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Crítica de Hitchcock

Llévatelo
Hitchcock
Basta un rápido vistazo a cualquier crónica del rodaje de Psicosis -mejor si es en palabras del propio director(1)- para darse cuenta de lo tristemente raquítico que resulta este relato reduccionista y simplificador del realizador Sacha Gervasi, sophomore que debutaba con Anvil y el guionista John J. McLaughlin, autor del libreto de Cisne negro. Y, de hecho, tal ejercicio puede servir para establecer unas bases de partida de cara al visionado de esta Hitchcock que pretende dar testimonio del rodaje de la cinta protagonizada por Anthony Perkins y Janet Leigh. Habrá que olvidarse de los problemas logísticos, de las encarnizadas batallas contra los censores, de los tirayaflojas personales entre el director y la gente que lo rodeaba: de todo esto hay aquí, pero en muy poca medida, muy tamizado por la visión entre sumisa y acomodada de Gervasi, muy amoldado al gusto del biopic convencional de Hollywood.

De modo que puede uno irse olvidando de toda intención didáctica, y ya no digamos documentalista. Parece que el director ha querido contentar a todo el mundo, especialmente a los más fatales fans del cine de Hitch, para lo cual se ha puesto frenos a la hora de realizar un trabajo de escarbado profundo.


Sí, por supuesto, en Hitchcock hay anécdotas jugosas, hay conflicto emocional (ligerito) y, en general, logra dotar al rodaje de Psicosis, desde la caída de la primera pieza del dominó (los asesinatos cometidos por el demente Ed Gein en los años 40 y por los que Hitch se sintió poderosamente atraído), de un aire de empresa insensata, de quijotesca obsesión por la expresión autoral. De un tono de idea contracorriente que llevó al director británico a obsesionarse(2) con la novela de Robert Bloch e incomodar su propio éxito (venía de estrenar la triunfadora Con la muerte en los talones) tratando de adaptar una obra que desafiaba los preceptos y condiciones para la puesta en escena consentidos por la Motion Picture Production Code.

anthony hopkins y helen mirren

Sí, todo ello queda reflejado en la película, pero al fin y al cabo, como decimos, la visión es poco inquisidora. Menos aún capaz de establecer unas nuevas bases para las tendencias narrativas metacinematográficas, las historias de cine sobre cine. Apartando ejemplos modernos como los practicados por Tom DiCillo, la pretensión clasicista de esta Hitchcock queda a años luz de los ejemplos que marcaron la historia, como Cautivos del mal. El resultado al respecto es un juego de traslación más o menos idealizada a las pantallas del siglo XXI de una época dorada de Hollywood caracterizada por una fauna que puede despertar las fantasías cinéfilas (Janet Leigh, Vera Miles y Anthony Perkins, pero también Lew Wasserman, agente del director, Whitfield Cook, autor del guión de Extraños en un tren y Pánico en la escena o Geoffrey Shurlock, por entonces presidente de la MPPC) pero que no enriquece lo que ya se sabía hasta ahora.

En cambio, Gervasi prefiere situarse en una tierra de nadie pivotando entre esos (pocos) avatares del rodaje y la subtrama romántica que da cuenta de la relación de Hitch con su esposa Alma Reville. Colaboradora habitual, montadora, asesora y compañera de largo recorrido, Alma se presenta aquí en los rasgos de una ajustadísima Helen Mirren como una mujer fuerte e independiente que termina guardando el potencial sentimental del film. Sin embargo, la suya se presenta como una rama del argumento demasiado simple, desprovista de vericuetos morales y sentimentales, en exceso esquemática. Como un mero apoyo, una pequeña inyección de interés que sin embargo no aporta nuevas caras al poliedro Hitchcock-Alma-matrimonio-rodaje.

scarlett johansson

Un tercer recurso argumental quiere conducir el interés de la película. Como si de un episodio de Alfred Hitchcock presenta se tratara, la historia se abre con un caso escabroso, la recreación de los asesinatos de Ed Gein, y da paso a una presentación entre lo enigmático y lo sardónico del propio director, personificado en la misma escena del crimen. Lo que da pie a una vertiente un tanto más psicologista del relato: las constantes apariciones del fantasma de Gein pretenden dar la dimensión de la obsesión del realizador, que interactúa con él y es testigo de sus conductas criminales. Una pequeña boutade por parte de Gervasi que, no obstante, no termina de cuajar en ningún momento, sea por su convencional puesta en escena (más tendente a los ambientes viciados y malolientes del american gothic) o por el escaso interés e impacto que terminan teniendo dichas conversaciones metaterrenales.

Así que se impone un relato que, si bien no está mal llevado, cojea por defecto de contenido por todos los frentes que ofrece. Y que aunque pretende convertirse en una biogarfía distinta con un puntito bizarro (lo consigue en momentos aislados, como en sus ocasionales rupturas del cuarto muro) termina reducida a homenaje de baja intensidad y planteamientos formales poco reseñables (la realización de Gervasi es profundamente impersonal) hacia el maestro. Como tal, Danny Elfman edifica una sutil banda sonora que evoca en varios momentos las partituras de Bernard Herrmann; las caracterizaciones de las actrices, Scarlett Johanson y Jessica Biel conectan obviamente con las obsesiones del director; y Gervasi disemina comentarios mejor o peor disimulados a su obra, con especial querencia por los guiños a su posterior Los pájaros.

anthony hopkins

Queda, pues, un biopic correcto para un momento histórico y especialmente para una figura notable que se merecía más y mejor. Que está retratada con cariño y reverencia en su carácter tierno y afable, pero también excéntrico, pero de la que se esperaba más garra y matiz: Hopkins basa su actuación en la repetición de tics superficiales y la potencia de un maquillaje bien acabado, pero desprecia la esencia, rehuye de construir su interpretación a partir de la propia alma del personaje. Pero que resulta ser una película que, a pesar de todo, no molesta y es moderadamente entretenida, aunque sea como recordatorio de la vigencia y frescura de uno de los mayores clásicos de la Historia del séptimo arte. Abre las ganas de revisitar por millonésima vez la historia criminal, el juego de espejos, el carrusel emocional, la ruptura salvaje de la estructura clásica de guión que llevó a cabo Alfred Hitchcock en 1960 dejando a medio mundo con la boca abierta y rubricando una de las películas más audaces de todos los tiempos.

Recuperar o evocar eso, sea como declaración de cinefilia o como acto oportunista, ya es de agradecer.

5'5/10


Por Xavi Roldan

                                                            
(1) Repaso en ocasión de esta crítica el imprescindible libro El cine según Hitchcock, testimonio de la extensa entrevista que concedió el maestro al cineasta François Truffaut en 1967 donde se incluye una crónica de primera mano del rodaje de esta y el resto de películas de su carrera
(2) Falso, el propio Hitchcock afirmaba sentirse poco atraído por el texto original excepto, quizá por la instantaneidad del asesinato en la ducha, algo completamente inesperado y que fue lo que le empujó a acometer la adaptación


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