Crítica de Tabú

tabú
Se hace complicado hablar de una película como Tabú, porque se hace complicado verbalizarla, incluso ordenarla en la propia percepción en el momento en que se ve. Y no precisamente por lo enrevesado de sus planteamientos, sino más bien todo lo contrario, porque su visionado apela a la pureza de las historias más sencillas, las que pueden intelectualizarse, pero a las que le sienta mejor una recepción emotiva por parte del espectador: por supuesto, podríamos teorizar infinitamente acerca de los mecanismos narrativos e incluso semiológicos que vertebran la película de Miguel Gomes; es más, ya se ha hecho. Pero ello enturbiaría parcialmente lo que debe ser un visionado limpio. Cualquier otra cosa será llevar hasta el plano teórico una experiencia que, como reza el cliché, gustará o no, pero no dejará a nadie indiferente.


Así que me limitaré a exponer las líneas básicas de la propuesta del director, abanderado de un teórico nuevo cine portugués y responsable también de la interesantísima Aquel querido mes de agosto, y dejaré que la conciencia del lector haga el resto: en virtud de la necesidad que tenemos de internarnos en una sala cinematográfica con un mínimo de background respecto a lo que vamos a ver, cabe decir que no es Tabú una película que vaya a satisfacer todos los paladares. Pero hasta ahí; todo lo demás debe ser virginidad de prejuicios y limpieza en la mirada. Una claridad e inocencia equiparable a la que destila Pilar, absorta, transportada, sentada ante la pantalla de un cine como la Anna Karina de Vivir su vida y soñando vidas no vividas (¿o sí?) como la Mia Farrow de La rosa púrpura de El Cairo. Ella enciende la mecha de esta historia; ella y las imágenes que ve en el cine, suerte de película muda sobre un explorador del África colonial atascado entre dos mundos, el de su presente y el que está anegado de la melancolía y los fantasmas del pasado tras la desaparición de una esposa que, ahora, se le aparece en forma de espectro.

teresa madruga y henrique espírito santo

Cuando Pilar sale del cine empieza la historia de Tabú, pero el recuerdo de lo que ha visto se mantendrá presente hasta la ruptura en el mismo centro de esta película bipartita: una primera parte nos coloca en un plano de cotidianidad en el Portugal contemporáneo, donde Pilar comparte con Santa, la criada de Aurora los últimos momentos de esta última. Momentos en los que descubrimos la juventud aventurera de la mujer, conocemos a Ventura, su antiguo amante ahora anciano y profundizamos en una relación que tiene un pie en la cotidianidad y el otro en la fascinación por el pasado de Aurora. A partir del quiebro se desplegará ante nosotros algo así como la plasmación visual de esos recuerdos, una película distinta que, ahora sí, se traslada a África y vuelve a retomar el motivo colonial.

Una segunda parte que funciona tanto como recreación de unos recuerdos como fabulación totalmente nueva, la que podría estar realizando Pilar, a quien sabemos añorada de un pasado que no ha vivido. Un pasado protagonizado por unos jóvenes Aurora y Ventura teñido de aventuras africanas, romance de folletín y pop de los años sesenta. Y sonará extraño, pero justo así es. Gomes evoca las formas del cine mudo pero especialmente la visión actual que tenemos del cine mudo; se basa tanto en sus modos expresivos como en la reinterpretación contemporánea que hacemos de los mismos. De modo que no trata de clonar los tics del mudo, no trata de postularse como una nueva versión del Tabú rodado en 1931 por Flaherty y Murnau -aunque lo evoca constantemente- o reandar los caminos de su Man of Aran; ni tampoco usa la idiosincrasia del documental de principios del siglo XX como un tic estético y la evocación ocasional del slapstick como un guiño baldío. No, lo que hace es construir un nuevo cuerpo fílmico a partir de esas sensaciones, a partir de evocaciones melancólicas de todo eso y de lo que vino después y que pudiera servir al discurso director, sin prejuicios estilísticos: cabe el melodrama de aventuras clásico de Hollywood pero también el naturalismo de Renoir, el musical (en la segunda parte de la película no hay diálogos hablados, pero sí mucha música) y el cine de los sesenta más rabiosamente moderno de Antonioni. En lo que, además, puede entenderse a ratos como una suerte de relectura juguetona de las películas de Jean Rouch no exenta de ramalazos de un humor que parece no conocer barreras transcontinentales.

carloto cotta y ana moreira

Pero, de nuevo, todo esto puede ser una excesiva teorización de la propuesta de Gomes, que prefiere discurrir entre sentimientos puros y desintoxicados. Entre tonos y estilos, basculando entre la sequedad dramática de la primera mitad y la sugerencia sensorial de la segunda. Entre enigmas visuales y juegos narrativos, entre guiños humorísticos que se conjugan con pasajes de una profunda y tristísima poesía visual y textual, narrada por un off que nos hace pensar, en cierto modo, en los documentales antropológicos de Werner Herzog. Y que evocan las fantasmagorías de Manoel de Oliveira. Uno debe dejarse llevar por la magia del estallido de la fabulación más pura, que irrumpe en ese segundo movimiento y tiñe de ilusiones a los personajes del primero. Por la conjugación entre lo moderno -el pop, las fiestas burguesas y la presencia del hombre blanco en el África negra, como nos mostraba hace poco el Una mujer en África de Denis- y lo arcaico, representado en una naturaleza que bulle con el esoterismo de la visión de Jean Painlevé. Sí, vuelvo a traer a colación nombres y referencias, pero se trata de una cuestión puramente sentimental.

Porque al fin, lo que marca el tono de la película es ese pivotaje. Esa basculación entre tonos y tiempos que empapa de romanticismo de leyenda a una película insólita, misteriosa, radicalmente moderna y que, al final, desaparece de la retina en un fade out que se deja en el espectador el poso de las sensaciones agridulces que provocan el recuerdo, la melancolía y los fantasmas del pasado. Una película fuera de este tiempo, fuera de cualquier tiempo.

9/10

Por Xavi Roldan

4 comentarios :

mimu66 dijo...

Es de mis películas favoritas de 2012..Simplemente maravillosa..

Xavi Roldan dijo...

Totalmente de acuerdo, claro.
Si se llega a estrenar un par de semanas antes, la colamos en las listas.
Lo hemos dicho varias veces, pero ahí va una más: menudo inicio de año.

Saludos!

Antonio dijo...

Sólo diré que me gustó aunque tiene un inicio principal que debería volver a ver porque no me enteré. Una pega: no es una película para ver a las 22:15 horas porque si estás cansado alguien se puede quedar dormido o cerrar los ojos (como sé que pasó en la sala). En general, bien pero no será del gusto de todo el mundo.

Xavi Roldan dijo...

Jaja, cuidao, que yo aviso al inicio de la crítica...
Ciertamente no es una película para todo el mundo (aunque yo creo que de ir libres de prejuicios al cine podría gustar a mucha más gente de la que va a gustar) y según te pille el día las 22:15 no es la mejor hora para enfrentarse a ella, no.

Pero en cualquier caso es positivo que puedas querer verla otra vez, aunque sea para poder apreciar esas partes donde estabas un tanto traspuesto... ¿no?

Un saludo y gracias por comentar!

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