Crítica de Más allá de las colinas

Más allá de las colinas
Responsable en buena parte de la internacionalización del cine rumano reciente, Cristian Mungiu se ha convertido, a la chita callando, en uno de los cineastas punteros a nivel europeo. Si ya dio la campanada con 4 meses, 3 semanas, 2 días, con la que ahora nos ocupa se asienta definitivamente en la categoría de los grandes y así se lo reconocen los dos premios de Cannes (mejor guión y actriz, que además recibió por partida doble para sus dos protagonistas) y el aplauso más o menos unánime de la crítica internacional*. Pero al margen de todo ello, es el propio Mungiu quien busca dicho estatus, y es que la ambición de Más allá de las colinas es de aúpa. Partiendo de una premisa harto sencilla (una chica regresa a Rumanía para encontrarse con su amiga de toda la vida, que ahora se ha convertido en monja), la cinta se embarca en un doble discurso que por un lado busca retratar a la sociedad rumana, y por otro llevar a cabo una crítica atroz y extenuante (150 minutos del ala) hacia uno de los pilares sobre los que se sustenta: la Iglesia. Y digo Iglesia, no religión, porque tiene tiempo de sobras Mungiu para separar un concepto de otro y aclarar que si bien no tiene nada en contra de las creencias personales de cada uno, sí de los fanatismos exacerbados; aquellos a los que fuerza, con más ánimo de lucro del deseado, la organización eclesiástica. Ahí es nada.


Hábil tejedor de una telaraña situada al borde del fuego, el rumano entrelaza con habilidad los diversos cabos que se trae entre manos, para dar con una combinación de géneros equilibrada casi a la perfección. El pilar maestro es la relación de las dos amigas, inseparables antes y reunidas tiempo después con una situación netamente distinta, al menos para una de ellas. Sobre él acaba recayendo todo el peso dramático del film (y mejor no desvelar nada más), y es por eso que se opta por una progresión a fuego lento, de cambios evolutivos apenas perceptibles puesto que, en teoría, las obligaciones espirituales de la primera harían imposible avance alguno al respecto. Mungiu se hace valer de una sutileza atronadora, a la vez que solicita al espectador que sea él quien tenga que rellenar de color los lugares que forzosamente tiene que dejar en negro. Se trata de una relación con un pasado muy candente, con un presente demasiado marcado por el mismo, y un futuro nada claro. Y todo por el dichoso hábito. Y es que si en los compases iniciales la vida en el convento ortodoxo es tratada desde un punto de vista relativamente alejado, mostrando la rigidez de alguna de sus obligaciones pero también haciendo hincapié en el bien que puede hacerle a una sociedad hundida en la pobreza (ese viaje al pueblo para dar comida a los necesitados), no se tarda demasiado en averiguar las verdaderas intenciones de Más allá de las colinas, esas críticas a las que hacíamos mención antes.

Más allá de las colinas

Desde un empaque costumbrista, desde el drama de personajes y el rigor formal (en parte motivado por las limitaciones económicas), a través de su propuesta Mungiu lanza un ataque atroz y sin cuartel hacia las inflexibilidades y, en general, el modus operandi de la Iglesia, condenando a las dos protagonistas a un calvario que por momentos se acerca al cine de terror, e incluso al subgénero de las posesiones. Poco a poco, casi de manera imperceptible, lo que era un relato casi documentalista se ve convertido en una desasosegante pesadilla que diríase totalmente exagerada y hasta esperpéntica, de no ser porque a las alturas en las que llega la gran hostia (y no me refiero precisamente al cuerpo de Dios), ya se han dispuesto las piezas de manera perfecta para que el espectador esté totalmente enfrascado en la turbulencia. Piezas que, por cierto, incluyen una dirección casi perfecta, siempre a pie de pista y alternando en su justa medida el seguimiento de una u otra chica (recayendo la mayor parte del peso en la monja sentimentalmente atribulada); estrechamente ligada a ella está la fotografía, gélida, parda como la naturaleza que envuelve al monasterio en cuestión. Pero más importantes aún son las actrices, absolutamente maravilloso tándem formado por Cosmina Stratan, Cristina Flutur (ambas ganadoras, ex-aequo, del premio en Cannes). Un mero cruce de miradas entre las dos basta para transmitir su nivel de entrega en una película de todo menos sencilla.

Más allá de las colinas

O sea que en Más allá de las colinas se esconde un drama infinito que es a la vez una crítica a la institución de la Iglesia (bravo por seleccionar estas fechas para su estreno por aquí). Y de paso, una obra sólida y muy intensa, cuyo extensísimo metraje puede antojarse excesivo (y algún que otro altibajo rítmico se le puede echar en cara sin que le tiemble a uno la mano) pero está plenamente justificado para que todo quede dentro de lo plausible, y por tanto, su mensaje llegue justo donde Mungiu quiere que llegue, sin precipitarse ni cortar por lo sano y tirar por la vía fácil. No será del gusto de todos, y llegará a escocer al espectador más conservador, pero no cabe duda de que hay que seguir de cerca todos los movimientos que haga este cineasta, que con Más allá de las colinas ha dado el golpe sobre la mesa que ya se atisbaba en sus anteriores trabajos. Muy grande.
8/10
Por Carlos Giacomelli
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*Por aquí, ya se sabe, semos diferentes

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