Crítica de La nostra vita

La nostra vita
Tras haber trabajado antes en Mi hermano es hijo único, en la que ya afloraban varias de las intenciones de la que ahora nos ocupa (y que de hecho no dejan de ser constantes en la filmografía del director), Daniele Luchetti y Elio Germano vuelven a reunirse en La nostra vita para seguir indagando en la gente de Italia, más concretamente de la Roma profunda. Esta vez, el centro de interés es un hombre joven dedicado a la construcción que por un capricho del destino se ve obligado a cuidar de sus tres hijos pequeños mientras intenta solventar múltiples problemas económicos, laborales y algo más. Tiene a una familia detrás que le apoya en lo que necesite, claro (siendo su hermano mayor, por cierto, un muy secundario Raoul Bova de inesperado parecido con el protagonista), y es que ya se sabe que en el país de la bota lo primero es lo primero. Pero también es sabido que no siempre es suficiente. Que tanto va el cántaro a la fuente que al final pasa lo que pasa, y en ocasiones, es francamente complicado dejar de lanzar el dichoso botijo contra ella.

Representante del otro cine italiano, ese que va más allá de las comedias románticas de garrafón (muchas de ellas protagonizadas precisamente por Bova), Luchetti sigue apuntalando su personalidad a base de una filmografía que apuesta por la sutil mescolanza entre el drama y la comedia; como se construye, en definitiva, la vida. Soportando cada nuevo revés de su día a día con la táctica del clavo que saca otro clavo, el protagonista busca una pose de fortaleza exterior que en no pocas ocasiones acaba contagiando a su yo interior, abriendo la puerta de la esperanza hacia un mañana mejor pese a ir enfangándose a cada paso que da. Único resquicio del dolor real interior: su rostro, su mirada endurecida minuto a minuto. Portentosa interpretación de Germano, por cierto, justamente valorada en la edición 2010 del festival de Cannes.


Por su parte, el director (y co-guionista a seis manos) apuesta por un acercamiento totalmente natural a los personajes, cámara en mano y planos muy cortos, colores secos, cálidos o fríos según se presenten al natural. Se consigue, entre él y las interpretaciones, que el espectador se convierta rápidamente en un miembro más de la familia. Y con este ánimo busca realizar un retrato que va mucho más allá de lo familiar. La nostra vita quiere hablar de todo un poco, reflejar la crisis profunda de valores, estatutos y vida en general de una ciudad viciada (y que no es sino reflejo del país entero). Aunque aquí peca de querer abarcar demasiado, y con tanto frente abierto, Luchetti acaba desviando sensiblemente su mira con un reparto desigual de intereses y pasajes que se antojan demasiado forzados para ir a parar a lo que quiere mostrar de la sociedad italiana (racismo, trabajo en negro, y otras penurias). De manera que en apenas 90 y poco minutos aparecen familiares asolados por la desgracia, pero también traficantes, prostitutas, rumanos, mafias y constructoras fraudulentas. Y así, el drama humano acaba dispersándose, el realismo crudo se ve afectado por situaciones menos creíbles, y sus puntos de mayor intensidad (el cántico durante el entierro, la espera antes del sexo, la reunión familiar de urgencia, la relación con el joven rumano) rebajan algún entero al aguarse con unas gotas de exceso.

Sigue quedando, con todo, un drama humano maravilloso, positivo en su mensaje de superación de la adversidad y realista en el tratamiento del núcleo familiar; y un retrato costumbrista disperso pero correcto, a caballo entre el Matteo Garrone de Gomorra y el León de Aranoa de Barrio. Por lo que con todo, La nostra vita se acaba descubriendo como una de las buenas muestras del cine comercial ma non troppo que descubre que desde Italia, sí, aún pueden llegar propuestas por las que vale la pena arriesgar sin caer en lo hermético o lo excesivamente autoral. Bravo.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

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