A la vista de los resultados arrojados por esta Mamá conviene guardar prudencia, pero ciertos elementos escenográficos y narrativos hacen presagiar buenos tiempos en el futuro curriculum del director argentino. Sí, estamos ante un caso de una de cal y una de arena; nadie debería encumbrar aún a nadie, pero tampoco deberá caer en saco roto el intento. Y es que esta coproducción hispano-canadiense es, por muchas razones, una película medianamente reseñable.
Partiendo de un contexto reconocible que pronto se perderá de vista en la trama, la actual crisis financiera (que cada uno decida la parte de materia alegórica que le atribuye al cómputo global de la película), Muschietti teje un prólogo admirable en su manejo de la tensión, en su cortante puesta en escena y en su pivotaje entre drama, cine de suspense y puro fantastique. La cosa, a modo de introducción, nos muestra a un padre desesperado, uxoricida -se ha ventilado a su propia esposa-, que decide acabar también con la vida de sus dos hijas antes de suicidarse. Las cosas se tuercen y tras un accidente en carretera, ambas niñas se quedan solas, aisladas en una cabaña en mitad del bosque, aparentemente protegidas por una entidad paranormal. Cinco años después, las niñas reaparecen y son adoptadas por su propio tío y la novia de este, que empezarán a sufrir las inquietantes manifestaciones de la entidad en cuestión.
Por ahí va la cosa. Canónica ghost story en la que se entremezclan los clásicos tonos de oscurísimo cuento infantil -para niños muy hardcore, eso sí- con el horror gótico más o menos contemporáneo. Y donde no faltan las convenciones ni los clichés del género. Principal problema de una propuesta que no parece lograr (no sé siquiera si parece querer lograr) despegarse de los lugares comunes. En lo que se inicia como una suerte de nueva visión del cuento del buen salvaje y termina casi tan desmadrada como Poltergeist no faltan los susurros de ultratumba, los dibujos infantiles por las paredes o las polillas como vía de contacto entre este y el otro mundo. Todo aderezado por algunos elementos iconográficos explotados en los últimos años por el terror oriental y, finalmente sobrepuntuado por esa molesta costumbre de primar el susto directo por encima de la construcción de atmósfera. De gestionar el suspense de la manera más simple posible: encadenando molestos golpes de efecto y haciendo uso exagerado del gastadísimo recurso del chirrido sonoro gratuito.
Y claro, todo ello no ayuda en una película que parte de un sentimiento noble pero que entronca con algunos de los más mediocres tics del terror de serie B. Y es que toda su vena más melodramática hace aguas, principalmente por culpa del tratamiento despreocupado y poco riguroso de sus personajes (un Nikolaj Coster-Waldau poco aplicado y una Jessica Chastain poco clasificable como punk-rockera tatuada, demasiado buena para un papel tan vulgar). Y también por culpa de alguna subtrama tópica y, aun necesaria, bastante mortecina. Es el caso de la linea de investigación del psiquiatra, de nuevo rozando la (involuntaria) serie B, conducida por un Daniel Kash que no encuentra tono. Todo, en fin, ortopédicamente crispado, injustificadamente histriónico.
Lo cual es una pena, porque Mamá funciona realmente bien cuanto menos histérica se pone, cuando confía más en sus propias capacidades de puesta en escena y creación de ambientes inquietantes. Ahí entran algunas brillantísimas soluciones escenográficas, como ese juego de los espacios simultáneos con el monstruo en off, el comportamiento animal y su plasmación en pantalla de la niña pequeña o incluso el diseño de algunos elementos visuales, caso del monstruo en cuestión, muy apegado como decíamos al j-horror, pero malrollista hasta decir basta.
Todo ello puede ir conduciendo, entre más y menos, entre ideas brillantes y homenajes al suspense clásico (de La ventana indiscreta a El resplandor) hacia un clímax en el que, de nuevo, flaquea una parte melodramática pero triunfa su hálito terrorífico en escala ascendente. Esa conclusión lógica que termina por cuadrar la historia de manera intensa y visualmente impactante y que deja un buen sabor de boca capaz de despejar las muchas dudas que han ido presentándose regularmente a lo largo del metraje.
Y es que Muschietti, cuando decide tomar las riendas y obviar recursos convencionales, se muestra rotundo, profesional y especialmente hábil con su cámara. Sabe cómo moverse y dónde. Sabe qué enfatizar y cómo. Y parece tener una idea del género bien basculada entre su parte más autoral y la pura concesión al patio de butacas, con lo que finalmente Mamá se presenta como un debut que no lo parece. Como una película con entidad (ja-ja) y presencia. Como una película con cosas negativas, pero corazón fuerte y robusto.
Y como una película, al final, tremendamente inquietante aunque, me temo, eso dependerá de las ganas de cada uno por dejarse llevar hacia sus terrenos turbulentos y enfermizos. Hacia sus tramas de espíritus en pena y lugares lúgubres y decadentes. Hacia esos sitios donde todo se oscurece y uno puede decantarse por abandonarse durante hora y media al escalofrío agarrotador. No es suficiente para aguantar una película, por supuesto, pero se agradece que, aunque a lo largo de su metraje abunden tanto los tópicos, Mamá logre varios de sus objetivos con holgura; el más importante, asustar al respetable con una historia bien contada y bellamente presentada.
¿Andrés Muschietti, dicen? Yo le seguiré la pista.
6/10




To the Wonder, por Carlos Weishäupl

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