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Crítica de ¡Rompe Ralph! (Wreck-It Ralph)

Llévatelo
rompe ralph
Siempre ha sido así, toda la vida ha habido mucha mitomanía entorno al tema, pero esto lo certifica. El videojuego ya tiene tanta historia que se le puede aplicar tratamiento de arqueología sentimental. El videojuego es mayor de edad desde hace años. Es más, como tal ya es adulto. Y nosotros, queridos míos, con él nos hemos convertido en ello. En adultos. Ya no somos, hace años de ello, la generación exultante, la que se iba a comer el mundo y se burlaba del abismo en deportivas y pantalones cortos, sin ningún tipo de conciencia nietzscheana. Pero es que encima ahora nosotros somos los que vamos a engendrar y dar paso al relevo. Somos dinosaurios a punto de empezar a robar los mandos de las consolas (¿las consolas siguen teniendo mandos?) a nuestros hijos y vamos a ser el centro de esa representación física del patetismo basada en la nostalgia de la que hablaba ahí arriba. De paso, les compraremos Alf y Fraggle Rock en BluRay, les pondremos nuestros discos de Pulp y Mazzy Star y ellos no entenderán una mierda de nada y volverán a sus quehaceres tecnológicamente adaptados, temporáneamente pertinentes.
Brecha, amigos, brecha.

Por lo menos hasta que, en momentos puntuales, uno de nosotros entienda el cableado que conecta los resortes emocionales de los adultos con los centros de placer de los críos y entonces perpetre uno de esos productos mágicos que nos ponen en paralelo a nosotros y a ellos y nos reúnen a todos ante una pantalla de cine. Sí, ¡Rompe Ralph! es uno de esos momentos felices, un milagro de la concordia intergeneracional. Y el artífice de la gesta es (podía ser muchos más, pero que sea él tiene toda la lógica del mundo) Rich Moore. ¿Os acordáis de aquel antológico episodio de Futurama en que se planteaba qué ocurriría si la vida fuera un videojuego? Era una maldita maravilla de la comedia postmoderna y una clase magistral de cómo combinar autoironía con el culto a la memoria pop. Una absurda genialidad parida por el mismo Rich Moore(1), responsable, además, de otras tantas decenas de episodios de la serie nerd por antonomasia.

ralph y felix

Y sí, a pesar de que el esqueleto, el sistema muscular y la epidermis de ¡Rompe Ralph! es el de un producto familiar competente en el mercado de la animación 3D, los fluidos que irrigan, los gases que combustionan y los impulsos cerebrales que dan vida a la película son material eminetemente nerd: ¡Rompe Ralph! es varias cosas a varios niveles, pero principalmente es un gran homenaje a toda la historia de los videojuegos, con especial querencia por los más primitivos. Por el arcade de moneda de cinco duros y el gráfico de 8 bits, por lo que se extiende de Space Invaders a Street Fighter, de Pacman a Doom, de la moneda de oro a la seta verde. Un acto de amor por el pixelado, las plataformas, la estética del 1UP, y la filosofía del tomar las riendas de la situación empuñando un joystick. Así que sólo con contar la cantidad monumental de referentes uno ya se puede perder por los meandros de la pura pasión por lo vintage, por la memoria, por el momento feliz y la madalena de Proust de unos y ceros que empaqueta ¡Rompe Ralph!

Pero hay más, claro. Porque esto es un producto Disney, y la prioridad primera es la de arrasar con la taquilla de allá donde se asiente. No sólo resulta una muestra de perfecta comunión entre lo reverencial y lo moderno, lo afiladamente actual y lo innegablementre cómplice para con el público infantil. Es que la película es un chorro a bocajarro de acción trepidante ultradrogada. Una espectacular, colorista, visualmente hiperglucémica aventura que parte de una premisa brillante para un argumento ingenioso y va creciendo en pequeñas subtramas hasta explotar en un clímax literalmente eyaculatorio donde convergen todos los caminos emocionales de la historia. Y aunque algunos giros de guión parecen un tanto trillados, buscando el reconocimiento rápido, su abierta vocación de cine familiar actual, fresco pero clásico (los críos van a flipar) y su frenética concatenación de gags inspiradísimos, guiños a tutiplén y emoción a tope (como digo, hay homenajes por un tubo: cada uno verá su videojuego predilecto reflejado; de hecho todo mi cariño va enfocado hacia el pobre QBert) garantizan un fin de fiesta memorable.

sugar rush

Claro, a pesar de su carcasa nostálgica y su fresca visión pop, casi meta, ¡Rompe Ralph! apenas inventa nada. Y sí, es cierto, tiene un apartado musical mejorable y quizá está hasta un pelín hinchada en su parte central. Pero todo lo demás, inlcuída su estética, el diseño de sus personajes, sus destellos de emotividad (y tragedia: tremendo el momento más dramático de la película, en el que la auténtica condición de Ralph ve la luz de nuevo), todo eso es de auténtico gozo, una delicia estilizada y narrativamente arrasaplateas. Y demonios si la película no nos allana el camino para lo que se prevé un futuro dulce en la destrucción de las barreras y prejuicios entorno al ejercicio lúdico. Si los adultos durante unos minutos podemos sentirnos de nuevo como críos, probablemente ellos podrán también entrar en los caminos de la maduración con más fluidez. Y además, mientras tanto, todos nos lo pasaremos teta.

7'5/10

Por Xavi Roldan

                                                           
(1) No estaba solo. El guión de tan celebrado episodio lo firmaba el grandísimo David X. Cohen, principal cerebro tras la serie, auténtico genio en la sombra al que le debemos la mayor parte de la eficacia freak de Futurama


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