus personajes. O puede que se deba a su falta de concreción a la hora de decantarse por una aventura de tono épico o bien divertido, fallando estrepitosamente tanto en un sentido como en el otro. O tal vez, el problema sea que se le ve demasiado el plumero. Y donde digo plumero, quiero decir relleno. Los mil y un apaños que se han sacado de la manga para convertir tan cortita novela en semejante mastodonte parecen haber sido insertados a pegotes, cosiéndolos burdamente al esqueleto inicial para inflarlo hasta el paroxismo para resultar, ya lo avisábamos, una total pérdida de tiempo. Basta la secuencia inicial para darse cuenta: las inmortales palabras iniciales de la obra de Tolkien (en un agujero en el suelo vivía un Hobbit) se escuchan aquí al cuarto de hora, cuando ya se ha metido de por medio una introducción enorme para dibujar los rasgos de uno de los personajes relevantes del cuento. Mucho fuego de artificio, pero cero chicha en su interior.

El Hobbit: Un viaje inesperado

Con semejante panorama, ¡menos mal de esos pequeños matices que alivian la función! Matices traducidos en un Martin Freeman que tranquilamente se convierte en el mejor habitante de la Comarca visto hasta ahora, y en un tramo final moderadamente épico que consigue una digestión mejor de sus últimos cuarenta y cinco minutos. Es gracias a ellos y a alguno más (Ian McKellen está y estará siempre perfecto en todo lo que se proponga) que El Hobbit: Un viaje inesperado salva los muebles. Al final, haciendo cuentas es justo reconocer que sí, que como espectáculo puramente audiovisual la entrada puede considerarse amortizada, aunque mejor hubiera sido reestrenar la trilogía original pasada a formato tridimensional. Y es que cómo de mal tienen que estar las cosas para que tantos años después, lo único que siga sorprendiendo siga siendo Gollum y el pacto con el diablo que parece haber firmado Christopher Lee.
5/10
Por Carlos Giacomelli

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