Crítica de Nana

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Justamente recompensado con el premio a la mejor ópera prima en Locarno en 2011, el debut de Valérie Massadian se inscribe en el terreno de las pequeñas obras que se abren camino intuitivamente entre sus propios planteamientos temáticos para, simplemente, construirse desde la sinceridad de lo austero. La autora parece haber promovido su propia inexperiencia cinematográfica para crecer como creadora paralelamente al discurrir de su propia película y de, más poético aún, el personaje en que esta se centra: a medio camino entre lo observacional y lo planeado Nana nos cuenta los avatares de una niña que, acompañada de su madre, se ha mudado al campo para descubrir un entorno eminentemente rural. Es decir, que a través de planteamientos de improvisada ficción documental, o de documento -moderadamente- ficcionado, la película quiere postularse como un modesto (en intenciones, no en logros) estudio sobre la infancia y el progresivo abandono de la misma.

Desplegada, conscientemente o no -más bien no-, como un reverso vitalista (pero no menos estimulante) de Ponette, Nana transmite la "comprensión de la incomprensión" de los misterios de El espíritu de la colmena, la ubicación de la mirada infantil en el mundo adulto de ¿Dónde está la casa de mi amigo? y la épica de la enigmática telúrica de Le quattro volte para fabular desde el costumbrismo entorno a la interacción de la niña protagonista con el mundo que la rodea. Un mundo en ocasiones hostil, pero también acogedor. Ella se muestra en todo momento ansiosa por crecer y empezar a comprender ese mundo (a través de sus convenciones), pero pero al mismo tiempo parece reticente a perder su inocencia (a través de su capacidad de fantasía). Su interacción con ese ámbito adulto, planteada desde sus contactos con su madre, con los campesinos e incluso con los rastros de vida adulta en escenas vacías de otros personajes es variopinta: a ratos se produce un proceso de emulación, a ratos de adaptación y asunción de una nueva cotidianidad, a ratos de simple incomprensión, a ratos de interrogación e investigación; pero siempre de aprehensión, de conocimiento, de crecimiento.

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Pero cuidado. Nana no es más -ni menos- que un pequeño cuento narrado en voz baja. Una historia minimalista -ni siquiera tiene apenas banda sonora- que sin embargo fluye torrencial entre sus pequeños movimientos temáticos. Que se intuye improvisada (no es casual que en los créditos finales Massadian haya declinado figurar como guionista), como dejando que la realidad se desarrolle a su antojo, y deja que la verdad se filtre entre sus dilatados planos autoexplicativos -formal, estéticamente exquisitos-, carentes de diálogo convencional, pero que motivan la dialéctica de los personajes con el entorno. En otras palabras, Massadian habla sobre el enigma y lo hace desde el enigma: el de las vidas de sus personajes, planteadas mediante pequeñas insinuaciones y huyendo de grandes sobreexplicaciones. Son los gestos y lo que se puede intuir tras ellos lo que nos da la medida de las historias personales.

Pero al fin, Nana es la mirada limpia y sincera entorno a ese personaje central. Nada más que una breve fábula con aire de historia iniciática capaz de transmitir una profunda serenidad para, sólo de esa manera, expandirse en la mirada y la zona emotiva del espectador hasta lugares que, todo aquel que se sienta receptivo, no llegará a sospechar. Al final, las pequeñas historias en películas mínimas, permitidme el tópico, son las que están más capacitadas para abordar las grandes cuestiones relacionadas con la vida y la muerte. Si esta relación de proporción inversa es cierta, entonces Nana es una película radicalmente minúscula.

8/10

Por Xavi Roldan

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