Crítica de Spring Breakers

Spring Breakers
Teníamos algo perdido a Harmony Korine. Entre experimentos, proyectos que no acababan de dar en la diana y películas grupales, parecía que podíamos empezar a despedirnos de quien, hace una década y poco más, apuntaba maneras como una de las próximas figuras a seguir en ese panorama brumoso del cine de autor. Y desde luego, auguraba pocas alegrías que su nueva propuesta se centrase en las fiestas que los jóvenes estadounidenses se pegan entre semestre y semestre, esos parones denominados spring breaks que se suelen traducir en excesos de todo tipo lejos del control parental. Mal. Claro que luego uno descubría un reparto cuanto menos inesperado: Ashley Korine (esposísima), Ashley Benson, Selena Gomez y Vanessa Hudgens. Niñas (salvo la primera) salidas de canales de televisión, películas y programas infantiles, aparentes angelitos y modelos a seguir, aunque no exentas de escándalos en forma de difusión de material íntimo, borracheras o exabruptos de diversa índole. Ellas son las llamativas protagonistas, a las que se suma (a modo de referente de calidad) un secundario-pero-no-tanto y casi irreconocible James Franco. ¿Su papel? Traficante, killer esporádico y poco amigo de las barreras legales que invitarían a pensárselo dos veces antes de entablar relaciones amorosas con jóvenes. Vaya. ¿Y si en Spring Breakers hay gato encerrado?

Es difícil saber la respuesta de esa pregunta, al menos durante buena parte de la cinta. Y es que hay dos importantes bloques argumentales netamente diferentes entre sí, viniendo a ser el primero algo así como la respuesta anti found footage de Project X. O si se prefiere, una versión (muy) extendida de las escenas de parranda de Piraña 3D. Básicamente, se asiste a un retrato brutal de la juventud y sus principales intereses al tiempo que las protagonistas y quienes las rodean van asesinando neuronas a golpe de alcohol, sustancias dudosas, música a todo trapo y sexo. Un descenso a los infiernos, una crónica de la autodestrucción señalizada con luces de neón, rodeada de una fiesta continua que se va enquistando, adueñándose de unas jóvenes que parecen no poder echar el freno, no poder salirse de esa vorágine malsana. Y que para el espectador significa un despiporre en toda regla: se le invita a jugar y acepta casi a ciegas sus reglas, ya sea sabiendas de ello o todo lo contrario. En el primer caso no hay problema, se sienta en su butaca y deja que su cerebro se le embadurne de aceite bronceador el tiempo que sea necesario. En el segundo caso se enfada, se siente engañado, desprecia a las actrices sin tener en cuenta que han sido elegidas a conciencia precisamente para esos papeles (y quién sabe si ellas han sido las primeras en ser “engañadas”). En definitiva, no sólo entra en el juego, sino que cae de lleno en la trampa de un Korine mucho más subversivo de lo que aparenta.

Spring Breakers

Unos y otros entrarán de maneras netamente distintas al segundo gran bloque argumental de Spring Breakers. Ese que en el momento exacto en el que ya se ha exprimido todo lo que su antiargumento podía dar de sí, le da una vuelta de tuerca y lo convierte en un imposible thriller de gánsteres que si bien cambia de tercio, no abandona ni por un instante su perversidad reflejada, ahora, en un James Franco descomunal. Ni deja de lado el estilo por el que sigue apostando el responsable de Mister Lonely, saturadísimo, fosforescente y atronador. En definitiva, juguetón, retador. Cosa que queda en evidencia conforme se va desprendiendo de su aparente halo de despreocupación y va adoptando modales francamente crudos, al tiempo que la tragedia, siempre presente aunque a niveles muy implícitos al principio, va pidiendo paso. Y quizás en esa ambigüedad emocional resida la enésima provocación, pues así, a contrastes, es como funciona la cinta.

Spring Breakers

Spring Breakers propone un grupo de protagonistas angelicales que en realidad sirven como reflejo de una sociedad basada en iconos equivocados, en consumo de televisivo, en hiperviolencia traducida en sed de sangre. Propone situaciones en apariencia inofensivas, y las convierte en una suerte de infierno en la tierra. Y empieza como una gran fiesta para jóvenes con ganas de escaparse a Ibiza en las próximas vacaciones de verano, y acaba siendo un drama arrollador de aquellos de no dejar indiferente. Contraste constante que se verá reflejado en la opinión de los espectadores que acudan a verla. Apostamos por una segmentación completa, 50% que sí y 50% que no, siendo fervientes defensores unos y acérrimos críticos otros. Sigue siendo la gracia de la película. Una película por la que nosotros nos posicionamos claramente a favor.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

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