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Crítica de Lincoln

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Lincoln
Bien sabido es que Steven Spielberg va a rachas, intercalando divertimentos con películas que se adscriben en un cine algo más ceñudo. Normalmente, dicha alternancia se da en periodos muy breves de tiempo: sin ir más lejos, el mismo año en que estrenaba Parque jurásico se llevaba también tropencientos Oscars por La lista de Schindler. Y el de La guerra de los mundos fue también el año de Munich (tan olvidada como reivindicable). Ahora han habido algunos meses más de margen (no muchos más), pero parece responder a un aumento de dimensiones en todos los aspectos. Porque si por divertimento se entiende War Horse (Caballo de batalla), épica bélica rodada por todo lo alto, qué se entenderá por película seria. Atendiendo a esa progresión en aumento, la respuesta es sencilla: Lincoln puede considerarse, de entrada, la mejor propuesta del Spielberg de los últimos años. La más grande. Pero además, esta revisión de los años más trascendentales de la vida del decimosexto presidente de los Estados Unidos (sirviéndose del guión de Tony Kushner que a su vez adapta la novela de Doris Kearns Goodwin) responde a otra evolución que se le viene viendo con mayor insistencia de un tiempo a esta parte: el responsable de Tiburón se está postulando para ser el gran clásico de nuestra época (una vez se pase a la siguiente), y que ahora presente su particular nacimiento de una nación no es sino el devenir lógico de quien justo antes, con la del caballo solicitaba que se le considerara como sucesor por naturaleza de John Ford.

Todo en su última propuesta está llamado a perdurar como una de las gordas, de esas que ayudan (o ayudarán) a definir el cine de hoy. A lo largo de sus casi tres horas de metraje, Spielberg ofrece un despliegue de medios envidiable que se conjuga con un estilo muy fácilmente reconocible (más allá de su acostumbrada escena marca de la casa, con un personaje volviéndose para mirar a la cámara); y el resultado es una película elegante y ostentosa, una recreación tremendamente creíble de la época, a la vez barroca y opresiva, por la que transcurre un entramado centrado de manera íntegra en los momentos previos a la aprobación de la enmienda (la trece) por la que Abraham Lincoln pasó a la historia. Sirviendo de paso, obviamente, para analizar la figura del presidente desde una aproximación humana que descubre a una persona soñadora, firme en sus creencias, pero también frágil y sensible. Estilo, objetivos y personaje que se intuyen ya desde su breve secuencia de introducción, con ese hombre altísimo sentado en la penumbra, bajo un techo que sirve de dudosa protección contra la copiosa lluvia, hablando con dos soldados de color y tratándoles con un respeto profundo (casi como lamentando hasta el hecho de encontrarse en una tarima por encima de ellos).

Daniel Day-Lewis, en una de las escenas iniciales de Lincoln

Introducción más que suficiente; arrancan al cabo de la misma, las dificultades del sueño de la abolición de la esclavitud. La búsqueda de votos para que se apruebe la enmienda se antoja un trabajo infernal, y al tiempo que el equipo de confianza de Lincoln se dedica a picar puertas de todos los votantes, afloran personajes que marcan el devenir de los acontecimientos (o bien de los estados de ánimo), en una estrategia curiosa: el propio Lincoln es relegado por momentos a un plano secundario, cediendo ese protagonismo a su séquito. Personajes como, por ejemplo, el de un sorprendente Tommy Lee Jones como el líder republicano Thaddeus Stevens, o el de Sally Field, primera dama. Excelentes interpretaciones las de todo el reparto que rodea a Daniel Day-Lewis, por cierto, para no quedar demasiado en evidencia ante otro de los perfectos recitales del portentoso actor. Pero nos fijábamos en el trabajo de Spielberg, y es que con tan excepcional material hay espacio para la sorpresa. No por las muestras de su habilidad narrativa, que brindan a la primera mitad de la película de gran dinamismo pese a la densidad de su argumento; sino por la contención de un cineasta dado a los fuegos artificiales y los efectismos sensibleros tirando a burdos, que aquí no hacen acto de presencia hasta prácticamente el epílogo. Con ello, Lincoln adopta casi de manera automática una rigurosidad emotivo-formal a través de la que puede relatar los hechos históricos que le interesan, desde su punto de vista parcial (obviamente, y quizás hasta maniquea), pero sin caer en la evidencia, en el recurso fácil.

Y así, ocurre el milagro: llega el primer momento cumbre, el que se ha estado trabajando durante las casi dos horas previas, la votación para aprobar o rechazar la Decimotercera Enmienda; y aunque el espectador sepa perfectamente el devenir de los acontecimientos, se descubre con el corazón en un puño durante el largo pasaje en el que uno por uno, los votantes proclaman su decisión. Maldita sea, lo ha vuelto a hacer. El director de E.T. - El extraterrestre ha vuelto a jugar con el espectador como se le ha antojado, bajo esa capa de contención ha ido preparando el terreno para acabar confluyendo en un clímax emocional de los gordos. Y de paso, en una lección de gran cine. Y de paso, en una lección de humanidad política, términos que hoy en día, puestos uno después de otro, suenan más a ciencia-ficción que otra cosa. Con el público a su merced, y sabedor del trabajo bien hecho, normal que Spielberg se guarde un par de segundos a sus efectismos y concluya la función con una dudosa jugarreta que en otras circunstancias hubiese podido serle reprochada, máxime cuando dicho final es precedido de una de las secuencias más potentes de todo el film.

Lincoln

No es la primera vez que el final de una de sus películas acaba enturbiando el cómputo global (de hecho, rara es la vez en que no suceda) pero afortunadamente, el caso de Lincoln es meramente anecdótico, y bien podría quedar en un intento por contar los hechos que sabemos todos de un modo distinto. Injusto, en todo, desmerecer todo el trabajo de una excelente propuesta, tan enorme y megalómana como contenida y tratada desde la inteligencia. Una obra maestra más que apuntar en el historial de un cineasta que sigue en evolución y se sigue superando aún ahora, casi cincuenta años después de sus comienzos. Lincoln es uno de esos felices casos en que todo funciona a la perfección, todo es grande, todo supone una maravilla para los sentidos…salvo quizás la banda sonora de un John Williams demasiado repetitivo. Con innumerables escenas para el recuerdo (ese paseo por el campo de batalla, esa despedida en el pasillo), la capacidad de haber hecho interesante un entramado capcioso cuanto menos, y la evidencia de contar con un maestro detrás de las cámaras, no será en absoluto sorprendente que en unos años se la siga recordando como una de las películas fundamentales de esta época. Un clásico, vamos.
8,5/10
Por Carlos Giacomelli

2 comentarios :

Ramón dijo...

Chapó!
Otra gran película del maestro Spielberg que se une, esta vez, con unos inmensos Day-Lewis, Lee Jones y Field, además del resto de secundarios.
Un placer de película.

Saludos!!

Carlos Giacomelli dijo...

contigo, y celebro que te haya gustado! la verdad es que es una película que hay que ver, y hay que ver bien, por lo que no descarto, en absoluto, verla de nuevo este fin de semana como Dios manda. Esta y Django, que aunque sí la vi en cines, nos la pasaron tan mal que me toca repetir...

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