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Crítica de No

Llévatelo
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No sé muy bien si habiéndolo buscado desde un principio, el director chileno Pablo Larraín acaba de rubricar una trilogía temática. Su corpus cinematográfico (cuatro películas hasta la fecha) ahora puede articularse firmemente entorno a una serie insospechada, tanto como sus títulos (Tony Manero, Post Mortem, y ahora No), que giran entorno a los mecanismos sociales y políticos de la historia más reciente y sangrante de su país. Y nadie se atrevería a aventurar un espíritu frívolo en la mentalidad de un director comprometido con un movimiento histórico sísmico tan richteriano como una dictadura. La de Pinochet, obviamente. Así que, de entrada, cabría esperar en No, si no una buena película, por lo menos sí una pieza impregnada de una rabia y una búsqueda del necesario ajuste de cuentas.
Y en ese caso... nos equivocaríamos. O por lo menos en parte. Porque resulta que Larraín nunca se ha casado con el realismo puro y duro y tampoco parece, y menos ahora, haberse guiado jamás por el reduccionismo de los alegatos demagógicos y la revancha fácil. Que tal y como están las cosas, tampoco sería un ejercicio demasiado reprochable.


Pero en cualquier caso, el realizador no se deja llevar por el discurso grueso, ni por la acción directa, y mucho menos supedita sus formas cinematográficas a la hipotética legitimidad global del mensaje. Al contrario, la opción autoral de Larraín no sólo va acorde con el fondo, sino que resulta extremadamente atractiva en su forma.

Pero entraremos en ello. Porque conviene antes poner en situación. No parte de la obra El plebiscito de Antonio Skármeta para relatar el período crítico que se abrió en 1988 cuando el régimen se vio obligado a convocar una consulta para reafirmar su gobierno ante la opinión internacional. Fueron 27 días de campaña durante los cuales pinochetistas y partidarios del cambio esgrimieron sus propias campañas publicitarias, a razón de quince minutos de propaganda por día y bando. Una suerte de guerra mediática mantenida en la más engañosa calma chicha posible, ahogando la violencia y la represión bajo una ilusión de democracia primaria. Una ilusión que sin embargo se tornaría en realidad con la victoria del "no" al régimen y el consiguiente abandono del poder por parte de Pinochet.

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Pero esto no es un documental, a pesar de que tiene algunos visos de ello. Larraín se centra en una figura en concreto, un publicista interpretado por Gael García Bernal, para conducir el peso dramático de su narración. Al final de hecho, No, como ocurre con la reciente La noche más oscura, se sirve de un contexto histórico para explicar a un personaje protagonista y trazar un arco de evolución psicológica alrededor del mismo. Por supuesto, la finalidad de todo esto es contar lo que ocurrió, pero también fijarse en los que vivieron y en cómo vivieron esos hechos. Y también como en la película de Bigelow, una última escena cristaliza toda la evolución de ese personaje protagonista, redimensionando (o por lo menos certificando) todo lo visto hasta el momento: el espacio fílmico no queda acotado a las dos horas que dura la película sino que se alarga después en el tiempo planteándole al protagonista un "¿y ahora, qué?". Pero dejemos eso para el espectador y sus consideraciones propias.

Y para el análisis crítico. Porque en realidad No se ve, antes que como una reflexión profunda (y también, por supuesto), como un entretenimiento de primera categoría. Porque Larraín quiere enfocar su relato como una suerte de drama político que no renuncia a ciertos toques de comedia y que además integra bien sus pinceladas de thriller. Algo parecido, salvando las distancias y de nuevo sin alejarnos en el tiempo, a lo que podía plantear Argo, acertada combinación de elecciones de tono y estilo que daban pie a un producto indudablemente capaz de ofrecer evasión y que sin embargo no renunciaba a su carga política y a un entramado argumental complejo e interesante. Y donde aquella ofrecía un incentivo extra examinando el estado de la industria cinematográfica de la época, No se detiene en los mecanismos del entramado publicitario. En los despachos como salas de estrategia bélica y en los televisores de los ciudadanos como campo de batalla. Con todo, esto es una historia electrizante, no necesariamente dinámica pero sí absorvente, sobre los espacios del poder en los medios, sobre la voluntad del pueblo, sobre la de la perversidad de la opresión política dictatorial, sobre el triunfo de la democracia y, en fin, sobre la rebelión contra el sistema represivo.

