Crítica de Efectos secundarios (Side Effects)

efectos secundarios
Steven Soderbergh sigue conectado, hiperactivo y con la secreción de endorfinas a tope. El señor niega sus propias amenazas de jubilación a cada paso que da y, a cada uno de ellos, además, aporta una nueva faceta a su historial, a su repertorio de géneros y estilos, de vehículos autorales o comerciales de distinta intensidad. Y orquesta taquillazos considerables o escapes onanistas, momentos que funambulan entre la aceptación popular y el reconocimiento crítico, entre la propia inquietud creativa y las ganas de dedicarse un buen rato de cine competente, pero no necesariamente comprometido, a si mismo. O, en la mayoría de los casos, a productos que buscan una vía intermedia, la que concilia su vena más populista con sus concesiones a la crítica más sesuda, a la que alimenta cultivando un poderío narrativo y un fibroso universo audiovisual en el que ya parece que todo sea posible. También en esa línea se sitúa, de entrada (aunque quizá no tanto de salida), su última propuesta.

Alineada con un último cine puramente apegado al espíritu de nuestro tiempo, especialmente el que aflora en las sociedades urbanas occidentales, Efectos secundarios entronca con facilidad con las líneas representadoras de la neurosis metropolitana del siglo XXI. Con la renovación de los miedos interiores, una vez asumida la amenaza, ya siempre constante, del demonio exterior: de nuevo el enemigo vuelve a ser uno mismo y la imprevisibilidad de sus propias reacciones; esto es, la imperfección más incontrolable dentro de un entorno cada día más esterilizado y aséptico. La vulnerabilidad y fragilidad del alma humana, cada vez más aplastada bajo el peso de desequilibrios (peor, de la posibilidad de desequilibrios) y adherida al bote de clonazepam.

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En la línea del reciente David Fincher, o mejor, de su propia Contagio, Soderbergh pretende reflejar esa desazón por la indefensión del ser que es víctima de todo lo citado y entra en una espiral de vulnerabilidad que le aboca a la autodestrucción (no son casuales los inserts de planos generales de la ciudad de Nueva York observando impertérrita los vaivenes neuróticos de esos personajes esculpidos en blanda carne). Por eso en un proceso un tanto kafkiano, Jonathan Banks el protagonista masculino del trío central interpretado por Jude Law, se ve abocado a un infierno que inicialmente parece bajo control pero que está regido en el fondo por la anarquía del caos. Por la inestabilidad del terreno donde se mezclan la cordura y la locura, las medias verdades y las medias mentiras. Se trata de un psiquiatra que acepta un caso turbio (Emily, Rooney Mara, depresiva con un marido recién salido de la cárcel, Chaning Tatum, y una ex-psiquiatra en el horizonte, Catherine Zeta-Jones) y decide probar en ella un nuevo tratamiento farmacológico experimental.

Entran en juego aquí los politiqueos carnívoros de las grandes empresas farmacéuticas, los representantes médicos y la red legal de cobayas humanos. Pronto Efectos secundarios queda certificado como una especie de psicothriller clínico, una fábula viciada y un tanto conspiranoica sobre los procesos empresariales que rigen nuestra salud, que convierten el bienestar humano en una cuestión de cifras en informes y yates en muelles. Un Sistema más grande y poderoso que el individuo y que encierra para la película una estructura narrativa de puzzle en la que la amenaza y el mal rollo da la forma a cada una de las piezas, casi como en uno de los thrillers psicológicos que podrían caer en manos de Polanski o que, en su momento, podría haber dirigido Hitchcock. Solo que en la que nos ocupa ninguno de los personajes despierta demasiada simpatía, acaso algo de compasión, porque Soderbergh pretende jugar a la deshumanización, al vaciado moral de unos personajes que, más adelante se revelará, no son más que fichas de un juego un tanto más macabro.

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Como sea, Efectos secundarios sigue siendo una película muy basada en los personajes y las relaciones humanas, sean del calibre que sean, y como tal, se desarrolla durante la mayor parte de su metraje como una auténtica bajada a los infiernos. Al fin y al cabo, esto es la historia de un pobre tipo víctima de sus circunstancias que termina obsesionado, descendiendo por una escalera de caracol de desgracias generadas por su propia monomanía, que lo arrastra hacia lo más profundo.

A todo esto, el trabajo de Soderbergh es absolutamente impecable. El realizador narra en imágenes como pocos de entre todos sus compañeros de generación lo logran, y consigue controlar todos y cada uno de los aspectos del cuadro (incluida la fotografía, con un tratamiento de la iluminación y el color fascinantes) hasta destilar en cada momento el efecto concreto y la reacción deseada. Así, el apartado formal de la película no es sólo increíblemente preciso, quirúrgico casi, altamente perfeccionado en aras de jugar con la frialdad expositiva para narrar una muy, muy soterrada ebullición de los temas tratados, de las relaciones entre los personajes, los procesos éticos y la degradación moral que experimentan. Sino que también es extremadamente sugerente, sensual y provocador. Un trabajo impecable, en fin, que logra coordinar forma y fondo de manera autoenriquecedora.

El problema, porque hay un severo problema en Efectos secundarios, está localizado en el guión de Scott Z. Burns. Como si no pudiera soportar su propio peso y la contundencia de las cuestiones que se van planteando a lo largo del metraje, la historia se ve obligada a buscar un giro sorpresa, un twist destinado a desviar la atención hacia otros terrenos para, cuando se aproxima la conclusión del relato, poder dar salida al relato. Un giro algo forzado hacia un thriller basado en algunos preceptos de ese noir clásico poblado de víboras y hombres-víctima que podría apelar en cierta medida a La mujer del cuadro o a Las diabólicas. Y termina derivando en un drama de suspense voluntaria o inconscientemente más propio de la serie B y que, imagino, gustosamente habría firmado Brian de Palma; un final que resta impacto real a la propuesta, no tanto por lo que significa -uno puede entrar en su juego y aceptar la pirueta- como por lo que no llega a ser: de haber concretado y rematado todo lo apuntado, esto habría rayado en cotas altísimas.

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Es una auténtica lástima que, para terminarlo de adobar, su relativo happy end resulte en un escape liberador hacia las necesidades de una platea que habría podido sufrir un auténtico ictus de haber sido expuesta a la negrura medular que en un principio podría proponerse. Pero cabe celebrar, a pesar de todo, la vuelta de un Soderbergh que últimamente parece más liberado y al mismo tiempo más atinado que nunca y que, parece ser, sigue siendo capaz de regalarnos películas intrigantes, retadoras y, a pesar de su aparente antipatía, abiertamente lúdicas.

7'5/10

Por Xavi Roldan


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2 comentarios:

  1. El de abajo a la izquierda es el hijo de Tom Hanks?

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  2. Juas, a mí me recuerda más a Owen Wilson, la verdad...

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