A grandes rasgos, el ejercicio es el de explorar lo que conecta a los seres humanos entre ellos y con la naturaleza que los envuelve y los acoge. Lo primero, en este caso, sin venir condicionado por la influencia de la civilización corrompida, la urbanización deshumanizada, que impera allá en el Norte; lo segundo, partiendo de que la inocencia y el descubrimiento iniciático del niño, criatura caída del cielo, es la materia prima para que la conexión sea posible de una forma profunda y permanente, casi primitiva. Hushpuppy, espléndida Quvenzhané Wallis en su debut, es una niña de seis años que vive acompañada de su padre y una pequeña comunidad sureña entre puercos, aves, cocodrilos y muchos peces, bestias salvajes todos ellos, cuyos corazones laten al mismo son. Hushpuppy perdió algo importante muy pronto en su vida, y está determinada a remover tierra y aire para encontrarlo de nuevo. Al tiempo, y como si se tratara de lo que viene dictado por las Leyes de la naturaleza, su padre, un hombre severo y afectivo, se encuentra moribundo debido a una extraña enfermedad que, sin ser casualidad, nunca se nos va a revelar. Y a medida que la niña emprenda la aventura, deberá enfrentarse a su entorno para librar una doble la lucha: la interna, entre ella misma y su futuro, y externa, entre sus objetivos y los de su entorno, ambos confluyendo en una misma entidad. Porque los sucesos que marcan su historia tienen su reflejo en los extraordinarios fenómenos naturales que comienzan a azotar la isla.
Lo bueno es que algo que sabe a familiar se transmite de forma nueva, posiblemente porque el también debutante Behn Zeitlin, tras la cámara, el guión y parte de la partitura musical, se encuentra a pleno control de su obra. Supone esto, sin duda, la raíz de su mayor éxito. En primer lugar, Bestias del sur salvaje es, en efecto, un limpio y perfeccionado ejercicio formal: rodada con mimo y con una valentía muy envidiable para alguien que se estrena, transmite energía en sus imágenes nítidas, cuidadas y hermosas, que caminan permanentemente de la mano de Hushpuppy (algo que la narración en off no hace más que reafirmar, y a menudo casi reiterar) y nunca nos llevan más allá de las fronteras que delimitan lo que ella ve y cree. Un filme supeditado a su figura central, claro indicativo de que lo que se pretende no es sino ofrecer una visión del ecosistema vital de la comunidad filtrada por el prisma del ser humano en su estado más puro, aquél que goza de no haber sido intoxicado por lo que los de su clase han construido en detrimento de lo natural.
Desde esta posición privilegiada nacen, transmitidos con gran plasticidad, los mayores triunfos de la película. A grandes rasgos, el director examina las conexiones casi humanas que existen entre lo natural y lo salvaje, en ocasiones (y en especial hacia el final de la cinta) recordándonos a aquéllas, aunque de mayor lucidez y calado, por más experimentadas, que se encontraban tan presentes en el Hayao Miyazaki de los bosques encantados y las princesas salvajes, en el Werner Herzog clásico de las selvas amazónicas y la pérdida de la razón humana o, yéndonos mucho más atrás en el tiempo, en los documentales naturalistas de la etapa muda (Robert J. Flaherty, con o sin F.W. Murnau). La realización de Zeitlin rezuma amor por todos ellos.
En concreto, se advierten por lo menos dos de esas vertientes de forma especialmente estilizada. Uno, la conjunción de la muy emocional determinación de Hushpuppy por aferrarse a lo que le queda y a lo que se ha perdido con lo que renace desde el inicio de los tiempos y que es salvaje y primario, un fragmento que alude a la deshumanización como vía para escapar del occidentalismo y que dota a la cinta de una interesante dimensión antropológica. Dos, la búsqueda de la identidad a través del viaje iniciático, tema archiconocido en la Historia del cine, aquí conjugado con lo que la propia naturaleza, que evoluciona de acuerdo a la secuencia de experiencias vitales de la propia niña, permite ver más allá del horizonte.
Con todo, la película acaba no pudiendo evitar toparse con algunos convencionalismos, que ensombrecen por momentos el resultado final y aplanan la dimensión caleidoscópica que la historia podría haber acabado adquiriendo. A menudo, el filme divaga y pierde orientación. En otros momentos, pretende talento más que demostrarlo, perdiendo de vista la modestia por el camino, y confía en el efectismo de toda buena “mágica historia de superación personal con toques de fantasía” que se preste a costa de cierta humildad narrativa. En consecuencia, camina sobre la a veces inapreciable frontera que separa el realismo mágico de sobremesa que puebla tantas de sus películas homólogas del cine poético de genuino poder visual y simbólico que, por otro lado, está al alcance de tan pocos (con el mismo material, Terrence Malick hubiera hecho maravillas).
Al final, la película acaba indecisa entre los dos costados. De lo primero, las a veces excesivamente recargadas narraciones en off en paralelo con ciertas visiones demasiado maniqueas del contraste entre la vida salvaje y la urbanizada, quizás un tanto explícitas visualmente, o, todo lo contrario, recursos narrativos de guión que son reiterativos por desconfiar de la capacidad que la imagen tiene para transmitirlos. De lo segundo, el impresionante montaje que precede al epílogo y que le da una merecida sensación de redondeo a una película que, sin querer ser perfecta, pretende ser una maravillosa perla de lo indie y acaba siéndolo sólo a medias.
7/10
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To the Wonder, por Carlos Weishäupl

3 comentarios:
Buena crítica y, sí, buena película también.
estoy contigo, la crítica es cojonuda y el impresentable este que la ha escrito espero que te lea y se anime a escribir más, que nos tiene de un abandonado que asusta ;)
En cuanto a la peli, mediocoincido con él en lo que va contando de ella, pero con todo, a mí me dejó un pelín más frío... Me pareció demasiado centrada en epatar sin preocuparse de darnos la chicha suficiente...
Imagino el asombro de los gringos cinemeros ante la brutalidad de esas imágenes y escenarios que a primera vista pueden parecer exóticos y hasta surrealistas, pero que presentan una América miserable que fácilmente representa el reverso oscuro del sueño americano. Rescato sobre todo la formidable dirección de arte (esas locaciones, las casuchas, los cachivaches, el vestuario…el caos,) que nos sumerge en esa decadencia irremediable que pocas veces se muestra de manera tan frontal y a la vez poética. Me recuerda a una historieta de Mafalda, que al irse de viaje en tren, contempla el paisaje por la ventana y dice:” ¡Mira que ranchito miserable!” Y un pasajero le corrige: “Pintoresco, nena, pintoresco”
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