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Una rebelión, eso sí, planteada desde lo incontestable de los derechos civiles. Y a pesar de que Larraín examina no sólo lo evidente, lo incuestionable del "no", no desprecia la lógica escondida tras el "sí". Una lógica que no pertenece al estamento militar apoltronado en el poder sino al pueblo, que no tuvo más remedio que adaptarse a él y extraer las cosas positivas, si es que alguna conllevó. Un lógico relativismo en sus planteamientos que, sin embargo, queda pronto resuelto: el triunfo del "no" es la garantía del derecho y del progreso social. Por eso, la pelea publicitaria por ese "no" en la que se enfrasca el protagonista huye de la violencia, de la necesidad de ajuste de cuentas por las víctimas y los desaparecidos; opera desde lo lúdico, desde la mirada al futuro, el positivismo y (en palabras de la película) "la alegría". Lo cual, es cierto, comporta no pocas contradicciones éticas e históricas entorno a la necesidad de justicia y revancha. Pero ese es el -valiente- punto de vista de Larraín, que reconstruye el pasado no desde una épica de la derrota y el victimismo, sino desde un punto de vista más tangencial, recordando la necesidad de una oposición pacífica y progresista, a pesar de las piedras en el camino (y en la película, las hay).

Sin embargo, no es todo esto lo más destacable de No, o por lo menos no es lo que más salta a la vista. Como comentábamos al principio de esta reseña, la propuesta visual del realizador se antoja, cuanto menos, curiosa. Y cuanto más, espléndida. Y es que en una suerte de "ejercicio grindhouse" arty Larraín mezcla documentos de la época -los spots publicitarios de la campaña- con las imágenes de su creación, generando una simbiosis perfecta entre ambas que pone de manifiesto los mecanismos de coordinación entre la realidad y la ficción. Y es que -pura delicia retro- el realizador se ha servido del sistema U-matic (un tipo de añeja cinta de video analógica) para lograr equiparar sus imágenes propias a los documentos de la época, logrando una fluida continuidad visual que reproduce una textura VHS, puramente evocadora de los años ochenta, en algo así como, perdonadme la semigilipollez, "preciosismo del feísmo".

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Es sólo su carcasa visual, su opción estética, pero marca significativamente el compromiso profundo que adquiere el autor tanto con su obra como con la época que evoca. De modo que aunque No es una película no exenta de potencial polémica y que invita al cuestionamiento de varios de sus enfoques ideológicos o éticos, también resulta en un producto apasionante y vibrante, fiel en todo momento a si misma y a sus lazos estéticos e ideológicos. Esta es, en fin, no sólo una película necesaria sino también uno de los mejores títulos que nos ha regalado el cine latinoamericano en los últimos meses junto con El estudiante, la de Santiago Mitre.

Pensada para gustar y diseñada para triunfar. En el buen sentido.

7'5/10

Por Xavi Roldan
Y en el DVD...
Cameo edita esta película en DVD, puesto que cualquier otro formato carece de sentido. Hablar de calidad de audio y vídeo queda, de hecho, fuera de lugar, habida cuenta de las características de la cinta. Pero sí puede afirmarse que el disco respeta a la perfección uno y otro, por lo que la edición es sobresaliente. Queda algo parca en extras, con apenas un trailer, un par de fichas técnica y artística, y un pequeño montaje de la presentación y rueda de prensa de la película en Madrid, a la que acudieron director y protagonista y atendieron a las preguntas de la prensa.
Con todo, película más que recomendable y formato excelente para verla en la mejor de las condiciones.

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