Crítica de Dos más dos

Crítica de Dos más dos
De no ser porque esta temática suele vincularse a películas condenadas al olvido quasi inmediato, juraría que el intercambio de parejas, el rollo swinger y toda la pesca, ha sido tratado ya lo suficiente como para poder pasar página. O por lo menos, para afrontarlo desde perspectivas distintas. Por lo visto me equivocaba, pues desde Argentina nos llega ahora Dos más dos, que va sobre dos parejas, ellos colegas de trabajo (cardiólogos), ellas amigas. Una lleva diez años de matrimonio rutinario, se aburre como una ostra, mientras que la otra es la encargada de adentrar a la primera en las bondades del mundo del sexo consentido con otros. Por supuesto, la premisa lleva bien pronto a lo que puede uno esperarse del cine argentino de corte cómico-romántico: análisis de pareja, monotonía versus redescubrimiento de la pasión, crisis de ciertas edades... En fin, que al final, lo que más sorprende de Dos más dos es que se estrene ahora en vez de cinco, diez o quince años antes. Y que se estrene en cines, que eso también se las trae.

Todo lo demás es lo contrario a la sorpresa. Que no falten los habituales personajes esquemáticos basados en los clichés más clásicos: el lanzado y la lanzada, la calladita reprimida, el cuarentón con exceso de verborrea y nervioso con lo que le es ajeno. Los cuatro capitalizan la atención por este recorrido de lugares comunes pasados por un prisma doble y doblemente irritante. Por un lado, provoca escozor que una vez más, todo esto ocurra entre las esferas más altas de la sociedad, que todos son ricos y pijos; problemas del primer mundo acaparan todo el interés en una cinta que hasta se saca de la chistera problemas reales (el cambio climático) para tomarlos por el pito del sereno... Peor aún es el espíritu picantón pero clásico. Y no porque la idea de trasladar algo como lo del Kubrick póstumo al terreno de la comedia romántica no sea buena, sino porque se hace aquí desde la falsedad y la apariencia: Dos más dos va de descocada pero es más mojigata que una película para toda la familia (esas escenas de sexo explícito que a la hora de la verdad no dejan ver nada), y confunde la elegancia y el buen gusto cinematográfica con una BSO de jazz y una paleta de colores apática que no esconde las limitaciones reales de su director, Diego Kaplan (bueno, ni de sus ¡dos! guionistas, Juan Vera y Daniel Cúparo). Como si con eso bastara para esconder su espíritu de telenovela de sobremesa.

Por supuesto, tiene algún momento atino. Algún que otro gag sí despierta una sonrisa tonta, y puntualmente, sus personajes logran despertar una mínima conexión emotiva con el espectador. Pero la sensación de terreno conocido, de senda recorrida mil y una veces (ese final tan, tan, tan esperable), se mantiene inamovible cual losa que impide todo atisbo de empatía. Todo suena, todo es antipático, y todo es demasiado blandengue. Atención a las forzadísimas posturas de plácido sueño que se sacan en esa escena de desnudo general, hacia el final, con tal de no mostrar nada y mantenerse en esa línea de corrección total y absoluta a la que apuntan siempre que pueden, con tal de que el tema tabú que a priori iba a ser el protagonista de la función, pase a un segundo plano. De otro segundo plano, la división de las tv-movies y la sobremesa, Dos más dos jamás debió salir. Absoluta y rematadamente prescindible.
4/10
Por Carlos Giacomelli

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