Crítica de Rebelde (War Witch)

Rebelde (War Witch)
No todo sale redondo en Rebelle. Y es una pena. Puede que la nueva propuesta del director y guionista canadiense Kim Nguyen (nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa) no sea pionera en nada, pero nunca está de más que se le recuerde al espectador que hay lugares en el mundo cuyas tragedias van todavía más allá de un ataque terrorista o una crisis económica. El interés de Nguyen se centra en algún lugar no necesariamente definido del África subsahariana, donde la guerra de guerrillas es continua, y donde el ejército rebelde ensancha sus filas a base de reclutar a niños por la fuerza y lavarles el cerebro llevándoles a cometer verdaderas atrocidades. Precisamente una de estas secuestradas, madre primeriza (y con apenas catorce primaveras) le explica al inminente bebé su calvario como soldado desde el momento en que las mencionadas fuerzas rebeldes irrumpen en su pueblo. Arranca por tanto una regresión al pasado inmediato (dos o tres años atrás) en que la niña sirve como pilar maestro de una película que se decanta ora por una vuelta por el infierno de espíritu documentalista, ora por el drama humano íntimo, con el desarrollo de ella en medio de la tormenta, las primeras pérdidas que lamentar, el primer enamoramiento y demás. Noble, estimulante y con mucho potencial para impactar al espectador. Lo dicho, una pena que no haya salido tan redonda como debería.

Los males de que adolece Rebelde se empiezan a hacer evidentes (buena parte, al menos) prácticamente desde su introducción. La voz en off constante y un estilo muy marcado desde detrás de las cámaras ponen en evidencia, en conjunto, un molesto deje de artificialidad en la cinta de Nguyen: en ningún momento acabará de calarle al espectador como podría haberlo hecho, porque siempre habrá una fuga del horror traducida en un corte de plano, una rebuscada secuencia más centrada en la excelencia formal que en la importancia de su impacto emocional, una imagen onírica o incluso un ralentí. Por otra parte, es también en sus primeros minutos cuando se asiste al momento más aprensivo, tan desgarrador que se intuye difícilmente superable. Por lo que por decirlo de algún modo, Rebelde quema sus cartas demasiado pronto. Y es que entre una cosa, parece que ya se haya dicho y hecho todo: ha quedado evidente lo que se busca, cómo se busca y de qué herramientas se dispone para ello, y en este saco entra también la presencia, algo chocante al principio de unos entes blancos entre lo metafórico y lo fantasmagórico. Recurso del que irá tirando Nguyen conforme progrese la cinta, llegando a abusar de él.

Rebelle (War Witch)

Ahora bien, queda una sorpresa. Justo cuando ya se antojan excesivos esos síntomas de agotamiento, Rebelde adquiere las formas de drama individual, siguiendo a la protagonista en su ascenso por el ¿organigrama? de las tropas, al ser considerada como una suerte de gurú (y de ahí su título en inglés, War Witch). Es en este arco argumental donde al espectador se le concede un alivio, asiste a los pasajes más amables al otorgársele (casi) todo el protagonismo a la relación de la protagonista con otro niño. Pausa que en absoluto esconde la tragedia constante, y que de hecho no deja de ser un vehículo más para que el director pueda seguir insistiendo en los horrores de la guerra, en un discurso que por cierto acaba haciéndose excesivo y manipulador. Pero sea como sea, el batiburrillo que propone la cinta acaba otorgándole frescura allí donde el agotamiento de una fórmula vista en mil ocasiones y mejor tratada en muchas de ellas, amenazaba con hacer demasiada mella. Por momentos, Rebelde hace las veces de cuento (pre) coming of age, y de retrato costumbrista hasta el punto de tirar incluso de leyendas populares (la búsqueda del gallo blanco).

Rebelle (War Witch)

Pero no, no tarda en retomar de nuevo el espíritu ceñudo y su discurso de denuncia, que vuelve a gestionar mediante situaciones crudas en exceso, voces en off, alegorías fantasmagóricas y un estilo que sigue pecando de evidente y estilista. Y así, curiosamente la película pierde contundencia cuando con más ahínco la busca (¿será que propuestas así sólo pueden dar realmente en la diana cuando se producen de manera íntegra en el lugar a denunciar?). Hasta el límite de acabar padeciendo en demasía la apatía en la que sume al espectador, quien para más inri es posible que no acabe de entrar en su ritmo asincopado. Lástima, porque en otras circunstancias, Rebelde contaría con suficientes valores como para ser enmarcada entre las destacadas del año, pero al final, sólo dos son los aspectos que no bajan jamás de la excelencia: Rachel Mwanza, su actriz principal, y una banda sonora compuesta por puntuales temas africanos que le otorgan una rabiosa personalidad a escenas tirando a vulgarcillas.
Notable, sí. Pero lejos del sobresaliente.
7/10
Por Carlos Giacomelli

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